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1 de octubre de 2012

I. El prelado y la destrucción. Pt. 4.





Interior del Kass'l Elsy'eir Run


“Fio’ui Mon Mont’da era un montador de Armaduras cualquiera: vivía tranquilamente en Oi’Demlok, muy cerca de Vio’la dentro del Imperio Tau, hasta que llegó el misterioso Aun o Etéreo Elan Kor, perseguido según la imaginación de ‘Mont’ por los temibles Corsarios Rojos de los Marines Espaciales del Caos, que destruyeron La Capital – ciudad natal del veterano mecánico – en una incursión suicida antes de ser aniquilados por la Kor’vattra local… aunque una de las naves clase Infiel desplazadas allí logró escapar…
…ahora Mont se encuentra agazapado, durmiendo, en uno de los pequeños compartimentos de la bodega de una nave Orca preparada específicamente para el transporte de burócratas o diplomáticos; que cuenta con cocina y algunas dependencias especiales; donde también viaja ese tal Elan Kor. La insólita misión que se ha auto-impuesto el bueno de Mont no es otra que pedir explicaciones al prelado Etéreo acerca del ataque del Caos, saltándose de esa forma la férrea doctrina que afirma que todo individuo Tau o bajo dominio de su fuerte Imperio ha de someterse al Bien Supremo: un bien común que se halla por encima de las metas del ego. Pero su ira, aunque ni si quiera él sea capaz de percibirlo, ha ido en aumento conforme la idea de estar ante el Aun se ha formado en su mente…

…nadie, ni tan sólo él, sabe qué será capaz de hacer si logra su majadero objetivo… ¿está el prelado en peligro… o simplemente arrojarán al polizón ‘por la borda’ presintiendo su amenaza…?

Como el legendario O’Shovah, el insignificante montador de Armaduras, carente del influjo de la fe que manan los Aun, puede poner en peligro el actual Sistema de las Cosas que defiende la poderosa doctrina Tau…”

CP. I. PT. 4: EL POLIZÓN ASESINO.

El ruido de la otra puerta, la que daba a las cocinas, lo despertó de repente…
            El susto le obligó a dar un respingo y un breve y hueco tosido estuvo a punto de desvelar a quien fuera que había abierto su posición. Como ya se había convertido en costumbre, con un poco de ayuda de los hados, Mont se encontraba detrás de la última caja en secuencia desde la puerta. Aun así, la luz lo invadió todo llegando a herirle los ojos, somnolientos y pesados; desconociendo qué hora sería o cuántas de éstas habrían transcurrido desde que se hubo dormido tras abandonar Oi’Demlok.
            El sujeto, un miembro de la tripulación perteneciente a la delgada y de pálida piel Casta del Aire, activó la apertura de una de las cajas de metal cromado que guardaban los alimentos y se puso a buscar algo… Mont aprovechó para, con el mayor de los sigilos que le permitió el súbito y traumático – siempre es un trauma despertar para cualquier ser del Universo – despertar, acercarse sin ser detectado. Gracias a la luz pudo distinguir un objeto no metálico, una especie de cuña de esas que habían utilizado los muchachos para cargar la mercancía, y se hizo con él. Cuando el cocinero o quien fuera cogió lo que fuese que estaba buscando y se dio la vuelta, Mont aprovechó para lanzar con suma puntería la cuña y que la puerta no terminase de cerrarse. El cocinero no se dio cuenta. “¡Bien!”, se dijo Mont… “pero antes pegaré un bocado”.
            Mont abrió manualmente la caja que ya estaba abierta electrónicamente y se hizo con un buen trozo de ‘shupsi’ (una variante de pescado de río que los habitantes de La Capital solían sazonar con sal o enlatar en conserva con vinagreta y especias), que devoró con hambre de krootox y que le supo a gloria.
            Antes de entrar en la cocina echó un vistazo por la fina rendija que hubo quedado entre la puerta y el quicio. En esos momentos no había nadie a pesar de que la luz persistía encendida. Por lo tanto, se coló.

            Intuyó que no le sería fácil encontrar a Elan Kor así sin más; no obstante se armó de arrojo y valor y, aunque no sabía nada de cómo era un Orca por dentro pues era la primera vez que se subía en uno, cruzó las cocinas hasta hallarse en el corredor de estribor por lo que las dependencias de la nave quedaron a la derecha y la cabina de mandos al frente.

            Normalmente, los Kass’l u Orcas iban pilotados por un Kor’vre de la Casta del Aire y un par de tiradores de la Casta del Fuego que manipulaban el armamento del vehículo, y servían para el transporte de tropas, una media centena de guerreros sentados en la amplia bodega; pero el Kass’l en el que se hallaba Mont no era un Orca normal: pertenecía a un Clan conocido por pocos incluso dentro de los servicios de inteligencia Tau, el Clan Elsy’eir Run (los intelectuales del ocultismo podría ser una interpretación aceptable de su significado). Por eso quizá contaba con cocina y literas colgantes del techo de la bodega; además de un pequeño reservado para Elan Kor entre la cabina y la bodega… algo menor ésta por lo de la cocina y las literas, albergando unos diez puestos menos para los soldados que un Kass’l convencional. Así, el corredor tenía cuatro puertas: la trasera de la cocina de donde hubo salido Mont, la que daba a la bodega donde se encontrarían los cuarenta soldados que vio en el Juntas, la de la habitación del misterioso Aun, y la de la cabina o centro de mandos en proa. No había ojos de buey que conectaran visualmente las dependencias con el pasillo, a oscuras exceptuando la luz blanca que se colaba en él desde la cocina y, como Mont no sabía lo que nosotros acerca de la disposición del Kass’l Elsy’eir Run, no tenía ni idea de dónde pudiera hallarse su meta: Elan Kor. “Como aparezca uno de esos soldados, estoy perdido”, pensó y, movido más por el miedo que por la capacidad, pegó su espalda a la pared y trató de tranquilizar su respiración, agitada hasta ese momento debido a la tensión. “No puedo arriesgarme a abrir una de estas puertas…”, caviló y en ese mismo instante se abrió la segunda puerta: la del reservado del Aun. Mont contuvo la respiración e incluso sintió cómo se le detenía el palpitar… desde el claroscuro en el que estaba las palabras le llegaron nítidas y el miedo a ser descubierto aumentó.
- Sí señor, descuide… - dijo el cocinero, ataviado con el uniforme de labor adornado con un brazalete con la marca del clan en su hombro derecho.
- Los muchachos tendrán que cenar algo antes de llegar a la estación A-4. – Nunca había escuchado su voz, ni lo vio pronunciar aquella frase, pero Mont tuvo la convicción de que se trataba de Elan Kor.
- De acuerdo, prepararé el pescado con guarnición de verdura en seguida señor.
- Gracias.
            El cocinero, ensimismado empujando la camarera con los restos del aperitivo para el Etéreo y su escolta, no vio a Mont hasta que lo tuvo, irremediablemente para ambos, encima.
- Usted no debería estar… - dijo aquel de forma extrañamente calmada pese a la situación de hallarse frente a un polizonte.
- Lo siento. – Se disculpó Mont y, acto seguido, golpeó al otro haciéndole caer al pasillo enmoquetado dejándolo inconsciente. El golpe seco de la caída pareció no haber sido escuchado por “los muchachos” y Mont, a la desesperada sabiéndose descubierto tan pronto como uno de ellos saliera de la bodega, corrió hasta la dependencia del Aun.

            Con una velocidad inusual en un simple mecánico de la Casta de la Tierra entró en la habitación y, pillando a Elan Kor de espaldas a él y a su guardaespaldas sentado a un par de metros y a la izquierda en un cómodo sillón de piel, sacó el cuchillo sustraído minutos atrás en la cocina y acarició con su filo el cuello del Aun asiéndolo del brazo izquierdo, convirtiéndolo en el acto y sin que ninguno de los otros dos pudiera evitarlo en su rehén.
- ¿Cómo te atreves? – Preguntó el guardaespaldas incorporándose lentamente.
            A Mont le temblaba el pulso: estaba nerviosísimo y se sentía frenético… no cabía en sí y ni tan sólo sabía realmente por qué estaba llevando a cabo todo aquello.
- Tú has traído la destrucción a La Capital, ¡sois vosotros quienes habéis de dar explicaciones, no yo!
- ¡Eres un hereje! – Le gritó el escolta. No obstante, Elan Kor afirmó con la mayor de las serenidades, tanto que logró asustar a Mont:
- Cal’ka no grites por favor… nuestro amigo Mon Mont’da tiene razón.

            “¿Qué?”, los ojos de Mont se abrieron como platos y se le heló la sangre al oír aquello, “!¿cómo sabía su nombre Elan Kor?!”. No podía pensar con claridad y sentía cómo las fuerzas le fallaban; aun así sostuvo el filo del cuchillo pegado a la garganta del Aun…
- ¿Có… cómo sabe mi… mi nombre? – Balbució, mucho más temeroso que el impasible prelado Etéreo.
- Mont… - comenzó, y el tono de su voz rozó la extrema amabilidad - ¿te llaman de este modo tus amigos del polígono, no es así?
- Sí…
- Mont, no fui a Oi’Demlok para ver esa estúpida y aburrida demostración de fuerza en la Plaza Circular… - tomó aire, hizo una pausa corta pero intensa para añadir más siniestralidad a sus palabras, y prosiguió: - te estaba buscando a ti, Fio’ui Oi’Demlok Mon Mont’da.

            Mont bajó el brazo retirando el cuchillo. No entendía nada y ni si quiera se veía capaz de articular palabra. El cuchillo cayó sobre la moqueta granate y Mont sintió que le fallaban las piernas. SE sentó en el suelo, presa de un no sé qué que era incapaz de identificar, y con la mirada perdida y tal vez enfocada a un más allá que paradójico se hallaba en el más profundo de sus interiores sintió un frío vacío, abismal e imposible de llenar.

- Mont… - las palabras del Aun ahora parecían lejanas, retumbando en su cabeza como en el peor día de resaca de su juventud – tú no lo sabes aún, pero eres muy importante para mi oculto Clan… y por eso a ti he venido a buscar.
            Aquello no aclaraba nada. Mont sintió náuseas de repente y vomitó el ‘shupsi’ de antes…
            Cal’ka lo cogió en volandas y lo sentó en el mismo sillón donde el guardaespaldas estuvo.
- Di al cocinero que traiga algo fuerte cuando se recupere del golpe… tenemos mucho de qué hablar este Fio’ui y yo…
- Sí señor.
            Y la habitación, sin sentido y tan grande como la mayor de las nebulosas del Universo, no cesó de girar y girar… y girar y girar.

            Continuará en… CP.  II: EL BIEN SUPREMO ESTÁ EN TI.

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