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24 de agosto de 2012

El 'gran catapum' III: El Hambre.

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“Y miré, y e aquí un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano”. Ap. 6 : 5.
“La crisis alimentaria en el Cuerno de África de 2011 es una hambruna que ocurre en muchas regiones del cuerno de África como resultado de una severa sequía que afecta por completo a la región de África Oriental, nombrada como “la peor en 60 años”, ha causado una severa crisis alimentaria a lo largo de Somalia, Etiopía y Kenia amenazando la subsistencia de más de 12 millones de personas. Otros países en los alrededores del Cuerno de África, incluidos Yibuti, Sudán, Sudán del Sur y partes de Uganda están siendo afectados por la crisis. Las agencias internacionales desconocen la situación de Eritrea.
Naciones Unidas declaró oficialmente la hambruna en dos regiones del sur de Somalia, siendo la primera vez que se declara en casi treinta años. Desde la hambruna de Etiopía de 1984 en la que murieron un millón de personas.
Una severa falta de financiación de la ayuda internacional, junto con problemas de seguridad en al región, han obstaculizado la ayuda humanitaria.”
Wikipedia: “Cuerno de África”.

Marie y Kovalski nunca habían estado antes en Somalia. Desde el barco que los llevó hasta allí pudieron distinguir el puerto; era como regresar a un punto inconcreto del pasado donde, fantásticamente, se hubieran unido los piratas de un Caribe todavía por colonizar y los agentes de una revolución industrial europea cercenada por la mitad. El continente negro los recibió en silencio: era mejor atracar, por el bien de todos y según la opinión del experto capitán, al amanecer… y así lo hicieron. Desembarcaron y el barco zarpó de inmediato. Quedarse en Somalia con todo lo que estaba sucediendo era una tarea para, cuanto menos, valientes… aunque, afortunadamente, esta vez el Doctor y la enfermera no iban solos: un buen grupo de cooperantes conformaban el contingente humanitario desplazado al malogrado y hambriento Cuerno de África.
Los mercenarios somalíes les llevaron hasta el primer campamento de refugiados a cambio de una buena suma de dinero donada por miles de personas, solidarias, que creían que su dinero haría algún bien a esa pobre gente… también se quedaron, como impuesto extraordinario, con dos palets de alimentos que habían llevado hasta allí en dos camiones grandes, europeos, pintados de blanco con la Cruz Roja visible en el centro de las lonas.
Los camiones se detuvieron donde los mercenarios avisaron de que ya no podían seguir acompañándoles. La razón que dieron fue que querían regresar antes para que no les sorprendiese la noche por el camino de vuelta a la ciudad. Pero pronto el hedor y los pájaros dirían la verdad a los cooperantes. Las dunas empezaban más allá, ondulando el paisaje en el oeste. Allí ni si quiera existía el desierto: era otra cosa, infértil y árida y caliente, pero distinta… la tierra cobriza, marrón, dejando ascender sin fin el vaho y el aire calentujo desde sus entrañas formando curvas en la visión de cualquier viajero, se resquebrajaba eternamente y en todas direcciones. No había ni una sombra. Y mirando en derredor lo único que salpicaba ese ambiente ocre, silencioso, muerto, era el vasto campo de refugiados por la guerra con sus tiendas de tela oscura y esas casetas prefabricadas que trajeron los holandeses y que ya habían cedido su gris claro en pro del terracota infinito de la arena, de esa tierra seca e invariable, eterna…
Kovalski ya lo había olido antes… en Mali; pero aquí la peste era mucho más intensa y, en lugar de concentrarse en algún punto inexacto, parecía extenderse por doquier, inundando todo cuando rodeaba el convoy, que se aproximó a pie, con turbantes rodeando sus bocas y narices para evitar la náusea, al grupo silencioso, sepulcral y quieto, de tiendas de campaña.
El sonido de los miles de millones de moscas acabando con la carne de los cadáveres putrefactos al Sol predijo el horror. Los que no habían muerto de inanición y de hambre; que serían el noventa por ciento; lo habían hecho a manos de los pocos poseedores de algo que llevarse a la boca antes del término final, asediados quizá hasta la misma muerte por los hambrientos.
“Salgamos de aquí: el mismo aire es irrespirable y puede enfermarnos”, dijo Kovalski y los demás no dudaron en hacerle caso y regresar a donde habían aparcado los camiones. Alguien vomitó.
Por el camino incierto que llevaba a las dunas se acercó entonces, muy rápido para ese tipo de vía casi impracticable, un coche todoterreno de pequeñas dimensiones. En el rostro del único viajero y conductor podía distinguirse la máscara del terror. Como el niño que acaba de ser testigo del miedo y acarreará el trauma hasta el fin de sus días.
“¿Qué dice?” “Que no vayamos al oeste… que no hace falta…”
Al atardecer, de regreso otra vez a la ciudad portuaria donde repartirían, bajo el estricto control de mafias y piratas, los alimentos que portaban, el conductor que relató la muerte por hambre de todos cuanto vivían en los campamentos y poblados más allá de la tierra roja y yerma se hizo con la pipa de uno de tantos delincuentes, puso la boca del cañón sobre su sien derecha, y apretó el gatillo con la mirada perdida y el alma vencida… dicen que sonreía mientras lo hizo… y que la sangre que salpicó el suelo al volarse la sesera dibujó las huellas de cuatro cascos de caballo…
Los cooperantes llamarían desde puerto al capitán antes de tiempo.

 Continuará...

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