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23 de junio de 2012

23. Canción triste de Megalisboa II


“Cuando Caius le dijo a Artorius lo que pensaba, éste soltó una carcajada y una breve retahíla de consejos… “tu padre y yo éramos buenos amigos…”, y ese tipo de cosas… pero al ver que el rostro de Caius no mudaba un ápice, el Gobernador montó en ira y le espetó que tenían un plan para con esa gente…

La cúpula plutócrata que sostenía el poder de Artorius ya había vaticinado, de igual modo que lo hiciera Caius, el pronto colapso del sistema actual. Pero no habían llegado a las mismas conclusiones que el ya exministro… en lugar de pensar en aflojar las cadenas y cambiar el sistema de impuestos en pro de aumentar la clase media, y basar la economía de Megalisboa en la productividad y consumo de la misma como se había hecho más o menos hasta ahora, ellos pensaron en una palabra que no se oía en el mundo desde hacía más de un siglo… “esclavos Caius, los someteremos y trabajarán sólo a cambio del alimento y el techo para nosotros…”.
El plan del Gobierno era destruir los perímetros más lejanos al cero literalmente y, convertir al sobrante de “ciudadanos”, es decir, a los supervivientes de esa demolición masiva, en esclavos que hacinarían en campos de trabajo en los nuevos sectores levantados de la destrucción; con el fin obvio y último de perpetuarse en el poder.

Y el corazón de Caius, aunque él podría haber sido de ésos que vivieran a costa de la muerte de los demás, no podía permitirlo. Dimitiendo, se fue de la presencia de Artorius y, en lugar de ir a su loft, continuó andando hasta el perímetro cinco y buscó a algún familiar, amigo o quien fuera, que recordase la manifestación ilegal y eliminada de la semana anterior…”

23. CANCIÓN TRISTE DE MEGALISBOA II.

La policía tardó en ser avisada. Ese tiempo, pensó Caius, sería más que suficiente para que todos los captados salieran de sus casas y llegaran al punto alfa. El punto alfa había sido elegido por su privilegiada situación geográfica en mitad de la ciudad… además, la mayor parte de los asesinados la semana anterior procedían de las calles aledañas a ese punto: una glorieta pequeña, con un monolito de metal en el centro, de la cual salían las dos arterias del perímetro seis… como un cardo y un decumano partiendo de un foro ilusorio. Desde el punto alfa y en todas direcciones, describiendo más que círculos espirales, los que ya formaban parte de una milicia silenciosa y sin nombre se fueron haciendo con las viviendas, los comercios… incluso las calles, deteniendo el tráfico en algunos casos e impidiéndolo en otros… no hubo ningún altercado: todo el mundo desde el perímetro cinco hasta el siete había sido informado de la masacre, y todos estaban de acuerdo con que aquello tenía que cambiar… de cualquier modo, sangriento o pacífico, pero cambiar de una definitiva y bendita vez.
Cuando se cercioraron de que todas las casas y las calles desde el punto alfa hasta los puntos beta, kappa, delta y gamma, formando un cuadrado que llegaba rozaba los perímetros anterior y posterior, estaban controladas totalmente por la milicia, dispusieron las atalayas y comenzaron a cargar los sacos de arena.

La policía se dio cuenta de que algo raro pasaba en el perímetro seis cuando uno de ellos dio el aviso al resto, por la emisora de su vehículo motorizado de dos ruedas tan futurista que ya no podía llamarse motocicleta, de que en la Avenida Pires habían levantado un muro, sí… dijo muro, de sacos de arena de forma que no se podía acceder a un tercio de la misma. Pronto varias patrullas se presentaron, atónitas, ante todos los muros que dibujaban ese cuadrado en el plano de Megalisboa: la milicia se había encerrado en un gueto levantado por ellos mismos para… quién sabe realmente para qué.
Y esto les ponía en un serio aprieto.

Artorius fue informado y en seguida quiso saber quién podría estar detrás de ese increíble y espectacular acto de sedición… el nombre de Caius apareció pronto, señalado por Maximus, quien habló al Gobernador de las extrañas preguntas que últimamente se estaba haciendo el exministro. Artorius montó en ira. Y puso en práctica una maniobra que, quizá de haberla intuido Caius, nunca hubiera convencido a esa milicia anónima de perpetrar ese acto de protesta tan original como arriesgado… o sí, tampoco nadie sabrá jamás si lo hubieran hecho igualmente, anteponiendo su libertad y solidaridad a su propia integridad física. ¿Está la moral por encima o por debajo del umbral del dolor? Supongo que para cada cual, la respuesta siempre será diferente… parecida tal vez para muchos, pero diferente.

Los demonios verdes habían interceptado ya varias naves extraterrestres de sirios que venían a visitar el planeta… aun quedaba mucho para que se supiese de la existencia de La Colonia, en la que hablaré con más profundidad en las próximas crónicas… no obstante, habían conseguido contactar y convencer (de un modo todavía desconocido hoy) a algunos de esos hombres-lagarto de que trabajasen para el Gobierno de Artorius… pues bien, dos de ellos, pilotos de lo que tuve que recopilar mucha información para saber su nombre: pilotos de “cazas”: unos vehículos motorizados con alas capaces de volar a mucha velocidad y con una capacidad de maniobra extraordinaria, sobrevolaron el cuadrado del perímetro seis ese atardecer sin dar ni tiempo a la milicia de Caius a expresar el motivo por el cual se habían atrincherado allí, descargando un material explosivo muy destructivo que sí, tristemente, aniquiló a la mayoría…
… todavía se oyen, si uno se detiene y presta atención con los ojos cerrados en el vacío que quedó donde antes hubo vida, los gritos de terror de los que murieron calcinados o descuartizados en ese brutal acto de represión política…

Caius salió vivo, en sus brazos llevaba a dos niños pequeños: él se llamaba Ronaldo y ella Camila, y eran morenos y preciosos como un trozo de azabache reflejado a la luz de la gigante luna.

Hubo supervivientes como Caius, que marcharon hacia el oeste sin detenerse ni mirar atrás… de nada les hubiera servido… y, conforme avanzaron, sin que la policía ya pudiera hacer nada pues ellos mismos sintieron estremecerse sus entrañas (los hubo incluso quienes se les unieron a decir verdad), más y más gente se les juntó hasta configurar la mayor “tribu” que saliera de Megalisboa buscando una nueva vida, quizá mejor o quizá peor, en los vastos territorios de mi Noble y Generoso Señor Kratka.

"Manifestación", de Berni. 1934
...continuará...

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