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16 de octubre de 2012

II. El Bien Supremo está en ti. Pt. 4.


"Nuestra libertad es su condena". Principio Elsy'eir Run.



“Mont nunca creyó poder convertirse en un asesino durante sus jornadas de trabajo en los talleres de Oi’Demlok. Pero ahora, reclutado por el místico Elan Kor para uno de los clanes más ensombrecidos por el secretismo del Imperio Tau, los Elsy’eir Run, todo es diferente al trabajo como mecánico de la Casta de la Tierra. Por derecho, los supervivientes al “juego” subieron de rango en la Casta del Fuego para dejar de ser Shas’saal (reclutas) y pasar a ser Shas’la (soldados o guerreros). Nadie, excepto Elan Kor que lo supo en el momento gracias a su secreta fuente de poder, sabía que Mont había matado al Shas’ui en la jungla… y él, evidentemente, no se lo contó a nadie. Ni tan sólo a Doran, su único amigo entre el resto de soldados del clan.

Los soldados fueron de nuevo transportados, esta vez a la civilización del Continente Oeste del planeta donde los Elsy’eir (el clan original de ese mundo) gobernaban en todas sus ciudades menos en una: Run’al’Mon, situada ni más ni menos que bajo tierra, donde nadie podía certificar sin entrar allí su existencia. La Atalaya Negra había sido excavada por los primeros colonos Tau en el planeta hasta entonces deshabitado, éstos decidieron crear una ciudad subterránea antes de comenzar a construir las de la superficie puesto que Elsy’eir, por aquel entonces, se hallaba cercano a la “frontera” del Imperio y los ataques potenciales de Orkos y Tiránidso solían ser frecuentes en el Sistema; así, la ciudad-búnker serviría de guarida y bastión para el futuro despliegue primero de tropas y luego de ciudadanos en el planeta. Pero lo que fue prácticamente eso: un búnker, con el tiempo se transformó gracias a la excelente creatividad de los Elsy’eir en un complejo arquitectónico de belleza colosal. De hecho, en numerosas ocasiones y antes de que se le concediera a Elan Kor la potestad de La Atalaya Negra, se solicitó al Gobierno Central abrir la superficie y que la ciudad “viera la luz”; pero, como he apuntado, los planes del entonces Aun Elan Kor para con la ciudad eran muy diferentes, y consiguió su objetivo de crear su propio clan (el más pequeño en número de todo el Imperio) aparte del raíz: los Elsy’eir. Los arquitectos Elsy’eir Run, ya bajo las órdenes de Elan Kor, sustituyeron arcos de medio punto por ojivales, los capiteles florales y geométricos por figuras taumorfas del Inframundo Tau (una mitología conocida sólo por los Etéreos y los trabajadores más allegados a ellos), y las grandes estancias o ágoras por numerosos pasillos laberínticos con remates flamígeros de desmedida pero tétrica belleza. Convirtiendo de tal modo La Atalaya Negra en la ciudad oscura más macabra y gótica, por no decir la única, del Imperio Tau.
El grotesco Lar’shi atracó en un Juntas de la periferia de la ciudad que había sobre Run’al’Mon, y lo soldados y la totalidad del Clan (guardia personal; pilotos de aeronaves; mecánicos y electricistas; arquitectos y cronistas; y su pequeño pero siniestro ejército regular) anduvo los kilómetros que separaban el Juntas de la única entrada a la ciudad subterránea ante la desconfiada mirada de los ciudadanos y soldados Elsy’eir.

Un Retha distinto a todos los que Mont había visto incluso en fotografías, servía de entrada a Run’al’Mon… y estar en presencia de su preciosa e imponente fachada helaba la sangre en las venas… ¿podía existir una prueba más dura ue la supervivencia en la jungla? ¿A qué les obligarían a enfrentarse esta vez…?

CP. II. PT. 4: EL EJERCICIO DE LA MENTE.

En una calle estrecha, de asfalto terracota, los tres arcos ojivales se alzaban sobre columnas salomónicas hasta donde dolía la espalda para distinguir el friso… se adivinaba un rosetón gigante con el logotipo de Elsy’eir y dos alas de pájaro que, en un alto relieve imposible, se despegaban del muro pareciendo que el círculo fuera a echar a volar. La entrada carecía de puerta, y era una boca rectangular y ancha, entre las columnas centrales, que daba a la más remota oscuridad.
Elan Kor y Cal’ka subieron los siete escalones que separaban la acera del rellano de la marquesina donde estaban las columnas. Por rango el ejército del Clan se situó detrás, copando la calle e impidiendo el tráfico en una cola considerable de escuadras. El Etéreo y su lacayo entraron en el Retha y, por medio de un ingenio eléctrico habido tras uno de los frescos de la pared derecha (los frescos estaban separados por líneas de piedra, eran cuadrados y medianos y copaban toda la pared), encendieron las luces de lo que se iluminó como una diáfana estancia que acababa en unas escaleras hacia abajo. La luz era blanca pero, como los frescos estaban pintados en tonos ocres y naranjas, todo se veía como de tierra, de arcilla seca. A paso lento y decidido, como en una marcha militar ante las autoridades, el Clan se deslizó por ese pasillo ancho hasta ser engullido por el arco gótico central de la fachada por completo.
- Mira esos seres… son espantosos… - comentó Mont a Doran acerca de uno de tantos dibujos.
- Son jeroglíficos Aun; y en resumen representan el paso de esta vida al inhóspito y frío Reino de los Muertos: Y’korst’la an’es o An’korst’la… - Mont jamás había oído hablar de ese lugar.
Mont se quedó perplejo, admirando aquellas esculturas y pinturas que por un lado le abominaban y que por otro le transmitían ese respeto que sólo las grandes obras de los mejores artistas son capaces de infundir.

El grueso del clan, a excepción de una hueste de Shas’ui y Shas’vre que se quedó guardando la entrada en la columnata, descendió los escalones hasta llegar al primer sub-ágora. Allí, se dio la orden de que los antiguos comenzasen a acondicionar La Atalaya Negra para la estancia del clan las próximas jornadas(cada cual con su trabajo como buenos Tau); y a los nuevos Shas’la se les invitó a acompañar a Cal’ka y Elan Kor por un corredor que comenzaba ya en las entrañas de la tierra y que, por su longitud y el carácter rancio y viciado del aire, parecía adentrarse al mismo corazón del planeta. Los quinientos y pico que lograron pasar el primer “juego”, ahora debían enfrentarse al segundo y definitivo, para pasar a formar parte del Clan hasta su muerte, y afianzar su título de Shas’la como auténticos guerreros independientemente de su casta de procedencia.
- Shas’la de los Elsy’eir Run, - alzó su voz el propio Elan Kor cuando todos estuvieron en una sala abovedada, de gótico flamígero y pilares empotrados con esculturas del Inframundo, y se encendieron las luces blancas artificiales – este juego es más sencillo que el anterior – algo le dijo a Doran que Elan Kor mentía; sin embargo, se sonrió: - deberéis entrar ahí: es un laberinto, - indicó tres puertas arcadas que daban a tres fauces de la oscuridad – y salir por aquí, - se giró y apuntó a una única puerta a su espalda – nada más. En el laberinto no hay luz, y no iréis por grupos; pero tendréis esto: - Elan Kor entonces se buscó en los ropajes y sacó un ídolo de pequeñas dimensiones; una estatuilla de madera ennegrecida que representaba a un Gue’la (un humano) con alas de pájaro en la espalda – la bendición de la Reliquia, la representación física de la Paradoja.
Al pronunciar aquella última palabra, la Reliquia se iluminó por artes mágicas y un destello verde y gris salió de ella, como una onda, que los atravesó a todos, e iluminó sus almas. Ya eran Elsy’eir Run, pero no lo sabían todavía… debían pues encontrar su propia imagen de la paradoja en cada uno de sus individuales y particulares adentros.
- Id entonces y recordad: quien entra en el laberinto, y sólo busca la salida; no llega a comprender el laberinto, y jamás halla la salida. [Ortega y Gasset]

Y fueron. Y entraron. Y la sombra fue su padrino, y la oscuridad se alzó como su dueño.

Dec 3. Raik’ors 14.
- Doran… - dijo Mont a su kamarada; se habían cogido de la mano y no soltado para llegar juntos a la salida o a la perdición, - ¿sientes eso?
- Sí Mont…
- ¿Sentís lo mismo que yo? – Dijo una tercera voz, femenina y sensual aun con tildes de susto en el acento – Es la paradoja. – Afirmó la chica, haciendo tremolar la carne de todos cuanto la escucharon.
- Luz. – Dijo Mont, sin más. Y sus ojos se convirtieron en dos linternas.
- Luz. – Dijo la chica; y le ocurrió lo mismo.
- ¡Luz! ¡luz! ¡luz! – Allí estaban todos los que entraron, en un largo y serpenteante corredor sin puertas, con los ojos encendidos y mirándose los unos a los otros.
- Es increíble… - susurró la chica y, de repente, por unos altavoces que recorrían el pasillo, se escuchó la voz de Elan Kor decir:
- Los primeros: Mont, Doran y Anuk; avanzad delante del grupo… debéis todos seguirles hasta la próxima prueba.
- ¡Sí señor! – se alzó su voz en una sola. Los tres pioneros en la paradoja se sintieron abrumados. No obstante, seguían sintiendo aunque no lo expresaran, un poco de miedo.

Dec 7. Raik’ors 43.
El alarido de la bestia predijo su aparición. Allí estaba: imponente, en mitad de un tholoi circular enclaustrado, con una cúpula de aspecto mudéjar andalusí, un grifo de pelaje negro y grotescas dimensiones que, nada más entrar los primeros Tau de ojos prendidos, les lanzó de su pico de águila una gran bola de fuego.
- ¡Aaaaaaaaaaaagh! – Gritó aterrorizado uno de los que recibieron el ígneo impacto. El resto se le quedó mirando: su cuerpo estaba en llamas, y agitaba los brazos presa del inconcebible dolor causado por éstas.
Doran dio un paso al frente: algo no le encajaba en esa escena. Fue al chico y le tocó: no quemaba. De hecho estaba frío como todo ese inhóspito lugar.
- El fuego es una ilusión. – Dijo a los otros mientras el quemado seguía aullando. – No te estás quemando en realidad.
Éste respiró profundamente y trató de tranquilizarse ante la expectación del grupo. Cuando lo hizo, el fuego desapareció y comprobaron que no tenía ninguna herida, y que su ropa permanecía intacta.
- La paradoja se basa en el poder de la mente, del control de la misma: todo es una ilusión… incluso ese grifo. – Aseguró Mont, y en ese instante el grifo desapareció.
- El Bien Supremo, - comenzó Anuk – basa su control en el poder silencioso que los Aun ejercen sobre el resto de Castas… el Bien Supremo no es más que una gran ilusión a través de la cual los Tau nos quedamos paralizados, absortos, para que ellos puedan hacer de nosotros lo que deseen, aunque el objetivo de ese control sea beneficiosos y nos salvara de la extinción durante el Mont’au.
Doran asentía… así era.
- Y la paradoja aplica ese conocimiento, esa ilusión, para controlar cualquier cosa, para crear cualquier cosa que ayude a quien la usa a superar al enemigo o un obstáculo: como la luz en nuestros ojos o ese grifo. – Sentenció el exdiplomático.
- Entonces… - dijo Mont sonriendo – podemos hacer cualquier cosa, hacer creer cualquier cosa a quien desconoce la existencia de la paradoja y pueda ser influido por ella.
- ¡Así es! – Dijo la voz de Elan Kor en los altavoces. - ¡Salid del laberinto: ya sois auténticos miembros del Clan!

Cuando salieron, el mismo Cal’ka llevó aparte al trío formado por Anuk, Doran y Mont… ellos serían Shas’ui por haber demostrado sus cualidades especiales y el resto serían Shas’la.
- El poder de la paradoja está en vosotros, pero no está activado de forma permanente… - informaron a todos los nuevos – se activó cuando la Reliquia os bendijo, pero se desactivó cuando salisteis del laberinto. Sólo en presencia de la Reliquia podréis manifestar el poder de la paradoja que hay en vosotros; entretanto, os formaremos para que seáis fuertes de cuerpo y mente… pues mientras los otros Tau huyen del combate cuerpo a cuerpo, los Elsy’eir Run lo concebimos como una de las mayores virtudes.

Ese mismo día, los muchachos se incorporaron al trabajo cotidiano del Clan en La Atalaya Negra. Y a Mont se le olvidó Oi’Demlok y sus preguntas anti-políticas. Una leyenda había dado comienzo… y sólo faltaba poner a prueba su certeza.
Y esa prueba, ese test, llegaría con la noticia de que se convocaba a los clanes de todo el Imperio a luchar contra una vieja amenaza…

Continuará en… CP.III: ¡MALDITOS TIRÁNIDOS!

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