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20 de octubre de 2012

III. ¡Malditos Tiránidos!. Pt. 1

Anuk

“Los días en La Atalaya Negra transcurrían de un modo diferente para los Elsy’eir Run que para el resto de seres mortales afuera, en al inmensidad de la Galaxia. Cuando se apagaban las luces, después de una dura jornada de ejercitación en las artes marciales que sólo los miembros de este místico Clan conocían, los magullados y cansados cuerpos de los Shas’la y nuestros tres protagonistas Shas’ui, se tendían en la gran nave dispuesta con decenas de hileras de literas para tratar de descansar cuanto más le permitiera el poco tiempo de sueño que sus instructores decidían, siempre diferente para cada día; para que no se acostumbrasen a la pasividad, y mantenerles en tensión constante.
Para Mont, Doran y Anuk el entrenamiento comenzó igual que para los demás del grupo de supervivientes. Pero poco después empezaron a tener “clases” diferentes puesto que, en la batalla real, deberían dirigir a las centurias que estuviesen bajo su mando y serían responsabilidad suya. Las jornadas juntos, la complicidad, el buen rollo que nació entre los tres; apoyado esto por Elan Kor y sus secretos planes; hizo aflorar pronto sentimientos que, si bien muchas veces los Tau tenían en un segundo plano por lo de la clasificación innata por Castas, sin el influjo del Bien Supremo en sus corazones los Shas’la del Clan daban rienda suelta a su desarrollo…

…el ego, el Monat que todo Tau lleva dentro, y que el poder de los Aun minimizaba en pro de la consecución del Tau’va (el Bien Supremo), salía a la superficie en cuanto el influjo desaparecía – todos recordamos al mítico O’Shovah y sus campañas propias, como un auténtico guerrero, cuando se “independizó” de la influencia de los Etéreos -; y son parte de ese ego no sólo las metas o la ambición, sino los sentimientos más instintivos y primarios.”

CP.III.PT.1: TRES DE ESPADAS, El triunvirato.

La lucha con espadas, o Mont’nan, era un arte que muy pocos guerreros de la Casta del Fuego dominaban o, simplemente, conocían. Pero a Elan Kor le parecía un arte exquisito y, desde que fundó su propio Clan, invirtió muchos esfuerzos en nombrar maestros de este tipo de combate que, como todo el mundo sabe, los Tau suelen evitar en el campo de batalla.
Aquella tarde (los muchachos sabían que era por la tarde debido a los relojes únicamente, porque no salían para nada de la ciudad subterránea, ya que esto sólo lo hacían los proveedores de alimento del clan), los guerreros tanto nuevos como antiguos se ejercitaban en lo que podía denominarse ‘dojo’, en una de las ágoras grandes de la ciudad, cuadrangular y enclaustrada con tres plantas de balcones alrededor, rematada por un techo llano con plafones blancos y rojos y sin ornamentar. Elan Kor había llamado aparte a Mont; Doran y Anuk luchaban con sus espadas imitando los movimientos del Maestro abajo; en el balcón largo del segundo piso – la baranda de piedra gris y pulida servía de apoyo al Aun, que sostenía una bebida refrescante y dio otra igual al recién nombrado Shas’ui.
- Llegará un momento en que se lo tendrás que decir… - comentó el Aun como si con él no fuera la cosa.
- Creo que Doran también se ha enamorado de ella. – Dijo Mont y dio un largo sorbo a la lata fría.
- Pero ella ya te ha elegido, ¿no es así?
Mont asintió con el mentón mirándola, sin girarse a Elan Kor.
- No he hallado el momento…
- Cuanto antes, mejor. Te lo aseguro Mont… este tipo de asuntos hay que zanjarlos pronto… de no ser así, todo se complica.
Mont asintió de nuevo. Allí abajo, Doran y Anuk reían porque ella había logrado derribarle y él ahora estaba sentado en el suelo, vencido. El ejercicio se efectuaba con espadas de madera con el mismo peso y longitud que las que emplearían en la guerra real.
- Hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo… - dijo Mont sin apartar la mirada de sus buenos amigos. No tenía miedo de tutear a Elan Kor y, de hecho, era el único que se atrevía a hacerlo de los Elsy’eir Run; no obstante, el Aun nunca le corrigió tal temeridad. - ¿Cómo me encontraste?
Sin sorprenderse, Elan Kor sonrió. Guardó silencio y apuró la bebida. Tras lanzar al aire del ‘dojo’ un leve suspiro, respondió:
- Ya no te afecta, ¿verdad?
- No… - Mont se giró hacia el Etéreo, que parecía divertido con el nuevo tema de conversación – no tienes ningún poder sobre mí.
- Lo suponía… - sonrió ampliamente. – Eres especial hijo… el más especial… fue la Reliquia, no yo, quien te encontró. Sirve de “localizador” de potenciales… me muestra quién tienen el monat sobreelevado, a quien el Bien Supremo de los Aun no le viene ni le va, como tú y todos ellos… - Ahora los dos miraban a los muchachos, que seguían practicando.
- ¿Soy un problema para ti?
- En absoluto. – Elan Kor cambió el tono por uno totalmente serio. – Te he estado esperando mucho tiempo Mont… pero no te conviene saber todavía por qué… y recuerda: - lo dijo sin mirarle directamente – que seas especial no significa que seas imprescindible. Todos, incluso yo, somos imprescindibles para la Paradoja.
- Pero, ¿qué es la Paradoja realmente?
- El Bien Supremo pero al revés… Como sabrás, todos nosotros captamos los olores a través de nuestro cristal frontal; - Mont asintió, resultaba evidente - pues bien, en el caso de los Aun, el cristal también emite feromonas muy potentes, por eso es más grande que el del resto de Castas, unidas al ideal de Tau’va que es la doctrina general de la fe Tau, estas feromonas “convencen” a la gente de seguir el Tau’va hasta el extremo; y por ello cuando los Tau más poderosos o inteligentes se encuentran fuera del alcance de nuestras feromonas, se descontrolan y el monat primario aparece. La Paradoja es, en esencia, lograr que la ilusión suma de lo químico y lo cultural se desvincule de lo primero por vía del ejercicio y la responsabilidad… la Paradoja es la capacidad de manipulación que todo Tau posee de manera innata pero que el Tau’va, arraigado en su ser de manera casi genética, le anula o mutila. El Bien Supremo es la mutilación del espíritu; la Paradoja es, como el extremo opuesto, la sobreexpresión del mismo. – Elan Kor volvió a suspirar y sonrió – Pero no se lo digas a nadie.
Mont también sonrió.
- Entiendo.
Elan Kor dio unas palmaditas en la espalda a Mont y, caminando ya hacia las entrañas infinitas de La Atalaya Negra, aconsejó terminando así la sustancial conversación:
- Díselo Mont, díselo.

Después de cenar, aquellos que no acababan rendidos por el trabajo tanto en el gimnasio como en los entrenamientos de mentalismo, solían acudir a lo que todo el mundo conocía como El Relajador. Se trataba de una sala abovedada de medio punto, alargada, donde los Elsy’eir Run, se dedicaban a charlar entre ellos, tomar copas y evadirse de la dura realidad que era su rutina militar en La Atalaya Negra.
- Doran tío, ¿qué haces? – Preguntó Mont a su mejor amigo: éste lanzaba humo de su boca sosteniendo un cilindro de papel entre sus dedos.
- Se llama tabaco: lo inventaron los Gue’la, ¿quieres probar?
Mont dio una calada al cigarrillo y tosió de inmediato. Dos lagrimones le llenaron los párpados y deslizaron por sus mejillas.
- ¡Es asqueroso!
- Jeje… sí, sí lo es. – Cuando Mont dejó de toser, bebiendo agua, Doran siguió impidiéndole hablar: - Sé lo que me vas a contar Mont… Anuk ya me lo ha dicho.
- Ya veo… - Mont no sabía qué decir: aquello era novedoso para todos. – Y… ¿cómo estás?
- Bien… me lo esperaba, la verdad. Je… - le cogió del hombro y dio una larga calada – eres todo lo que un Tau quisiera o debiera ser… es imposible luchar contra eso…
- No creas…
- Sólo me gustaría decirte algo, quiero que lo tengas muy presente: cuídala mucho, ella se merece lo mejor y aunque estoy convenido de que lo mejor eres tú Mont, si algún día la cagas… le haces daño o algo así… te juro que me vengaré por los dos. – Lo dijo tan serio que parecía mentira. Pero Mont supo que, de darse esa posibilidad, Doran sería capaz incluso de matarle y amarla por él y por Mont.
Éste asintió sin añadir nada más. Mont lanzó el cigarrillo al suelo y lo chafó con el pie. Sin despedirse, se fue a dormir… en ese instante, apareció Anuk, quien sonriente abrazó a Mont y besó en los labios.
- ¿Hablaste con Doran? – Preguntó un rato después, cuando ambos se retiraban a dormir: en pocas horas debían estar a punto para otro día de entrenamiento.
- Sí… - Anuk se quedó mirando al suelo mientras caminaban a paso lento – debía decírselo… y a sabes cómo son estas cosas…
- La verdad es que no lo sé… pero un buen amigo me ha aconsejado que cuanto antes se solucionan estos asuntos, mejor.
- Y tiene razón.
- Bah… cambiando de tema…
- Dime.
- ¿Has sentido algún cambio en la Paradoja? Me refiero a…
- Supongo que hablas de la influencia de Elan Kor…. Se está debilitando.
- Sí… me pregunto si sólo sería en nosotros, en Doran tú y yo, o en todos los Elsy’eir Run.
- No sé; algo me dice que es únicamente en nosotros tres. Doran está sacando su verdadero yo de una forma fascinante… y yo… bueno, después de todo lo que nos han enseñado sobre genética y reproducción social, nos hemos enamorado… tal vez sólo los Elsy’eir Run tengamos esa capacidad. – Mont asintió.
- Es todo tan nuevo, ¿no es así? – Ya habían llegado a al nave de las literas. - ¿Duermes conmigo?
Anuk asintió sonriente. Se arrebujaron semidesnudos bajo la pesada manta. Allí abajo, en La Atalaya Negra, hacía muchísimo frío. Anuk comenzó a dibujar circulitos en el pecho azul y gris oscuro de Mont, que se relajó hasta unos extremos que desconocía hasta entonces.

Los instintos primarios de los Tau habían sido extirpados de su  sociedad por la doctrina Aun desde el fin del Mont’au. Ellos, los Etéreos y su ideal de Bien Supremo, habían fijado como ley para el Imperio la selección genética para controlar el nacimiento de sus ciudadanos. Utilizaban la reproducción como un método racional de regulación y equilibrado de las Castas, preseleccionando cadenas de ADN y tipos genéticos para cada una de ellas… y los Tau habían olvidado, siempre influidos por esas feromonas producidas por los cristales de la frente de los Aun de las que hablaba Elan Kor, incluso cómo se hacía el amor… eran mamíferos por muy pre-clasificada que estuviera su raza, y no podían evitar, exentos de ese influjo filosófico-químico, que aflorara su instinto de reproducción natural a l que solía, en el pasado, llamarse amor.
Mont y Anuk todavía no sabían qué hacía una pareja cuando la noche los descubría solos en un lecho común… pero no tardarían mucho en hacerlo…

Mientras tanto, Elan Kor, a solas en sus aposentos reales a pesar de ser un simple prelado, susurra oraciones inaudibles e incomprensibles al altar donde descansa la Reliquia. Sólo él sabe cómo funciona exactamente ese objeto arcano de los Gue’la; sólo él sabe por qué Eleazar Bocanegra quiere hacerse con ella; sólo él tiene el suficiente poder y está lo suficiente loco como para utilizarla en sus desconocidos planes…
…y al terminar sus oraciones, sus ojos e ponen en blanco y suelta varias carcajadas violentas; presa de la locura más siniestra.

Al día siguiente, los muchachos reciben la noticia: el Imperio está siendo atacado por un enjambre de tiránidos; y la Jerusía Aun o Gobierno Central exige que los Elsy’eir Run vayan con el resto de clanes a la guerra…
¿Están verdaderamente preparados los novatos Shas’ui del Clan para dirigir sus centurias en plena batalla…?
Sabiendo que los Tau utilizan la misma palabra [Y’he] para Tiránido que para fin y muerte… ¿será una batalla más en el camino del Clan y del Imperio… o supondrá un reto real que anotar con letras de gloria, o frasee de vergüenza, en los anales de esta singular y orgullosa raza?
Doran
Sólo el Destino puede responder esta pregunta…

Continuará…

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