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25 de julio de 2012

VIII. Exterminio Fantasma IV.


“Más de un siglo atrás, cuando el mundo era joven y estaba poblado, bullente de seres humanos habitándolo aquí y allá, existió una leyenda… un joven a quien todos conocían como El Poeta eligió luchar del lado del Bien, y juró proteger a la Humanidad de los Demonios hasta el final de sus días. El holocausto, el ‘gran catapum’, cortó de repente y sin previo aviso su historia… hundiendo en el olvido las incontables hazañas y las innumerables batallas de El Poeta contra el Mal. [Léase La Furia & La Tristeza, saga completa]
Lo que le ocurrió a él, así como a los suyos pues estaba rodeado de seres quienes le amaban y ayudaban en su difícil tarea de exterminador de demonios, no se sabrá jamás… dicen que se volatilizó como el resto de personas cuando cayeron las bombas… dicen que su cuerpo era tan fuerte, tan especial, que resistió el ataque pero que murió poco después, de pena, al no haber podido remediar a tiempo el error… dicen muchas cosas de él, pero tal vez ninguna, ni tan sólo su propia muerte, sea cierta…
… lo cierto sí fue que, en ese atardecer rojizo frente al océano, en la ciudad que fue reconstruida de nuevo, los Traidores le vieron llegar.”

VIII. EXTERMINIO FANTASMA IV.
Azura fue la primera en sentir su presencia aproximarse a la ciudad. Ella estaba en las azoteas, como todo Sabio a esos minutos previos al anochecer, cercanas a la linde septentrional del último cantón infectado: el del oeste pegado al mar. Si bien los otros héroes habían arribado de una forma distinguida, épica, casi teatral; El Poeta llegaba andando pesadamente sobre las dunas de fina y dorada arena ardiente. Arrastraba, para sorpresa y abominación de los Sabios quienes, tras la voz de alarma de Azura, fueron a recibirle, una larga ristra de calaveras blancas y grises encadenadas a su muñeca izquierda. En la derecha, y goteando una sangre que parecía no secarse nunca, portaba una espada de hoja ancha y metal gris y brillante cuyo filo se veía plateado al último sol del día. En su mirada, advirtieron los que más cerca de él estaban; Aira y Sfera entre ellos como adalides del nuevo clan; tenía dos luces, una por cada ojo verde casi marrón: en el izquierdo resplandecía la furia, y en el derecho se veía candente y prendida la llama de la tristeza.
- Vengo del Hades, - dijo sin mayores preámbulos con una voz estentórea, andrógina, inmortal, - todavía hay en el Universo mucha carne que quemar.
Los Sabios no podían creerlo: aquel ser harapiento y manchado de hollín y de sangre no era precisamente la imagen idílica del Héroe definitivo que esperaban; no obstante, Aira se adelantó y dio la bienvenida:
- Hola… te estábamos esperando, eres el último de los héroes y sólo queda un cantón de la ciudad infectado por la plaga fantasmal… su fin está más próximo que nunca.
- Sí… - afirmó el otro, moviendo vehementemente la cabeza y suspirando: le costaba respirar con normalidad y apretaba los dientes indistintamente para hablar – pero desearía que no me acompañarais a la última escena… esto debo hacerlo solo.
- No entiendo… ¿por qué? – Era evidente que los Traidores se morían por ser ellos mismos quienes acabaran de una vez por todas con el tenebroso enemigo.
- Porque ahí hay algo más que un grupo de Fantasmas… se esconde lo que en una colonia de insectos sería el “Fantasma Reina”… y, si se parece a los seres de la oscuridad a quienes me suelo enfrentar día a día en el Seol, no os gustará estar en su presencia…
- Pero somos valientes, - replicó Sfera, blandiendo en alto su espada adamantina, - y sabemos luchar.
- Está bien Sabia… pero que vengan sólo los que realmente se atrevan a enfrentarse cara a cara con el Mal… no quiero estorbos en el último acto de limpieza de esta inhóspita ciudad. – Y, sin más, echó a andar en dirección a las calles de dunas entre los altos edificios, mirando al mar, que enrojecía aquí ennegreciéndose más allá.

La noche más oscura de todas las que vieron los Traidores, sólo quedaba un pequeño grupo de Fantasmas atrincherados en un tercer piso subterráneo de uno de los edificios más occidentales. El presentimiento del Fantasma-Reina ya hacía aparecer escalofríos de terror en las espaldas y músculos de los semiángeles.
Algunos recularon. El temor era difícil de obviar.
- Vamos valientes, - dijo El Poeta haciendo que su voz sonara lo más suave posible – el destino reposa en la cuenca de nuestras ensangrentadas manos.
En efecto, rodeado de más Fantasmas del tamaño de un ser humano, allí estaba del que hablaba El Poeta… el tejido evanescente, amarillo y blanco, y fluorescente, del cual estaba confeccionado brillaba en la oscuridad como una sábana extendida sobre un ventilador gigante. En lo alto de esa figura imposible, una cabeza demoníaca: con dos grandes globos oculares blancos cuyas pupilas resplandecían todavía más que su no-cuerpo, los miraban con odio e ira… un berrido de la Bestia hizo que algunos de los Sabios quedaran petrificados, a merced de la maldad de los Fantasmas, que en seguida fueron a atacarlos.
- Rápido Sabios, ¡atacad a su cabeza con vuestras armas bendecidas y que Dios nos sea aliado en esta aciaga hora, para salir indemnes y victoriosos de la última afrenta!
El Poeta, Sfera, Aira, la misma Azura y algunos más dieron un gran salto, volando con sus medias alas (El Poeta desplegó en esos momentos las dos que le había concedido el Arcángel Miguel tras más de un siglo de servicio en el Infierno) y arremetieron contra la testa cambiante y luminosa del Fantasma-Reina, cuyo no-cuerpo estalló en mil pedazos produciendo una onda expansiva que, por un lado hizo desaparecer a los Fantasmas pequeños, y por otro hizo caer a los Traidores que se habían quedado congelados ante la presencia del Mal…

Se hizo pues la oscuridad y, con ella, el silencio.

Al salir todos a la superficie, sabiendo que un par de Sabios habían caído tras el berrido demencial de la Bestia, todos quedaron aun así maravillados por lo que estaba sucediendo ahí afuera…
Serían las tres o las cuatro de la madrugada, mas en lugar de estrellas y quizá una tácita luna sonriendo desde el tapiz velado, el cielo lucía un luminoso color blanquiazul que los hizo estremecer, esta vez, de una calma para ellos antes inédita.
Habían exterminado a los Fantasmas: su misión había finalizado.
- Os quedaba una cosa por aprender… sin valor la vida no sirve de nada. – Sentenció El Poeta y, sin dar tiempo a despedidas, se volatilizó ante sus ya no tan atónitos ojos ante actos como aquél… tal vez de regreso al Abadón, donde hoy continúa, quién sabe, matando demonios a diestro y siniestro y sin descanso…

- ¿Y qué hacemos ahora? – preguntó Azura al aire otra vez negro tras la ida del Héroe.
- Vayamos al este… - respondió con total convicción Sfera, - encontremos a los Apóstatas, y enmendemos el error.

FIN DE LA BREVE TETRALOGÍA.

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