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28 de septiembre de 2012

I. El prelado y la destrucción. Pt, 3.


"Mont, un veterano montador de Armaduras, acaba de salir del refugio anti-bombardeo del polígono industrial de La Capital, en Oi’Demlok, un pequeño planeta bajo el dominio del Imperio Tau, cuando su ciudad está siendo atacada por los desconocidos para la mayoría de los habitantes de La Capital como “Corsarios Rojos” pertenecientes a las diabólicas y destructoras Fuerzas del Caos.
La decisión de Mont de salir a la intemperie, poniendo de tal modo en peligro su vida enfrentándose al campo de batalla en que se ha convertido su ciudad, viene dada por la presencia de Aun’ui Elan Kor allí… un misterioso prelado de la Casta de los Etéreos que Mont cree directamente relacionado con el ataque del Caos.

Atrás va a dejar su taller y sus pertenencias privadas y a su mejor amigo, Sha’is, como custodio de las mismas… no sabe qué le impulsa a tomar la decisión de ir a por Elan Kor, pero sí que es algo más fuerte que él mismo y que, si no se hace frente a la llamada del Destino ahora, se arrepentirá hasta el fin de sus días…

Entretanto, una de las grandes naves del Caos sobrevuela La Capital mientras que su única compañera batalla en las alturas contra los cruceros de defensa de los Tau… de la primera se han desprendido varios cazas, que están sumiendo a ese territorio habitado del pequeño planeta en el mayor debacle que jamás haya sufrido.”

Cp. I. Pt. 3: GARRAS INFERNALES.

Cuando Mont salió aquel sector de la zona industrial se hallaba en silencio exceptuando el crepitar de las llamas aquí o allá. Corrió hacia la pared de un edificio cercano con el miedo de que una de esas bombas, proyectiles, o lo que fuera le cayese encima volatilizando hasta la última célula de su cuerpo. A pesar del silencio y de que no se había topado todavía con la tragedia, Mont no pudo evitar que su palpitar resultase arrítmico así como su respirar acelerado y roto… en el cielo, a cierta altura y sobre el corazón mismo de La Capital los rápidos y mortíferos cazabombarderos del Caos, al menos seis Garras Infernales, lidiaban una lucha sin tregua contra los Barracuda, visiblemente más grandes, de los Tau. Hasta los oídos de Mont llegaban los ruidos de la cruenta batalla… de hecho, en ese momento, Mont se fijó en el ataque de dos Garras Infernales contra uno de los Barracuda en el epicentro del combate, cómo disparaban a discreción contra él y, tras que el piloto lograra eyectarse afuera (Mont pudo distinguir el punto negro y amarillo que era aquél saliendo disparado hacia arriba mediante los propulsores de la exo-cabina), lo hacían explotar en un juego violento de fuegos de artificio cayendo sus distintas partes sobre los convexos tejados de la ciudad.
Mont cerró los ojos en ese momento y tragó saliva. Respiró profundamente y dijo telepáticamente a sus piernas, presas del pánico y temblando en esos instantes: “Vamos, tenéis que hacerlo… ¡corred!”

Y, gracias al Bien Supremo, lo hicieron. Mont corrió hacia el interior de la ciudad, hacia el este, con el único y descabellado objetivo con el caos imperante allí de hallar a Elan Kor fuera como fuere. Corría por un ancho y largo bulevar que conectaba al centro urbano la zona industrial, cuando la tragedia lo detuvo en seco. En principio su cerebro pensó que lo que había visto no podría ser cierto; pero cuando dio unos pasos hacia el edificio derruido, llameante a varios metros de la calzada, el corazón se le detuvo al igual que el paso y se le partió en infinitos pedazos el alma… era un colegio de la Casta de la Tierra: donde empiezan a ser adiestrados en el arte de la construcción, la mecánica y la electrónica los pequeños Tau que más tarde, como él, diseñarán y montarán las poderosas armas que la Casta del Fuego utilizará en la guerra. Una lágrima fría y azul se desplomó desde su ojo derecho cuando le invadió los pulmones el hedor a carne quemada… no quiso contarlos… se quedó atónito y sin saber qué pensar ni qué hacer mirando fijamente a uno de ellos… parecía dormido… pero sabía que todos estaban muertos. Giró su vista hacia la izquierda y se fijó en el bélico danzar de las naves de ambos bandos allá arriba; y ya con cataratas manándole de los ojos, gritó de rabia y furia con todas sus fuerzas…
… y con renovado ímpetu, movido por una ira indecible que le galopaba por las arterias, emprendió de nuevo su carrera consciente de que ya nada podría hacer por aquellos pequeños, con la misión de pedir explicaciones, si tal cosa fuera posible en un Tau, por toda esa muerte, destrucción y miedo.

Como todo el mundo, excepto los que murieron con los primeros ataques al no haberles dado tiempo de esconderse en los refugios, se hallaba escondido en éstos, Mont no se cruzó con nadie. Obviamente, y contando con la escasa proliferación de objetivos puramente individuales como lo era el suyo; nadie estaba lo suficientemente grillado como para vagar por la ciudad habiendo una batalla desplegada sobre ella. Mont también era plenamente consciente de que suscitaría una batería de preguntas si era interceptado por guerreros de la Casta del Fuego, por lo que se cuidó mucho de cruzarse con alguna tropa trasladada a las calles por motivos de seguridad. Así, mientras los Barracuda y los Orca iban, afortunadamente para los Tau, menguando el poder ofensivo del Incursor Infiel del Caos y sus Garras Infernales, Mont avanzó de escondrijo en escondrijo, de recoveco en recoveco y a plena carrera, hasta lo que los ciudadanos de La Capital conocían como Retha (el edificio donde vivía el Aun’vre y que hacía las veces de centro de estudios y de lugar de aprendizaje de la doctrina del Bien Supremo).
El Retha estaba vigilado por una buena guarnición de solados. Mont no podía presentarse tal cual: lo llevarían al refugio más cercano y su objetivo de hallarse ante Aun’ui Elan Kor quedaría abortado. De tal modo que aguardó… el Retha contaba con su propio Juntas, o puerto, y unos hangares en su parte posterior; así que Mont, suponiendo con gran nivel de certeza que los visitantes (la cohorte de Elan Kor) serían evacuados de Oi’Demlok en cuanto hubiera cierta claridad en el espacio aéreo, rodeó los edificios circundantes al Retha por la derecha y se situó frente a las verjas que daban al Juntas al otro lado de los hangares. Allí había menos solados, pero igualmente se trataban de una barrera infranqueable. De repente, y no se sabrá jamás si por suerte o desgracia, un Garra Infernal tocado en las violentas alturas cayó en picado, dejando una estela de humo negro, a escasos metros de las verjas y aplastando a varios soldados. En seguida, y evidentemente, los supervivientes fueron a comprobar que el Marine del Caos que pilotaba el caza letal estaba muerto y si alguno de sus hermanos había sobrevivido. Oportunidad que aprovechó Mont, corriendo y sin dudar, para colarse y esconderse sin ser visto en uno de los estrechos pasillos que quedaban entre hangar y hangar. El montador de Armaduras pronto fue hacia el interior, donde se abría el espacio diáfano del Juntas circular, y oteó los alrededores. Apenas un par de controladores de la Casta del Aire se encontraban allí: parecían estar preparando el lugar para el inminente despegue de la aeronave Orca que en esos momentos sacaban del hangar que tenía a su derecha.
- Habrán decidido salir con ella en lugar de con el Manta en que vinieron, puesto que resultaría evidente que el prelado estaría en ella y la seguirían… - divagó en voz alta observando cómo la espléndida nave Tau se desplazaba lentamente hacia el centro del Juntas, - quieren distraer su atención…
Mont miró hacia arriba, los Garras Infernales habían sido neutralizados y una flotilla importante Tau estaba a punto de destruir el Incursor Infiel del Caos que había descendido mientras que el segundo, el que se había quedado allí arriba, parecía haber tomado la decisión de retirarse y volaba en dirección al espacio exterior.
- Es el momento. – Dijo de nuevo por instinto en voz alta, y algo llamó su atención en el otro extremo del puerto: de la entrada trasera del Retha salió una cuarentena de guerreros de la Casta del Fuego con marcas de un clan desconocido por Mont en el hombro derecho. ¡Y Elan Kor y su guardaespaldas iban con ellos! – Ahora o nunca Mont. – Pronunció y, procurando no ser visto por los controladores que ponían a punto el Orca para el despegue, logró colarse en el vehículo: en un pequeño compartimento destinado a albergar el equipo alimentario; aunque, evidentemente, Mont desconocía esto.

Agazapado en un rincón, detrás de una caja grande de metal cromado como las otras, contuvo la respiración cuando la compuerta se cerró desde afuera, sumiéndolo en la más absoluta de las oscuridades.
Minutos después, y cuando ya el cielo de La Capital había regresado al estatus de tranquilidad relativa, el ruido de los propulsores del Orca invadió sus oídos al estar situado tan cerca; y sintió cómo aquella prodigiosa estructura metálica se desplazaba hacia arriba, despegando y volviéndose ligera como el vuelo curvo del caer de una pluma.
Mont supuso que el Incursor Infiel ya habría viajado a través de eso que los de la Casta del Aire llamaban disformidad a años luz de la posición ya no tan privilegiada del ya no tan pacífico y tranquilo Oi’Demlok o Cañón Brillante.

El silencio llegó poco después, cuando el Orca hubo abandonado la atmósfera delgada del planeta; y, tras sentir un hambre atroz incapaz de abrir una de esas descomunales cajas de alimentos, teniendo que aguantarse sin desesperarse, el sueño llamó a su puerta y él respondió a la llamada: ya iba siendo hora de que llegara a su fin el primero del resto de los días de su vida.

Mont nunca había salido de Oi’Demlok exceptuando el viaje a Pech o los viajes regulares a Vior’la (ahí al lado) para acudir a seminarios sobre electrónica y armamento… y en esos instantes navegaba por el infinito e insólito Cosmos como polizón en un navío diplomático camuflado que portaba al si no mayor sí más extraño de todos los Aun que dirigían, mediante la doctrina del Bien Supremo, los destinos del Imperio.

El sonido de otra puerta, la que daba a las cocinas, le despertó de súbito…

Continuará…

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