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24 de agosto de 2012

El 'gran catapum' II: La Guerra

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“Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado el poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada.” Ap. 6 : 4.
“Los conflictos en la siguiente lista están causando al menos 1000 muertes violentas por año, una clasificación utilizada por el Uppsala Conflict Data Progarm y reconocido por las Naciones Unidas.
-          Conflicto armado en Colombia, desde 1964: 150-200.000 muertes.
-          Insurgencia naxalita en India, 1967: 11.454 m.
-          Guerra Civil Afgana, 1978: 600-2.000.000 m.
-          Guerra Civil Somalí, 1991: 300-400.000 m.
-          Insurgencia en Irak, 2003: 109-1.120.000 m.
-          Guerra en el Noroeste de Pakistán, 2004: 38.800 m.
-          Guerra contra el narcotráfico en México, 2006: 60.420 m.
-          Conflictos tribales sudaneses, 2009: 2.500 m.
-          Conflicto interno del Sudán, 2011: 1.500 m.
-          Rebelión en Yemen, 2011: 1784-1870 m.
-          Rebelión en Siria, 2011: 16.500-19.000 m.”
Wikipedia: “guerras actuales”.

            A Kovalski ya no le daba miedo nada. Qué podría impresionarle después de cerrar el hospital como lo hizo y abandonar Mali… por ello quizá, y porque también sería muy probable que siguiera sintiendo que era capaz de cambiar el mundo un poco a mejor, aceptó lo que ningún médico quiso aceptar antes qué él: ir a Siria y enfrentarse al día a día violento, brutal, de esa guerra civil de la que los organismos internacionales se habían lavado totalmente las manos. Marie, incondicional desde que se conocieran años atrás, aceptó a su vez acompañarle para intentar, como bien pudieran, hacer algo (lo que fuera) para aliviar el sufrimiento de cuantos se cruzaran en su camino de maletines, vendas y antibióticos.
            Iusuf les acompañó al campo: llevaban casi un mes allí y, sin un solo hospital de campaña levantado, habían hecho una gran labor en al ciudad con los incontables; nadie llevaba la cuenta de ello ya; heridos del bando conocido por propios y ajenos de los “insurgentes” contra el régimen de Al-Assad. Iusuf era uno de ellos: un asesino sin piedad que, otrora y paradójicamente, creía en la libertad de “su pueblo” para decidir su destino de forma democrática y ajena a la cada vez más odiada por todos, todos, ley islámica.
            El enésimo bombardeo por parte del Ejército todavía fiel al régimen ejecutado sobre todo un barrio había causado decenas, por no decir centenares pues la información era imprecisa, de víctimas y el destrozo generalizado de las múltiples viviendas que se habían reducido a montones y montones de escombros humeantes hasta donde alcanzaba la vista. Por eso Iusuf, conduciendo el camión que fue de su padre y éste utilizó para transportar leche en el pasado, llevaba a Kovalski y a Marie a un sitio seguro en las afueras así como a todo malherido por el bombardeo que cupo en al parte de carga del destartalado vehículo.
            Junto con el camión del padre de Iusuf, iban cuatro o cinco camionetas en el convoy. Todas acarreaban heridos y marchaban cuan deprisa les permitían sus viejos motores. Nada más cruzar la imaginaria línea que dividía los territorios bajo dominio insurgente y los que padecían la guerra abierta y se mantenían sin dueño, los insurgentes buscaron el lugar más óptimo para “plantar” con sus escaso medios el precario hospital de campaña en el que, además de Kovalski y Marie, otros tres voluntarios de Médicos Sin Fronteras se encargarían de los cortes y las quemaduras.
            Así, desde esa hora que rozaba el caluroso mediodía sirio hasta el caer bermellón del sol en el oeste, Kovalski atendió sin detenerse ni para beber un vaso de agua a los desafortunados que habían estado en el lugar equivocado en el momento equivocado cuando cayeron las bombas…
            …pero el miedo aún no había terminado de frotarse las manos. Su risa burlona y macabra sonó por encamino que venía de la ciudad antes arrasada Y su carcajada era una larga fila india de tanques del Ejército de Al-Assad. Como los efectivos con los que contaba la Insurgencia allí eran muy pocos, ni si quiera tuvieron tiempo de avisar los centinelas a los desplazados en el círculo de tiendas de campaña donde se hacinaban las víctimas.
            Alguien dio la voz de alarma. Kovalski miró instintivamente hacia atrás cortando al mismo tiempo la veda que ahora rodeaba y cubría el brazo derecho de un niño de ocho años; dijo que se llamaba Rachid, y no dijo ni pío cuando el Doctor le quitó los cristales de un espejo convertido en metralla por las explosiones incrustados en su carne y su piel. “¡Nos tenemos que ir!”; dijo en inglés el médico de la otra ONG… a Kovalski sólo le dio tiempo de coger su maletín de mano, negro y pequeño, con un escaso botiquín adentro cuando los tanques ya estaban disparando contra las tiendas de campaña.
            Después de una carrera con la noche ensombreciéndoles, Marie y él lograron esconderse en uno de los múltiples barrancos con los que contaba la holografía de la zona. Los disparos y los gritos de clemencia y de terror se alargarían hasta bien entrada la fría madrugada.
            Cerca de Damasco a la tarde siguiente, al ser preguntado por un compañero de Cruz Roja cuando todos se disponían, de nuevo, a abandonar el país, Kovalski afirmaría sin equívocos que “todos, los remataron a todos en el poblado insurgente y las colinas de los alrededores”.
            Viendo la zona desde arriba, un piloto de helicóptero tomó una instantánea del lugar de los hechos días más tarde: los cuerpos de los muertos dibujaban, sorprendentemente, cuatro herraduras grotescas y macabras…

Continuará...

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