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23 de marzo de 2012

11. El último hereje.

"Los antiguos dioses, incluidos Hunab Ku y el Todopoderoso, ambos Cradores del Universo, se mantuvieron alejados de la tutela de los mortales desde que se diera el 'gran catapum' por cuanto no oyeron sus mandamientos ni siguieron sus dogmas; entristecidos por la falta de fe y compromiso de la Humanidad, por tanto, nos abandonaron como lo hicieran en la época antigua antes de la primera llegada del Mesías 2144 años atrás.
No obstante, nuevas deidades surgieron; imposible de remediar la neceesidad de un dios aunque se supiera, a ciencia cierta pues escrito está en "La Furia & La Tristeza", que Dios nos abandonó; conforme se iban dando cuenta de su identidad las distintas tribus y sociedades que al cabo formaron el plural y diverso Reino de Génesis bajo el mandato de su primer monarca: Unkh, El Elegido.
La libertad de culto es hoy una ley constitucional que empezó tan pronto se conoció la realidad cultural de nuestro amado reino... pero algunos, algunos de los que se creyeron en posesión de la antigua fe, opinaban que el culto debía no sólo ser sostenido económicamente por los impuestos del Rey, sino que además debía ser obligatorio para todos los ciudadanos de los vastos territorios de Unkh, y cercenado cualquier otro ídolo de los templos y los pueblos...
Esta es la triste historia del último de ellos..."

11. EL ÚLTIMO HEREJE.

Su abuelo conoció a Unkh, llegó a ser jefe de los coperos del Rey, pero la relación de éste con el fallecido monarca se vio afectada por el decreto a través del cual Unkh, El Elegido, firmó que era innecesaria la institucionalización del culto. Su abuelo era un ferviente creyente en la deidad, y se sintió ofendido como el resto de sus conocidos con quien se juntaba una vez por emana para celebrar el culto por ese decreto. La decepción de aquel grupo se radicalizó conforme el desinterés por el asunto por parte de la Akademia y de Palacio crecía, llegando a archivar cuantos recursos contra el decreto fueron presentados. La radicalización le costó, debido a la ira que contenía cuando estaba en presencia del Rey expresada en antipatía, el puesto de jefe de los coperos y una degradación de su puesto por mal servicio... este hecho desembocó en un acceso de furia en la celebración del culto que exaltó a todos los feligreses, partidarios de la obligatoriedad universal de su doctrina, y todos salieron a la calle vestidos con unas togas que caracterizaban su casta sacerdotal e irrumpieron desatando la violencia alimentada por la ira de su frustración en la plaza del mercado frente a Palacio. Los gritos de alarma de compradores y mercaderes avisaron a los efectivos de la guardia presentes en la plaza y las calles aledañas, que se presentaron ante los agresivos manifestantes de inmediato. Alegando unos que merecían ser escuchadas y admitidas sus pretensiones en nombre de su ser supremo; y otros que debían hacerlo mediante los cauces burocráticos establecidos y que los actos violentos de destrozo y vandalismo eran penados por las leyes del Reino, se dio el desconcierto. Su abuelo, como dirigente de los exaltados, debía tomar una decisión... y lo hizo arrojando una piedra a un centinela, que cayó inconsciente con su yelmo abollado. Entonces una escaramuza dio paso a una batalla campal que se saldó con decenas de heridos y detenidos. Su abuelo dio con sus huesos en los calabozos y en ellos murió. Desde ese día los llamados "herejes" por el resto de creyentes de los cultos pacíficos e independientes de autónoma financiación, se convirtieron en una secta clandestina que perpetró, repitiendo los mismos alegatos una y otra vez, diversos actos violentos y asesinatos descritos como "terrorismo".

Él, aprendida desde el vientre materno la historia de que los suyos y sus sentimientos eran perseguidos y reprimidos; que el reinado del linaje de Unkh no les permitía vivir como ellos deseaban privándoles de libertad; que era su misión, ordenada directamente por la deidad a sus temerosos y fieles corazones, imponer su culto y desechar del bello mundo que Ello creó a todos los que no se postraban ante su altar en solemne acción de gracias, se habái convertido con su mayorái de edad en el nuevo y secreto dirigente de su culto, haciendo propia la furia de sus muertos y la cruzada que iniciaron ellos.
Pero el culto, con la clandestinidad, las detenciones y los años, había sido escatimado. Solamente quedaban unos pocos, menos de una decena, y no habían actuado en décadas. Además, las nuevas generaciones: hijos e incluso nietos de los acólitos que restaban, parecían haber perdido todo interés y se habían dejado seducir por las "mentiras" de la sociedad y su indiferencia, alejándose del "buen camino de la fe" y de los dogmas del culto.
- Apóstatas, - habái dicho él al comienzo de esa última reunión en su propia casa - mi propio hijo y sus hijos me declararon la guerra al no seguir con nosotros. Se volvieron despreciables en el mismo instante que negaron la Verdad de la cual nuestra sagrada curia es su único testigo y baluarte. Hoy será una noche gloriosa para los que nos hemos mantenido fieles y firmes... nos ganaremos un puesto en la Eternidad, junto con la deidad, para morar por siempre en gozo y en gloria... - las palabras le llenaban la boca y le colmaban de orgullo a él y de convicción a quienes le escuchaban. Serían inmortales gracias al influjo y el poder de la deidad como últimos soldados, estandartes, de su alabanza, defendiendo su divino honor en la tierra de los mortales.

La noche cayó. Ya no eran frías. Los siete u ocho hombres, ocultos de la luz bajo tupidas túnicas de grueso pelaje, salieron en dirección a la parte alta de la ciudad... desierta y oscura, las calles eran tumbas. Como los levitas del éxodo portaban un arca; pero ésta no llevaba dentro el pacto de su dios, sino trescientos kilos de explosivo. La malvada compaña, sin velas ni tambores, llegó hasta la plaza del mercado sin ser interceptada por ningún guardia sereno. Las puertas de Palacio de mi Señor Kratka se avistaban desde allí: los ceninelas contiuaban con su quieto turno a ambos lados de la verja de barrotes dorados bajo el friso de mármol rosado. En medio del parque con suelo de adoquines grises, abrieron la tapa redonda de metal que conducía a las alcantarillas y se adentraron en los abovedados y más oscuros pasadizos del subsuelo de la ciudad. Recorrieron ahora sí alumbrados por una lámpara de aceite qeu reflejaba el brillo de los ojos de las ratas los metros que les separaban de las catacumbas de la residencia del Rey y, sin que nadie lo advirtiera, colocaron el arca explosiva orlada de glifos para ellos sagrados y, con una herética y sádica oración, se prepararon para marcharse activando antes el detonador automático...

Arriba, en ese momento, un personaje de leyenda despertaba al monarca y le explicaba qué estaba ocurriendo varios metros por debajo del suelo. Iba vestido como un centurión romano, tenía alas y en su espada en relieve se podía leer: "Ésta venció al dragón y lo arrojó al lago de fuego."
El monarca entendió sus palabras, andróginas, que sonaban dentro de su mente aunque el ser alado de otro mundo no abría la boca para hablarle. El reloj del detonador había comenzado su breve cuenta atrás y los acólitos todavía estaban cerca de la bomba letal. Los dos, el Rey y el Arcángel, descendieron teletransportándose mutados en nube y en sombra y aparecieron entre el artefacto explosivo y los terroristas. Con una palmada, el ser alado detuvo el tiempo; con otra, detonó la bomba... pero en lugar de estallar en todas direcciones y derribar los cimientos de Palacio con todos sus habitantes adentro, la deflagración surgió en una única dirección: hacia los radicales y hacia ellos dos. El fuego destructor atravesó los no cuerpos de mi Señor Kratka y de su acompañante y salvador sin tocarles; en cambio, cuando impactó contra los cuerpos de los que escapaban, los consumió de inmediato sin que, paralizados todavía por el primer hechizo, se dieran ni cuenta...

El Rey escuchó entonces las últimas palabras del ser angélico antes de que se desvaneciera como polvo en las sombras:
- Quien mata en nombre de Dios, sólo mata en su propio nombre y cava su propia tumba. Porque mientras Dios perdona, el ser humano se llena de rencor; y la lluvia no es lluvia sino sus Lágrimas al ver a sus Hijos mintiendo al asegurar que al matar, matan por Él.

FIN.




2 comentarios:

  1. Esta muy bien, me ha gustado mucho. Y ademas la ultima frase, desgraciadamente es verdad. Todavia en este mundo hay mucha gente que por todos los medios posibles esten dispuestos a cualquier cosa con tal de que sus ideales, sean cuales sean, se pongan por encima de los demas.....

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  2. Gracias por el comentario! Quería denunciar precisamente eso en este relato... por eso añado lo de darle una oportunidad a la paz en la entrada. Supongo que es bueno tener fe en que habrá, quizá en un futuro, un día en que nadie abuse de la violencia para hacer oír lo que piensa...

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