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25 de septiembre de 2012

I. El prelado y la destrucción. pt. 2.


“Fio’ui Mon Mont’da, o ‘Mont’ para los amigos, es un mecánico veterano de la Casta de la Tierra que vive en Oi’Demlok, el planeta más cercano a Vior’la donde habitan los Tau… una mañana cualquiera, cuando un importante prelado Aun, de la Casta de los Etéreos, visita los polígonos industriales para asistir a una demo de las recientes actualizaciones en materia armamentística, Mont es el único (y el misterioso Aun después de él) que se fija en dos puntos negros que se acercan al planeta… tras una charla telepática con el Etéreo a ambos lados de las gradas durante la demo que Mont es incapaz de comprender, la ciudad empieza a ser evacuada por el inminente ataque aéreo de ese desconocido enemigo y el veterano se marcha a su taller para recoger sus cosas y huir a los refugios destinados para ello de La Capital; durante esa huida, acompañado de su leal amigo y compañero de trabajo Sha’is, veterano como él, se da una macro-explosión en el polígono que los deja inconscientes en el ardiente suelo de la calle…

… los Tau de las castas no guerreras han sido evacuados, los soldados de la Casta del Fuego se apresuran para repeler cuanto antes el bombardeo inminente a la gran ciudad, ¿podrá Mont sobrevivir al cruento ataque y averiguar por qué aquel anciano Aun se fijó exclusivamente en él con toda la multitud que había disfrutando del espectáculo bélico…?”

CP. I. PT. 2. LAS HORDAS DEL CAOS.

            El pitido en los oídos era… demencial. Cuando abrió los ojos no sabía qué había ocurrido ni dónde se encontraba. Segundos más tarde, e incorporándose de forma instintiva, distinguió el cuerpo de Sha’is a un par de metros de él, todavía tendido sobre el cemento de color terracota. El pitido no cesó hasta mucho después y era capaz de oír el resto de explosiones, los sonidos de la cercana batalla, como envuelto en una burbuja él y opacados por una sordina musical aquéllos. Se acercó a Sha’is y se arrodilló junto a él… lo zarandeó y éste abrió los ojos, perdidos igual que los suyos unos instantes atrás.
- Sha’is… - supo que dijo aunque no se escuchó a sí mismo.
- M… Mont… amigo… - respondió el otro, Mont le leyó los labios y sonrió: parecía estar bien.
- Tenemos que salir de aquí. – La palabra aquí llegó finalmente a sus oídos, pero lejana como una mañana primaveral en Pech.
            Sha’is estaba herido de la pierna izquierda: se la habría roto en la caída ya que los huesos de los Tau no eran tan resistentes como los de los humanos y otras razas más corpulentas. Afortunadamente Mont no había sufrido ni un solo rasguño, por lo que hizo que su amigo se apoyara en su hombro derecho y le ayudó a caminar… los refugios estaban al norte… no muy lejos de su posición actual. El humo y el polvo ascendían hacia el éter en múltiples columnas vestigios de la reciente destrucción de todo cuanto habían luchado, y sudado, por construir los obreros de la Casta de la Tierra. Mont se fijó en su alrededor y una congoja que jamás creyó ser capaz de sentir le devoró el alma…
- Maldito Aun… - dijo en voz alta, presa se sus nuevas y nihilistas sensaciones…
- ¿Cómo has dicho? – preguntó el herido Sha’is, quien no había escuchado bien las palabras susurradas de Mont.
- Que si ese Aun, que dudo que sea un simple prelado, no hubiese venido, Oi’Demlok no habría sido atacado…
- ¿Cómo puedes decir eso? – Los oídos de ambos ya habían abandonado ese estado de estrés postraumático que les impedía oír con claridad. – Los Etéreos salvaron a los Tau, y nos han guiado a la expansión y la gloria una victoria tras otra.
- Y a la muerte. – Sentenció Mont, a quien, como desde el día en que nació, los Aun no le merecían el más mínimo de los respetos… - Morir por el Bien Supremo, menuda idiotez. – Dijo totalmente cabreado, con una mirada llena de furia en la que Sha’is no reconoció a su amigo desde que eran unos críos.
- Estás enfadado, por eso dices lo que dices…
- Bah… - espetó finalmente Mont, sabiendo que su compañero jamás podría entender lo que él sentía ya que Sha’is era un fiel seguidor de la doctrina, y no la cuestionaba en ningún momento y bajo ninguna situación; y para muestra, lo que estaba sucediendo.

            En el refugio, un edificio semiesférico de color ocre con rayas negras fabricado de un hormigón armado ultrarresistente, había Tau de todo tipo aunque la mayoría eran trabajadores de los polígonos… cuando llegaron, un Shas’ui les abrió la puerta y se quedó afuera a modo de centinela. Adentro todos estaban en silencio, y un anciano (los Tau no alcanzan muchos años de vida, excepto los Etéreos de quienes nadie sabe cuánto tiempo pueden legar a vivir) de la Casta del Aire explicaba quiénes podrían ser los atacantes…
- …he visto antes esas marcas en los flancos de las naves, - relató el Kor’vre (piloto) retirado – muy lejos de aquí: en un lugar que los humanos llaman El Torbellino: son naves del Caos, de eso no cabe duda, - Mont llevó a Sha’is donde unos galenos trataban de curar a los escasos heridos y ambos dirigieron su atención, como el resto, al ex piloto – y éstos son… ¿cómo era? Ah, sí: Corsarios Rojos bajo el mando de un humano disforme que todos conocían con el temible nombre de Blackheart.
            Mont nunca había oído hablar de ese tal Blackheart ni de los Corsarios Rojos… sabía que el Caos existía, que eran piratas y asesinos que, según unos dioses de nombres impronunciables, querían adueñarse del Universo con el único fin de destruirlo. Leyendas tan sólo provenientes de un mundo que, a pesar de ser el mismo, le parecía totalmente ajeno y casi fantástico… aquel mundo donde sus hermanos de la Casta del Fuego luchaban sin descanso por el Bien Supremo, muriendo a manos de esos sangrientos tiranos por un dudoso ideal. La sangre le hervía en las venas como un río de brillante magma.
            “Corsarios rojos…”, pensó, “qué tendrán que ver esos engendros con nuestro planeta… han venido por Elan Kor, seguro… pero ¿por qué…?”
- Maestro Kor’vre, - solicitó palabra levantando la mano, y el ex piloto asintió con el mentón otorgándosela - ¿sabe qué tipo de relación puede haber entre esos piratas y asesinos con nuestro pequeño planeta? – Se abstuvo de mencionar al prelado pues había señores o Aun’saal (señores, el primer peldaño de la jerarquía de los Etéreos) entre los presentes… uno de ellos, de hecho, escuchó la pregunta y miró directamente a Mont, quien captó el gesto y apartó la mirada…
- Pues no lo sé, Fio…
- Fio’ui O’Demlok Mon Mont’da. – Dijo su nombre y miró al Aun’saal que lo estaba observando todavía… algo en éste le hizo volver a bajar la mirada y que el corazón le galopase… - Supongo que sólo serán unos despistados que no saben con quién se la están jugando… - arguyó para zafarse de las miradas inquisitorias.
- De eso que no te quepa duda. – Interfirió el Aun’saal y todos guardaron silencio de nuevo…
            Estaba claro que aquéllos que seguían al Bien Supremo sin dudar no tendrían ninguna iniciativa en saber cuál era la conexión entre Elan Kor y el ataque de los Corsarios Rojos… tendría que averiguarlo por sí mismo.

            Se acercó a las camas y a Sha’is, que sonrió al verlo.
- ¿Cómo estás amigo?
- Mejor…
- Oye Sha’is, tengo que irme…
- ¿A dónde? – preguntó alzando algo la voz, alarmado.
- Guarda silencio y escucha amigo… - se suavizó la garganta y, sabiendo que lo que iba a hacer no gustaría a su colega, prosiguió: - ten esto, es la llave de mi zona privada en el taller… - la sacó de su bolsillo y se la engarzó al collar que Sha’is siempre llevaba con él orlado de conchas de cuando estuvieron en Pech siendo aprendices.
            Sha’is no dijo nada. Apartó la mirada un segundo y, tras asentir con el mentón desde su posición acostada, regresó a la faz de Mont que aguardaba una respuesta con congoja en el alma…
- Siempre fuiste diferente Mont… tranquilo, ve a hacer lo que el Destino quiere que hagas, cuidaré de tus cosas…
- No abras nunca el candado, no hasta que regrese…
- Prométeme que regresarás y yo te prometeré que no abriré jamás esa puerta.
- Hecho.
            Se abrazaron ante la extraña mirada de los galenos, y Mont se fue…
            El Shas’ui de la puerta lo tachó de loco pero le dejó ir.

            ¿Qué era lo que espoleaba el corazón de Mont, un simple montador de Armaduras, hacia un horizonte desconocido?

            Continuará…

Mont abandonando el refugio.

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