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1 de junio de 2012

II. Apostasía.

Léase antes HEREDARÁS LA TIERRA I, de EL KRONISTA DE KRATKA.

“Los Sabios, bendecidos por Dios en el Valle de la Bendición, se enfrentaron día a día contra los Fantasmas… de noche los Sabios se escondían en lugares seguros: en los sitios más altos e infranqueables de la ciudad destruida que fue construida de nuevo; de día, nada más despuntar el alba, acosaban a los Fantasmas en sus refugios, lóbregos y oscuros, hallados en el submundo de sótanos y túneles de la urbe, y los atraían a la luz del Sol, afuera, a las calles que fueron cubiertas por el polvo y la arena… para que la misma luz del astro rey los consumiera provocando que ardieran en el fuego azul de su condenación.

Largos días pasaron, incluso semanas, durante los que los Sabios hostigaron y fueron eliminando a los Fantasmas gracias a la nueva superioridad adquirida…
…pero un día un Sabio; un hombre rescatado del pasado por los ángeles ayudadores del Todopoderoso llamado Évora, que solía organizar por propia iniciativa a los demás Sabios para ganar en eficacia en la lucha contra los Fantasmas; se ensoberbeció debido a su auto-concedido cargo, y en su envanecimiento, se creyó dueño de un nuevo poder.

Aquel anochecer del sexto mes del año 130 después del ‘gran catapum’ Évora convocó en los lugares altos, en las altísimas azoteas inexpugnables por los Fantasmas, a todos los Sabios que habitaban en la ciudad que fue reconstruida de nuevo; y propuso su novedoso (aunque tan viejo como la Tierra misma desde que un tal Adán fue expulsado del Paraíso) plan de… “gobierno”…

Aira y Sfera, como Sabios del ejército del Bien, también acudieron a la extraña e inaudita cita…”

II. APOSTASÍA.

En el Oeste, el Sol se derretía plástico y gominola detrás del horizonte dibujado en naranja del Océano Pacífico. La silueta de Évora, en pie sobre un atrio de madera fabricado para la ocasión, se recortaba en el cielo casi rojo sangre en la última azotea occidental, frente a la extensa y quieta playa de metal.
Parecía un hombre viejo, pero fuerte al mismo tiempo. De pelo plateado y blanco; tez morena y facciones angulosas y muy masculinas; con una horrible y ancha cicatriz surcándole la cara desde arriba del ojo derecho hasta la punta del mentón; todo su ser desprendía una extraña mistura de distancia y respeto.
El silencio cubrió los tejados cuando el último Sabio convocado se posó sobre el cemento, todavía caliente por la influencia divina de la justicia del Sol.
Y la noche mató de negro el rojo sangriento del último día acontecido hasta ese momento…

Évora alzó su voz, y ésta se difuminó en el aire entre los presentes:
- El tiempo del Fantasma se agota; ahora empieza el tiempo del Sabio. El Todopoderoso nos bendijo, y bendijo nuestras armas, para eliminar al Fantasma y para enseñorear en la Tierra: en lo que queda de lo que un día fue un bello lugar en el que vivir… pero yo me pregunto, os pregunto: ¿qué será de nosotros, los Sabios, cuando hayamos liquidado al último de los Fantasmas y sigamos morando en la ciudad que fue reconstruida de nuevo? Para el recomienzo de nuestro tiempo, Sabios os invoco, necesitamos una administración, - pronunció esa última palabra como si le fuera tan ajena como cualquier vocablo de un idioma germánico para un andaluz – y a alguien que lidere el grupo elegido para administrar – otra vez esa extraña, atropellada, pronunciación – nuestra nueva sociedad como único pueblo bajo el Sol
Aira y Sfera se miraron mutuamente. No entendían muy bien todavía a qué se estaba refiriendo Évora; ni alcanzaban a imaginar la longitud o gravedad de las consecuencias prácticas de su disertación.
- Yo, - reanudó el monólogo Évora – os aconsejo que me escojáis como adalid administrativo para los tiempos venideros: ¡para el glorioso y luminoso tiempo del Sabio! ¡Conquistaremos de nuevo el orbe de la Tierra y, bajo mi administración – a Aira cada vez le sonaba aún peor, si tal cosa pudiera ser posible, aquella enrevesada palabra – los Sabios seremos los señores del planeta para morar eternamente de uno a otro confín!
- ¿Qué sentido tiene… - preguntó Sfera a Aira en voz baja, de tal modo que si bien los más cercanos podían oírle, no lo hicieran Évora y su cohorte – conquistar un mundo que no nos pertenece? ¿No tenemos todo ya, Aira?
- En efecto… - asintió sin mirarla, escudriñando a Évora quizá con la intención de desentrañar los pensamientos del Sabio de pelo cano – después de la evanescencia ígnea del último Fantasma, nuestra misión habrá finalizado y, sin el Señor nos es misericordioso, continuaremos con vida y…
- Seremos libres. – Concluyeron los dos al unísono.

Aira pues, izó su mano derecha para pedir la palabra y, con un gesto de mentón, Évora se la concedió… la mayor parte de los Sabios ya cuchicheaban como lo hicieran él y Sfera:
- No estoy de acuerdo contigo, Évora… me parece inútil tu propuesta.
En la mirada de Évora refulgió de repente una luz impropia de un Sabio: era más bien característica de un Fantasma aquello que alumbraba en sus no tan serenos ojos…
- La furia, - alzó su voz Sfera palpando al empuñadura de su espada presintiendo el combate – no nos está permitida… ¡Apostasía!
- ¡¡Apostasía!! – Le siguió un grupo, no mayoritario pero sí importante, de Sabios dispersos allí y acá.
- Si soy yo un apóstata… - dijo Évora cuando los que gritaron ya empuñaban, Aira y Sfera inclusive, sus armas – vosotros sois unos traidores. ¡Traición!
- ¡¡Traición!!

Los apóstatas resultaron ser muchos más que los traidores.
Como nunca antes, en su brevísima Historia, se había dado una situación similar, nadie sabía cómo actuar…
- Nuestras armas, - advirtió Sfera acariciando el filo de su espada el de la espada del que irremediablemente se acababa de convertir en su adversario – no están fabricadas para atacar, herir o matar otros Sabios… por mucho que luchemos, sin descanso hasta el fin de los tiempos, ninguno sería vencido ni vencedor.
- Tiene razón… - admitió Évora, con ira en la mirada y actitud reflexiva – pero vosotros sois muchos menos… os propongo una solución…
- ¡Habla!
- Morad en el desierto o en el océano: la ciudad es nuestra. Desde aquí comenzaremos la conquista…
“¿La conquista…”, pensó Sfera de nuevo, “de qué exactamente, Évora?” Pero calló y otorgó.
- ¡Sabios verdaderos! – Gritó entonces Aira con tono desafiante y certero: - ¡Vayámonos! …y que ellos se encarguen, si lo logran sin nuestra ayuda, de hacer frente a cuantos Fantasmas restan morando en las tinieblas… - aguardó el segundo necesario para que todos se relajaran y añadió: - ¡Las mismas tinieblas que a partir de esta noche serán su propia morada!

Évora gruñó ante el desafío, pero no hizo nada. Todos los que se mantuvieron en contra del deseo de Évora de ser el jefe de administración de esa proyectada e inútil conquista envainaron. Decenas de alas singulares se batieron, recreando una triste sinfonía en el cielo negro de la noche, y abandonaron los tejados de la ciudad que fue reconstruida de nuevo…

…había nacido la primera subdivisión de los Sabios: los Traidores, y los Apóstatas…
…y el Señor vio que era bueno, y lo permitió. Sabiendo, cómo no, que un mal comienzo puede ser el principio de un grandioso final.

FIN.

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