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30 de agosto de 2011

Extractos al azar de F&T

“Aquella tarde de viernes el sol jadeaba en lo alto, las flores del fresno adornaban la calle, y Sonic82, ataviado con su carpeta de Alex Crivillé se dirigía al club de rol para seguir dirigiendo la partida.

Para él, como para sus amigos de rol, la vida giraba en torno a tiradas de dados, espadas adamantinas, dragones… y mazmorras. Se había pasado toda la semana, desde que aquel mamut gigante devorara a uno de los personajes, pensando en cómo resolvería el próximo acto: si sacaba, como era su interés, a un nigromante, podrían morir muchos, y se enfadarían, pero si, por el contrario, aparecía de nuevo el hada gris, la aventura retornaría a como se diseñó en un principio… con estas atribulaciones de fantasía, y la cabeza gacha, pensando en su peculiar más allá, Sonic82 fue el primero en llegar, y, como secretario del club, abrió con su juego de llaves.

Mientras muchos chicos de su edad habían pasado la Semana Santa en el albergue, en las tiendas de campaña, pegándose la fiesta; ellos la habían pasado en el chalet de los abuelos de uno, jugando y… bueno, sobretodo jugando.

La tarde pasó rápido, volando, y las cosas habían ido como Sonic82 había previsto… y los personajes no se desmadraron demasiado esta vez. No solían salir por las noches, a menos que fuera para ir a jugar a la videoconsola a casa de uno o de otro; por lo que se despidieron antes de ir a cenar hasta la tarde del día siguiente, cuando seguirían por donde lo habían dejado.” Extracto del Episodio II: Villanos.

"Consideraron apurar la botella de vino hasta que llegó el momento de llevar a Mary Jane a casa de su amiga Lucy, quedaba poco más de una hora para que amaneciera, y no querían correr el riesgo de que la pillaran con él, conscientes del consecuente castigo que le pondrían sus padres a Mary Jane.

El viento besaba sus caras, y el frescor de la noche tensaba sus músculos y despertaba sus neuronas, era como volar sobre el asfalto… una sensación reservada tan sólo a semidioses y ángeles en rebeldía.

Se despidieron con un beso en los labios cuando Tommy detuvo el motor de su ‘Eagle Spirit’ a unos cien metros de la casa de Lucy. Mary Jane alumbraría con una pequeña linterna de bolsillo la ventana de la habitación de la chica, ésta la abriría; para así poder trepar por la balaustrada que habitaba una esquelética enredadera, y colarse en la casa sin hacer mayor ruido que el de los cuchicheos nocturnos entre dos jóvenes amigas.

Tommy decidió coger la Tercera con Swenson y regresar a la cabaña para dormir allí las horas que le separaban del mediodía… el sol acudió a su cita diaria de manera puntual, pintando de nuevos colores lo que antes era plateado, negro y azul.

Pensando en Mary Jane, en su gran amor y el arrebatador aroma a sexo que desprendía todo su cuerpo, el cansancio iba haciendo mella en la mente del chico, quien decidió acelerar un poco más por la estrecha carretera que lleva al bosque.

No pudo ver esa curva. O, si la vio, no reaccionó a tiempo, no el tiempo suficiente para tomarla despacio y seguir sobre el ya naranja asfalto a la luz. Malherido y moribundo, yacía ahora a los pies de su motocicleta en llamas. Lo último que escuchó tras el estruendo del accidente, fue la campana de la iglesia anabaptista avisar de la misa matutina… y lo último que vio fue su corazón, ardiente todavía por amor a Mary Jane, palpitando fuera de su pecho…

… como un murciélago salido del Infierno.” Extracto del Episodio III: Civiles.

“Hasta el buen número de persianas bajadas y ventanas cerradas no llegó el sonido del rasgarse las telas, ni de la asfixia por un pañuelo sucio dentro de la boca. Que sabía horrible, y cuyo hedor la obligaba a vomitar, y tragarse de nuevo esa excreción, con una sensación abominable de arcada constante, que le hacía doler el pecho y los abdominales. No reían los asaltantes… no decían nada: sólo rompieron la camisa y bajaron la falda, seguros de vencer incluso se entretuvieron cuando llegó el tiempo de disolver las braguitas, con un conejo de ‘playboy’ en blanco reinando la tela negra.

Ensimismados en su maléfica histeria, no advirtieron que, al igual que el cazador cazado, ellos también estaban siendo espiados… una figura, salida de un infierno o un cielo cualquiera, oteaba la escena de violación desde la azotea, y era capaz de ver en la tiniebla lo que ellos deseaban conseguir con la muchacha.

La figura, el fantasma, el ángel y demonio, saltó en silencio a sus espaldas. Sin que los violadores se dieran cuenta, se acercó un poco más, hasta estar lo suficientemente cerca como para golpearles sin alargar los brazos. Estiró de la coleta de uno, que arqueó el cuello hacia atrás por el dolor, gimiendo por la sorpresa… su cuello crujió después, asido por las garras de la bestia, que lo partió dejándolo tieso sobre el asfalto todavía caliente. Un “¿¡Pero qué…!?” salió de la boca del otro, el de los dientes blancos y tez casi negra, al tiempo que el filo de un arma fabricada por manos y no por máquinas se deslizaba dentro de su tórax, manchando con su sangre culpable el suelo, al ángel y a la chica misma… su corazón se paró, pero no hizo ningún ruido, pues carecía de vida ya, mucho antes de esa noche que tampoco era fría.

Ya los dientes no refulgían, granates; ni brillaban los ojos verdes, inertes.

Cuando la mujer fue, con el llanto manando de su ojo, lavando su piel y ahogándose en su garganta, a agradecer al monstruo su hazaña; éste, con la misma agilidad y el mismo silencio como hubo venido, trepaba insólito el muro, perdiéndose de nuevo en el cobijo mágico de la noche veraniega.

“El ángel oscuro” lo había llamado la prensa.

Un demonio renegado. Un ser inframundano. Un hombre tal vez, que desde hacía varios años y sin saber la policía ni la opinión pública por qué, había salvado tantas vidas de inocentes como se había llevado de malvados. Un justiciero. Un experto en artes marciales o un monstruo que se tomaba la justicia por su mano, eliminando la escoria aguardando en la noche víctimas de su sanguinaria sed… un ángel de la guarda, un asesino, que velaba por los trabajadores y los justos cuando éstos, verdaderamente, debían estar durmiendo.” Extracto del Episodio IV: Relatos.

“Esos ojos grises, de un color tan pálido como espléndido, observaban pacientes la escena familiar del interior. Estaban viendo la televisión… pronto se irían a dormir. No hacía demasiado frío aquella noche, a pesar de que todo el mundo sabía que en Semana Santa tenía que llover. Era un tópico: por muy buen tiempo que hiciera los días anteriores, y el hombre del tiempo diera predicciones de lo que fuera a ocurrir, los vecinos del pueblo sabían que el viernes santo llovería, sí o sí. “Excelente…”, se dijo a sí misma la figura que rondaba la casa, furtiva, cuando apagaron las luces del comedor y de los cuartos de baño. Desde su posición, ahora de pie en el alero de tejado sobre la marquesina, decorada como un merendero keniata, podía ver a Estela, repasando su diario mordisqueando un lápiz a la luz del flexo. “Es preciosa… y tan inocente…”

Reató el lazo que sostenía su coleta, de bucles rizados y rubios. Cuando la chica al fin pareció dormirse, arrebujada bajo una fina manta en su cama, abrió la ventana suavemente.

Sin hacer el menor ruido, artificios de su condición depredadora, se coló adentro. Tan grande era su deseo que se tomó unos minutos de asueto: comprobó el diario con la luz apagada, gracias a su visión nocturna pudo leer que Estela se había enamorado de un compañero de instituto; hojeó las revistas sobre famosos de la tele que ella tenía apiladas a la izquierda de su escritorio; y abrió el armario guardarropa, admirando el buen gusto de su presa por la moda más actual… “buena chica…”, susurró sintiendo el aliento de ésta golpearle la cara al mirarla tan de cerca. Sonriendo, pasó su dedo índice de forma leve sobre su mejilla, haciéndola despertar.

Sin que ella pudiera hacer nada, creyendo quizá que todavía soñaba, la besó quedamente en los labios, hipnotizándola con sus pupilas grises y centenarias, para luego morder su cuello… y, en un arrebato de pasión sin sexo, sorberle hasta la última gota de su sangre juvenil, llevándose la vida de la chica a un lugar donde no se respira ni tampoco se siente…

Tras esto, y cerrando otra vez la ventana en silencio, desapareció cortésmente. Volando en la oscuridad, perdiéndose en el tiempo.” Extracto del Episodio V: Profecías.

“Itzachá sorbió la infusión. Su mente se apresuraba para intentar organizarse, adivinando sin rumbo los motivos que pudiera tener la Policía del Ministerio para ir por él. Se mantuvo en silencio. Observando a Kluz fijamente mientras bebía. Sabía que no podía fiarse de nadie.

Kluz, en cambio, mantuvo otro tipo de silencio. Esperaba a que Ich Itzachá rompiera el hielo de cualquier manera. En realidad estaba ansioso por desvelarle los secretos que el Oráculo le mostró. De este modo los minutos observándose mutuamente se fueron desplomando como ladrillos de una enferma y antigua construcción. Kluz, haciendo de tripas corazón superando la timidez, no aguantó más y comenzó, como no podía ser de otra forma, una conversación trivial sobre su propio trabajo en los diferentes templos. Itzachá escuchaba sin querer hacerlo; sentado ahora en uno de los bancos junto al Halach; sabiendo que aquella verborrea intrascendente contenía ciertamente un mensaje por descifrar… eso, o tal vez un final, un argumento, una pista sobre esa rara sensación de previo conocimiento…” Extracto del Episodio VI: Revoluciones.

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