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21 de abril de 2012

15. La batalla de Kabdeth II

"Oh Dios, da tus juicios al rey, y tu justicia al hijo del rey. Él juzgará a tus hijos con justicia, y a tus afligidos con juicio. [...] Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso, y salvará la vida de los pobres." Sal. 72 : 1-2, 12-13. (Último salmo de David).

"El camino fue fatigoso pero solemne, y el andar rápido y, en algún recóndito lugar de nuestros corazones, deseado. 
En apariencia, cuando llegamos y vimos que subían columnas de humo gris y negro del poblado arrasado por al barbarie megalisboeta de Kabdeth, nos presentamos a la batalla más perdida en la que se había enrolado el honorable y valiente, bravo como los toros de nuestras dehesas, Ejército de Génesis.

Sus cañones y carros de combate acorazados resonaban en el campo más allá de las cabañas y las chozas quemadas.
¿Sería pues más fuerte el silbido de nuestras certeras saetas que el rimbombante estruendo de sus cañonazos? ¿Acaso se puede equiparar en el combate el acero y el teflón que rasga el aire, con el valor que nace del corazón y empuña una espada, blandida con fuerza y tesón en ese mismo viciado e irrespirable aire?"

15. LA BATALLA DE KABDETH II.

Levantó la mirada y vio la espalda de Jacob, su hermano mayor, quien había abierto una brecha sangrante en el pecho protegido por un chaleco antibalas de un soldado del Oeste. Más allá, después del herido y de la compañái que les atacaba de frente, Saulo sólo podía ver centenares de cabezas extendiéndose hasta el confín de los mundos.
El polvo terracota y hediente de pólvora y sudor se mezclaba alrededor de su nuevo y pequeño Universo con el humo... un humo al que los sanísimos pulmones de Saulo no están acostumbrados y que han respirado hoy por primera vez: el que despiden las armas de alta tecnología de los demonios verdes.
Avanzó unos pasos, Jacob le guiñó el ojo, sonriente como siempre y aun estando en serio peligro de muerte bajo la amenaza de los proyectiles del enemigo, justo antes de que Saulo se las viera, frente a frente, con un soldado megalisboeta armado con un revólver que el genésico no vio...

El sonido del disparo fue lo úlitmo que escuchó; no obstante, no fue lo último que vio. Esto fue su propio brazo derecho, fuerte como el de todos los sefardíes del este, blandiendo su fiel espada brillante y todavía impecable y reluciente, describiendo un arco perfecto ante sí y rajando el pecho del que disparó de igual modo que Jacob lo hiciera con su antecesor... "al menos, le he acertado...", pensó; y el silencio.

Quizá las palabras de su hermano hbiesen resonado en su mente al caer en ese maloliente polvo, en esa tierra marrón y ocre vendida a la polución y los restos de radiactividad que dejó el ya lejano 'gran catapum'. El olor, la peste, el sabor indecible... se le agarraron al paladar y coparon sus fosas nasales... inundando hata el último rincón de sus desvanecidas y yacientes entrañas.

Abre los ojos.
Saulo está vivo. Siente fierme y renovado latir su herido corazón por ese disparo... que ahora solamente le parece un leve susurro.Pero no ve muy bien. Sólo son sombras: manchas de colores y de luces que van y vienen frente a su morada totalmente perdida. Al toser la boca se le llena del sabor de la sangre: es la suya, y la está escupiendo desde alguna herida interna que de ser médico podría reconocer. No le duele nada hasta que empieza el traqueteo. Alguien le levanta del suelo al darse cuenta de que está vivo... "tal vez sea Jacob". Pero es incapaz de distinguirlo o de pronunciar su nombre. Lo lleva a la espalda: es un hombre grande y fuerte, pues está luchando a pie con su espada mientras le acarrea en mitad de la zona más caliente del combate. 
"Maldita sea... duele... y esa peste... sigue aquí".

No entiende cómo se sujeta el cuello de su salvador. Saulo también es un hombre fuerte, y valiente, es propio de los que son como él. Su tribu proviene de una estirpe clerical que, por defender sus ideales religiosos después del 'gran catapum' en tierra hostil, se convirtió en un linaje de geniales guerreros. Maestros como ningunos otors en el arte de la lucha y de la espada. No hay ni uno solo de ellos queno haya aprendido, desde muy pequeño en la escuela, a utilizar un sable como si el arma fuese una prolongación de su brazo; una extremidad más, natural e innata como las anatómicas, de su propio cuerpo.
Saulo es fuerte, y aun malherido (o no), se agarra con total firmeza a la capa tosca aunqeu de altísima calidad de quien lo carga.
Éste, por su parte, a troche y moche derrocha esa maestría y habilidad para combatir y; tras una interminable secuencia de golpes, pasos a la carrera, fintas y sablazos; salir del fragor de la batalla y, en su lugar más tranquilo quizá en la retaguardia del nobilísimo y bravo Ejército de Génesis, dejar a Saulo en el suelo y acercar su rostro para preguntar:
- Chico, ¿estás bien?
"Esta voz me es conocida..."; pero no es la de su hermano Jacob.
- ¡Chico, responde! - Es autoritaria aun en esa situación.
- Creo que me han dado, - logra decir Saulo al tranquilizarse y sentir que su cuerpo y su mente se van relajando sorprendentemente, poco a poco, lejos del maldito hedor, - mi Señor.
- Tranquilo: están terminando de montar el hospital de campaña y te atenderán pronto... tienes una herida fea, no te voy a mentir, pero si no te ha tocado el estómago, te salvarás.
Saulo sólo pudo asentir. Ahora el dolor se mezcló con la emoción, haciendo aparecer lágrimas en el rabillo de sus ojos, para impedir que salieran las palabras.
- Muchas gracias por luchar por la libertad de Génesis muchacho, ahora te dejo aquí... tengo que regresar al ruido y la furia y una batalla que ganar.

Saulo, antes de que un enfermero se pusiese a tomarle el pulso apra llevarlo al hospital de campaña después, vio al Rey, a mi Señor Kratka, alejarse hacia el adebacle violento y sangriento donde los dos mundos que quedaron en La Tierra tras el silencio luchan por sobrevivir...

- ...me cogió como a un saco, - relató por al noche a Jacob en la tienda de campaña cuando éste, frenético aunque siempre conservando las esperanzas, lo fue a buscar allí cesada la jornada de combates hata el siguiente amanecer, - y me trajo aquí cargándose a todo lo que pillaba por delante... sin duda sigo vivo gracias al Rey.

FIN.

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