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5 de junio de 2012

III. Corrupción.

Léase antes APOSTASÍA, de FUEGO O BENDICIÓN.

“Cuando los Apóstatas se fueron, los Fantasmas observaron el éxodo de alas singulares batirse en exilio desde las fosas de la ciudad. Al principio pensaron que se trataba de una estratagema de los Sabios para desconcertarles. Que el grupo se dividía para contraatacar desde diversos frentes en una última maniobra de aniquilación de su tenebrosa especie. Pero los días pasaron y los Traidores no regresaron… y el número de Sabios, los Apóstatas que se quedaron bajo el liderazgo de Évora, no aumentó y fue insuficiente por tanto para retener a los Fantasmas en esos días de tribulación. Era lógico: los ángeles habían despertado del pasado a los hombres y mujeres estrictamente necesarios para cumplir con la misión de repoblar la ciudad y eliminar a los que se alimentaban de la Oscuridad, abominación al Señor… por lo tanto, cualquier número inferior al original resultaba insuficiente en tal empresa pues, además de otras causas obvias, la reducción iba directamente en contra del Plan preestablecido por la Providencia, y esto era evidentemente apostasía contra ella, herejía y sedición.

Los Traidores continuaron la lucha contra los Fantasmas mientras la administración planeaba su expedición más allá de los edificios… pero los Fantasmas no se limitaron a combatir desde la sombra, perpetuando así el juego bélico que finalizaría, más tarde que más temprano, con su total aniquilación; sino que se aprovecharon de la nueva y para ellos sorprendente y oportuna ocasión….
Como los Apóstatas habían perdido parte de su bendición tras ser anatema, los sentimientos humanos que tuvieron en el pasado inaudito del que provenían afloraron, debilitándoles.

Y de esa debilidad, surgió la corrupción.”

III. CORRUPCIÓN.

Idara era uno de los Sabios encargados de vigilar, en el turno de la tarde, la zona dominada H7; estas zonas dominadas eran los barrios o manzanas en los que supuestamente ya no había actividad fantasmal pues éstos habían sido exterminados allí; y ese día se encontraba patrullando, volando a ras del suelo de arena terracota y caliente, por una de las estrechas avenidas.
La voz del Fantasma que le llamó le contrarió en principio. No debía estar allí. Y le atrajo a la entrada de un edificio de cocheras… el Fantasma se hallaba en el sótano y le estaba llamando. Idara desenvainó su revólver bendecido y, posando sus botas en la arena frente a la puerta, entró caminando.
- ¿Por qué no bajas tu arma y conversamos? – Preguntó el Fantasma, cuyo cuerpo etéreo brillaba tenue al fondo del garaje, rodeado de negra sombra.
- Creía que no podíais hablar…
- No… eso es un error. Lo que ocurría era que vosotros y nosotros no podíamos comunicarnos… no entendíais lo que decíamos… pero todo ha cambiado desde que se fueron…
- ¿Quiénes, los Traidores?
- Sí… esos… los otros.
Idara se confió y guardó su arma. Pensó que, si podían dialogar, podría averiguar y saber todo lo que su curiosidad sabia se preguntaba hablando con aquel ser de frío y oscuridad.
Los derroteros de la conversación llegaron al punto en el que el Fantasma propuso, como si con él no fuera la cosa:
- …no te parece… siendo seres racionales como lo somos tanto Sabios como Fantasmas… una atrocidad, un sinsentido, que nos ataquemos así, hasta el exterminio y la extenuación…?
Tenía lógica.
- Si el Señor… - respondió Idara, dejándose llevar por el encantamiento del otro – ama la Vida, y tanto tú como yo existimos, es decir, estamos vivos… pierde sentido que nos matemos, pues la muerte en sí es la ausencia o el final…
- De la vida.
- Évora debería saber esto… llegara a este razonamiento. Puede que estemos equivocados, que no sea necesario cumplir la primera misión…
- Me has dicho que Évora tiene planes fuera de la ciudad, ¿es así?
- Sí… - Idara continuaba cavilando, atando cabos. Lo que no sabía era que no podía estar más equivocado… que estaba cayendo, crédulo e inocente, en la telaraña del Mal que le había tendido el viejo y astuto Fantasma.
- Ve con esto entonces… - el Fantasma le tendió un frasco que parecía tan etéreo e intocable como él, pero que se hizo sólido en la mano derecha de Idara – y dile a qué conclusión has llegado… dile que empiece su conquista de ese mundo con el que sueña ahora mismo, que es inútil perder el valioso tiempo de los Sabios en esta lucha sin sentido contra nosotros los Fantamas… dile que es libre de hacer cuanto desee; y que si su deseo es explorar la nueva Tierra y dominarla, que lo haga pues nada hay afuera para impedírselo.

Évora no se dio ni cuenta al verlo llegar, una vez acabado su turno de vigilancia en el H7, pero los ojos de Idara habían cambiado: exentos de la luz de ayer, sus pupilas habían tomado un tono azul claro mate y se habían apagado; mirarle significaba comprender que el Sabio había perdido su alma para siempre.
Idara abrió el frasco que le había dado el Fantasma mientras se acercaba más y más a Évora, quien desconocía con qué pretensión llegaba el Sabio… que empezó a hablarle, a él y a los que le acompañaban, con las palabras del Fantasma. La esencia, el humor, o el veneno, que dejó salir del frasco; junto con los razonamientos certeros de Idara, volvieron azules y mates las pupilas de Évora y compañía. Totalmente convencidos ahora de que debían ponerse manos a la obra en esa deseada conquista del mundo, abandonando la ciudad y a los Fantasmas restantes, que seguían aullando en las oscuras profundidades, a su riesgo y suerte.

Después de convocar a los Sabios, a los Apóstatas, Évora preparó el viaje… aquellos minutos anteriores al alba que los consumía, los Fantasmas, riendo como hienas muertas, vieron partir, en desbandada, a sus enemigos surcando el cielo que empezaba a colorearse de rosa y azul.

El tiempo del Sabio, en efecto, había llegado… ¿pero, como bien Sfera se preguntó, a cambio de qué?

¿Son, en algún caso, los deseos materiales más preciosos, más codiciables, que la realización… que cumplir la misión existencial con la que los Sabios fueron creados… puede ser más fuerte la ilusión de la riqueza que el verdadero camino a la Gloria…?
Una era sin duda había dado comienzo… y a su final, quién sabe, llegaría la solución…

FIN.

Léase después LA VASIJA INSOLENTE, de EL KRONISTA DE KRATKA.

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