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23 de septiembre de 2012

I. El Prelado y la destrucción. pt. 1


“Oi’Demlok es un pequeño planeta de la inmensa Franja Este, más allá del Segmentum Ultima, muy cercano a Vior’la; de hecho, los que lo conocen lo suelen llamar “el hermano menor de Vior’la” debido a que las características de ambos son prácticamente iguales. Como hay pocas ciudades en Oi’Demlok a la más grande, emplazada en mitad de una enorme llanura y flanqueada por dos ríos cuyas corrientes son opuestas, se le llama simplemente “La Capital”. La Capital cuenta con numerosos polígonos industriales en torno al casco urbano, donde los obreros de la Casta de la Tierra manufacturan y construyen todo tipo de artículos bajo la estricta supervisón de los Aun o Etéreos, en pro de la búsqueda y consecución del Bien Supremo.
            En uno de los talleres dedicados a la fabricación de Armaduras para el Ejército de la Casta del Fuego trabaja Fiouil Oi’Demlok Mon Mont’da (el Veterano Sombranegra), protagonista de la fantástica historia que voy a relatar…

            …todo comenzó un día gris, con algunas nubes copando el cielo no tan azul encima de La Capital… aquella mañana los muchachos y muchachas de los talleres no hablaban de otra cosa: pronto llegaría un importante Aun a la ciudad desde Vior’la, interesado en los nuevos avances tecnológicos en materia armamentística, y los ingenieros y diseñadores como ‘Mont’ estaban deseosos de saber qué decisión tomarían los Aun y los Comandantes de la Casta del Fuego al respecto…”

Aun'ui Elan Kor - El Prelado Airefuerte -

            Mont cerró la puerta de la estancia en la que había estado trabajando al escuchar un ruido en la entrada del taller. Algo nervioso corrió el pasador, puso el candado y guardó en uno de los bolsillos de sus pantalones de mecánico la única llave. Respiró profundamente y miró, instintivamente, de nuevo al pasillo y más allá… afortunadamente, se dijo, sólo era su colega y compañero de trabajo Sha’is (Vientofrío).
- Mont… ¿todavía estás aquí? – le preguntó nada más tener contacto visual con él.
- Sí… ¿qué ocurre?
- El Prelado Elan Kor y su cohorte están llegando ya a la Plaza Circular… - la Plaza Circular era un gran ágora situado en el Sector Este de los polígonos donde se realizaban, bajo estrictos dispositivos de seguridad, algunas de las demostraciones ‘outdoor’ de los avances tecnológicos para que los testadores decidiesen a priori su inclusión o no en los tests reales, cuando la Casta del Fuego los probaba en plena batalla. – Savon nos dijo que debíamos estar todos… - Savon era el jefe de ingenieros del taller donde trabajaba Mont.
- Ya ya… tranquilo, todavía estamos a tiempo…
            Los dos salieron casi a la carrera: la Plaza Circular no quedaba especialmente cerca del taller. No obstante, llegaron justo a tiempo: el Aun’ui Elan Kor todavía no había ocupado su puesto en la tribuna donde se debían sentar los Etéreos.
            Pese a que toda la economía, sociedad e incluso vida de los Tau se regía por la doctrina del Bien Supremo: “la Unidad llega a todas las cosas, con el tiempo”, que viene a decir que todo Tau se debe a ese bien por encima de sí mismo dejando a un lado los objetivos individuales o las metas subjetivas, el carácter de todo individuo, siendo Tau o no, tiende naturalmente a diferenciarse del resto mediante el ego, por lo que había Tau menos creyentes que otros, y tal era el caso de Mont, a quien la Casta de los Etéreos no despertaba el mismo interés o adoración que al resto de sus compañeros en las industrias armamentísticas de La Capital de Oi’Demlok. Y esa actitud se reflejó desde que se hubo sentado junto con Sha’is en las gradas. El sol salió al fin y los encargados del evento desplegaron encima de éstas un gigantesco pero muy práctico toldo mediante una serie de raíles automáticos.
- No entiendo por qué no te gustan estos actos Mont… todo el mundo está disfrutando menos tú… - comentó Sha’is ante la mueca de aburrimiento que Mont no trataba de ocultar.
- Prefiero estar trabajando en el taller… creo que estas demos son una auténtica pérdida de tiempo… - comentó Mont intentando zanjar el tema, obviando decir que la influencia de los Aun en él era mínima por alguna razón y que, de cualquier modo, era incapaz de sentir la devoción que los guerreros suicidas de la Casta del Fuego o los Supervisores Fio’vre tenían por el Bien Supremo.
            Para que la información acerca de los constantes avances de la mecánica Tau no se filtrara fuera de los sistemas bajo el control de su Imperio; pues a pesar de que la influencia Aun era muy poderosa sobre la población (el resto de Castas) siempre existía la posibilidad de la traición y la seducción del soborno; unos drones voladores iban escaneando las pupilas – aparentemente iguales en todos los Tau – de todos los presentes para identificarlos y controlar que únicamente los trabajadores de la Casta de la Tierra y los soldados de la Casta del Fuego asistieran a tales eventos… bajo la amenaza, de darse una filtración, de pena de muerte a quien osase llevarla a cabo. Asimismo, y añadido al control interno, un par de orcas sobrevolaban lentamente los cielos de La Capital dibujando círculos sus trayectorias para asegurarse que ninguna atrevida y despistada nave enemiga espiase las demos o, en el peor de los casos, atacase el planeta estando el alto cargo Aun de visita en él.
            El dron se aproximó a Mont desde la izquierda tras escanear los ojos de Sha’is justo cuando las primeras Armaduras Crisis mejoradas, pilotadas por expertos Shas’ui, probaban su alcance, puntería y poder destructivo contra unas esculturas (por llamar a aquello de alguna forma) que asemejaban Orkos, tanques del Imperio de la Humanidad y otros vehículos de distintos enemigos fabricados con materiales reciclables que les otorgaban peso y resistencia altamente similares a los de verdad. Pero Mont en esos momentos no miraba ni al dron, que emitió un par de pitidos agudos y cortos para avisar al Fio’ui que estaba esperando que girara su vista hacia él, ni a las Armaduras que no cesaban de disparar en uno de los extremos del circo en mitad de la Plaza… algo en el cielo había llamado su atención…
- Sha’is… - musitó dando un pequeño codazo a su amigo.
- Mont no me distraigas… ¡mira le poder de ese lanzallamas!
- Mira tú un segundo ahí, - levantó el brazo y señaló con sus dedo esas dos manchas negras sobre el vuelo de las orcas, cerca del límite de la estratosfera de Oi’Demlok, - en el cielo.
            Sha’is le hizo caso y siguió la línea recta imaginaria dese el dedo de Mont… en efecto, parecían dos astronaves acercándose a la superficie del planeta a una velocidad media…
- No sé… - aventuró Sha’is, - serán visitantes…
- Me dan mala espina. – Sentenció Mont; quien acto seguido sintió una corazonada, como un escalofrío, que instintivamente le hizo mirar hacia la tribuna de los Etéreos. La gente jaleaba y aplaudía el espectáculo ofrecido por los guerreros; las réplicas de los enemigos ardían en el extremo izquierdo del circo; y el sol caía a plomo en la llanura, haciendo subir eses de vaho desde la arena y la pálida yerba.
            Mont se quedó de piedra, y un frío que no había sentido nunca antes se apoderó de su espina dorsal: Aun’ui Elan Kor parecía estar mirándole fijamente desde tan lejos, enfrente y a la derecha al otro lado de la demo.
            Sintió como si el Etéreo le forzase a quedársele observando, averiguando tal vez en qué estaba pensando Mont y… cuando pensó esto, se liberó, miró los dos puntos (ahora más grandes) en el cielo y volvió a mirar al Prelado, la máxima autoridad presente en esos momentos allí ya que Aun’vre Oi’Demlok, el Rey del planeta, se encontraba de viaje.
            El Etéreo pareció comprender los pensamientos de Mont y, sorprendentemente para él, miraba también hacia arriba… segundos después hablaba con un Comandante sentado en la tribuna baja y de repente, y para temor de muchos e intriga de Mont, comenzaron a sonar desde los cuatro puntos cardinales de la Plaza Circular las sirenas de ataque aéreo… éstas no habían sido activadas nunca salvo en los contados simulacros que ensayaban las evacuaciones y los contraataques.
            El poder de autocontrol Tau consiguió que, detenido el espectáculo, todos los asistentes se desplazasen de forma rápida y ordenada a los lugares predeterminados para cada cual en ese insólito caso: era, en efecto, la primera vez que Oi’Demlok, tan cercano a Vior’la (el planeta inexpugnable del Imperio Tau) era atacado por una raza externa. Pero Mont no se movió un ápice a pesar de los dos o tres tirones de Sha’is sin éxito porque le acompañara al taller a recoger sus cosas e ir a los refugios del polígono: Elan Kor tampoco se había marchado y, acompañado de su guardaespaldas de la Casta del Fuego, continuaba impasible sentado en su sillón reservado… ¿qué había visto aquel Aun en Mont…? ¿Le estaba observando a él y enviando esas sensaciones, o todo estaba siendo producto de su inventiva y ninguno de aquellos acontecimientos tenía conexión?
            La única forma de averiguarlo sería preguntando…
            Mont se deshizo de la babia momentánea que parecía haberlo atrapado, y salió corriendo hacia el taller… debía asegurarse de que todo seguía en su sitio a pesar del ordenado caos desatado.

            Cuando llegó, Sha’is le estaba esperando… Savon había ordenado a todos los mecánicos y montadores que fuesen a los refugios y se había marchado junto con ellos…
- ¡Venga Mont! Cerrarán los refugios antes de que lleguemos si no nos damos prisa…
- Seguro que nuestros guerreros se cargan a esos elementos hostiles y todo esto quedará en una anécdota… no te preocupes.
- Confío en el Bien Supremo, pero debemos ser diligentes.
- Yo prefiero confiar en la destreza de nuestros hermanos de la Casta del Fuego… - murmuró Mont que se fijó en que su candado seguía igualmente cerrado, apretó la llave dentro de su bolsillo en la palma de su mano, y añadió en voz alta: - Vamos, o se nos hará tarde.
- No tienes remedio amigo…

            Las calles del inmenso polígono industrial ya estaban prácticamente desiertas; apenas cuatro o cinco tardones como ellos corrían rumbo a los búnkeres anti-bombardeo cuando un proyectil, venido de algún punto inexacto del espacio sobre sus testas, impactó cerca, muy cerca, cuya onda expansiva los tiró al suelo de la calzada…
            … dejándoles inconscientes a Sha’is y a él.
            A pesar pues de las defensas, La Capital estaba siendo atacada.

            Continuará…

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