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24 de agosto de 2012

El 'gran catapum' I: La Peste.

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“Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer.” Ap. 6 : 2.
“La malaria o paludismo es una enfermedad producida por parásitos del género plasmodium, y es probable que se haya transmitido al ser humano a través de los gorilas occidentales. Entre 700.000 y 2,7 millones de personas mueren al año por causa de la malaria, de los cuales más del 75 % son niños en zonas endémicas de África. Asimismo, causa unos 400-900 millones de casos de fiebre aguda al año en la población infantil (menores de 5 años) en dichas zonas.
La única forma posible de contagio directo entre humanos es que una mujer embarazada lo transmita por vía placentaria al feto. O bien, por la transmisión directa a través de la picadura de un mosquito. También es posible la transmisión por transfusiones sanguíneas de donantes que han padecido la enfermedad.
Un total aproximado de 1,3 millones de personas mueren cada año de paludismo.”
Wikipedia: “la malaria”.

            Una nube de polvo se levantó de repente frente a las cabañas de adobe con finas techumbres de palma y paja. Cada vez que ocurría, el horizonte se opacaba y no podía verse más allá del redil donde Kobe guardaba sus cabras. El Doctor Kovalski, de la Universidad de Virginia, se afanó para cerrar las ventanas de la única construcción de ladrillo con la que contaba el pequeño poblado: el hospital, con la ayuda de Marie, su ayudante: una enfermera francesa que le prestaba sus servicios como miembro (él también lo era) del grupo de cooperantes de Cruz Roja desplazados a ese recóndito paisaje del sur de Mali. Cuando el polvo rojo y marrón regresó a su lecho árido, y los campos de algodón volvieron a distinguirse más allá del redil de las cabras de Kobe, Kovalski rezó porque esa tarde no hiciese el infernal calor de los últimos días y se dispuso a hacer su ronda de revisión de los escasos pacientes internados que tenía.
            Las cosas no iban bien aquel verano. Los chicos que, ilegalmente aunque todo el mundo lo sabía, trabajaban día sí día no en las plantaciones de algodón bajo el mandato de su mismo director de escuela, esa temporada tendrían que luchar además contra un enemigo más temible que las largas jornadas al sol a cambio de un caramelo… la epidemia provocada por uno de los seres más insignificantes de la Creación como lo era le mosquito, de malaria en la zona, que estaba causando mayores estragos (lo llevaba haciendo desde que el tiempo era tiempo) que nunca cebándose sobretodo con aquellos risueños y avispados pequeños de ébano y caracoles negros por cabello. Kovalski ya no sabía qué hacer para enfrentarse al virus. Las vacunas le llegaban por cuentagotas y, en esta nueva y brutal oleada de infectados, en algunos casos la misma no era tan efectiva como la empresa farmacéutica que la había desarrollado afirmaba.
            Kobe salió de la cabaña en al que vivía solo; a su mujer y cuatro hijos se los había llevado el mal de los mosquitos al comienzo de la epidemia; con una calavera humana que nadie sabría de dónde hubo sacado pintada de blanco. Sabía lo que iba a suceder ese caluroso y rojizo atardecer. Y también sabía que ni él ni nadie eran lo suficientemente poderosos para evitarlo. Se sentó en una peña tras dejar libres a las cabras y, mirando hacia el este, se lió un cigarro y aguardó…
            …dentro, en el hospital, Kovalski iba, con el alma rota, firmando con mano temblorosa las actas de defunción de todos los niños contagiados que yacían quietos y silenciosos en las camas de hierro.
            Kobe sonreía, quizá ya presa de la locura que acompaña al conocimiento de lo que sucede en la realidad, mientras Kovalski y Marie cargaban los últimos bártulos médicos en el viejo jeep propiedad de la ONG.
            El vehículo dejó atrás una nube de polvo variable y ruidosa. El camino tosió tras el paso de sus ruedas ahondando los surcos en la tierra. Unos antílopes, ágiles y raudos, pasaron por detrás del jeep cuando éste abandonó definitivamente las tierras plantadas de algodón pertenecientes al poblado. Kovalski miró atrás por el espejo retrovisor; Marie ya estaba avisando a sus superiores de la huida; en el cristal se reflejaba el final de un laborioso pero inútil trabajo… quizá algo más. Pero el Doctor sólo pudo musitar en su inglés estadounidense natal: “Regresar a la Naturaleza”.
            Un avión les devolvería a París al día siguiente.
            El esqueleto momificado de Kobe permaneció allí, sentado sonriente sobre la peña con la calavera pintada de blanco en las manos, y las piernas cruzadas.
            Cuatro huellas de herradura se quedarían, impertérritas, impresas en el polvo del camino. Fósiles testigos de la presencia del Fin en esas hostigadas y candentes tierras…

Continuará...L

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