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11 de septiembre de 2012

2.2. Las guerras atlántidas II



“Los viajeros que tomaran los caminos más allá de la Carretera del Sur sentirían la congoja apoderarse de sus corazones. Las naves Atlántidas de carga no cesaron sus trabajos de levantamiento de murallas durante aquella primera semana de ocupación reptil.
Las fuerzas genésicas, los valientes hombres y mujeres del Ejército de Mi Señor Kratka junto con los refuerzos robóticos de Metaloburgo, dispusieron su campamento a varios kilómetros de lo que ya podía considerarse como “frontera norte” puesto que el muro había finalizado de ser izado. En lugar de hacerlo como lo edificarían los hombres, los atlántidos habían construido aquella monstruosidad con gigantescos bloques rectangulares de un material que el mismo Surkay, Ingeniero de Palacio, desconocía. La pared era de un color azul oscuro muy cercano al negro, y cuando el sol le daba de lleno, brillaba tanto que reflejaba toda la luz convirtiéndose en un espejo fulgurante. Kratka, el Valiente, se desplazó personalmente como siempre junto al gran contingente bélico que se trasladó allí… al desierto occidental bajo la sombra fresca de la Cordillera Andalusia. Nunca ningún Rey se había enfrentado a una situación similar a la que Mi Señor Kratka estaba viviendo, por lo que no existía otro precedente que la batalla continua de las escaramuzas y los pillajes fronterizos con los territorios de Megalisboa, y aunque todos los generales y dirigentes genésicos se sintieron en principio desbordados por el dantesco panorama, les era perentorio tomar una decisión y actuar, de cualquier modo, contra el invasor venido de más allá de las estrellas.

Al fin, y tras deliberar durante varios días, se llegó a la determinación de que no podían enfrentarse, ni si quiera con la inestimable ayuda de las armas de los war-ants de 304, a los atlántidos de forma directa. Por lo que el monarca actuó sabiamente enviando a gran número de efectivos al norte, a las montañas, como reserva; y dejando a varias tropas de élite en la frontera con un campamento móvil, que se trasladaría a diario para evitar su localización por parte de los lagartos, con el fin de hostigar al enemigo para, de momento, conocer su potencial y evitar en medida de lo posible su avance colonizador.

Kratka regresó a Génesis al cuarto día. En el puesto variable que sería llamado desde entonces Campoarena se quedaron Ret como general humano y 417, un war ant, como general Mirada Serena, para llevar a cabo la misión bautizada “Lagarto del Desierto I”… pero la lucha real la llevarían a cabo dos hombres primero al otro lado de la pared azul casi negra que levantaron los lagartos…”

Los dueños y trabajadores de las granjas en torno a Nueva Germania fueron avisados de lo ocurrido en la ciudad conforme Hans e Iván iban avanzando hacia el norte y el este. Evidentemente no podían enfrentarse marcialmente a los invasores reptiles; por lo que, en esos primeros momentos de ocupación, lo único que pudieron hacer fue contemplar cómo los vehículos terrestres y las pequeñas naves de construcción y carga invadían sus caminos y su cielo.
Cuando finalmente la muralla fue terminada, y se vieron atrapados en ese macro-gueto que los lagartos habían creado, empezó a cundir cierto pánico entre los que no habían sido esclavizados aún. Se preguntaron qué planes tendrían los extraterrestres con ellos… y la incógnita fue despejada en seguida de la manera más cruel que los pacíficos habitantes postandalusíes jamás pudieron imaginar… así como Artorius estaba haciendo con los ciudadanos de Megalisboa, los atlántidos habían hecho con los vecinos de Nueva Germania: atados todos a larguísimas cadenas metálicas con grilletes en los tobillos, los llevaron a los campos más aptos para ser cultivados de los alrededores del Desierto Occidental para trabajar en ellos.
Ídem a la anterior...
 
Desposeyendo al mismo tiempo de las tierras a los propietarios de las fincas, matándolos o sumiéndolos de la misma forma que hicieran con los que ya estaban encadenados.

Fue en la finca de Frederick, un adolfista ganadero, donde se gestaría lo que en un futuro inmediato se transformaría en el verdadero enemigo de las tropas Atlántidas, ya que la operación “Lagarto del Desierto” se desarrollaría con una magnitud inferior a los ataques internos de La Resistencia.
Un grupo de caballistas iosifistas, que trataban de dar caza y domar posteriormente a los caballos salvajes postandalusíes que poblaban esas tierras desde el Recomienzo, se unieron a Hans e Iván un par de días antes huyendo de las tropas de hombres-lagarto que buscaban seres humanos a los que continuar esclavizando. Iban en busca de una sombra y un lugar fresco donde parar para comer cuando Leon, uno de los domadores y montaraz del grupo, distinguió las huellas en forma de flecha y muy seguidas de uno de los vehículos terrestres de los invasores; éstas se dirigían, alzando la vista al frente, a una vieja granja de fachadas blancas reinando sobre una pequeña colina.
- Están allí… ¿regresamos o los bordeamos por ese estrecho? – Preguntó el propio Leon.
- Creo que lo que debiéramos hacer es primero acercarnos… y si se trata de un solo vehículo quizá haya muy pocos de esos lagartos… - aventuró Hans, - podríamos atacarles y liberar a la pobre gente que haya en esa granja…
Todos cruzaron miradas: enfrentarse a esos bichos debía ser muy peligroso… sus armas daban miedo, más incluso que sus ojos fríos y amarillos y esas garras de reptil afiladas como cuchillos.
- Vamos… Hans tiene razón, - apoyó Iván la moción sabiendo que, siendo iosifistas, los caballistas le harían caso a él – hagamos papilla de lagarto.

Frederick y su hijo Will estaban arrodillados frente a un soldado lagarto que los amenazaba con uno de esos cañones láser. Inka y Rut, la mujer e hija de Frederick, estaban a varios metros de ellos, arrodilladas y amenazadas de igual forma. El grupo de Iván y Hans contó entonces con el factor sorpresa y, con los rifles que los domadores usaban para espantar a los lobos, hicieron un par de dianas cargándose a los soldados desde la lejanía para luego atacar, a saco sobre sus monturas, al grupo esparcido de lagartos que estaban saqueando la granja.
En cuestión de minutos, y sin sufrir una sola baja, habían acabado con los invasores y estaban liberando a Frederick y a su familia…
- …un momento… - dijo Will cuando se fijó en los emblemas que llevaban sus libertadores en el hombro izquierdo - ¡sois iosifistas!
- Sí… y te acabamos de salvar la vida. – Dijo Leon, cambiando su gesto a uno ultra serio.
- Hey, hey… - se apresuró Hans mostrando su emblema adolfista del hombro derecho – ahora no importa de qué partido seamos… posiblemente tanto Adolf como Iosif murieran durante la invasión de Nueva Germania…
- Sí, - continuó Iván – en estos momentos tenemos un enemigo común… y yo ya no me considero más iosifista que neogermano… que es lo que somos en realidad. – Acto seguido, y dando más valor a su discurso, se arrancó el emblema iosifista de la casaca y lo tiró al suelo.
Hans le siguió con el suyo y, entendiendo el mensaje, los domadores le imitaron.
- Will… - le dijo Frederick a su hijo en un tono paternal y suave – estos hombres tienen razón, y además les debemos la vida. – Y añadió abrazando a Iván: - Gracias.
- No hay de qué.

 "Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes." Isaac Newton.

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