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30 de enero de 2013

CP.II. La sabiduría de los Eldar. Pt.1.



En Runtau’An están de fiesta: el Hijo de Mont y Anuk ha nacido. El Triunvirato, el Tak’Aunel’es tiene por fin un Heredero… han presentado al niño en un día declarado festivo en el Sistema, en uno de los lujosos balcones del Alcázar que da al enorme patio que les sirve de ágora. Han jaleado su nombre: Montanuk, el pájaro negro… han escrito versos al príncipe, al Zaro del próspero reino Run’Tau… pero hay alguien que no sonríe… no al menos cuando, en la soledad de sus reales aposentos, piensa en ese crío que apenas pesa dos kilos y medio y mide cuarenta y cinco centímetros de los pies a la cabeza, ese mocoso azul, puede eclipsar sus planes. Doran no ha encontrado varona… ¿quién se atrevería, conociendo el inmenso poder oscuro y mágico de un Tal’Aunel, si quiera a mirarle a los ojos sosteniéndole la mirada? Sabe que lo nombrarán heredero de todo bajo el Shas’ka… y él, él se quedará solo. Apartado en un rincón… hablando con el silencio... ahondando en su pesar… extendiendo afuera y adentro su triste y nihilista oscuridad. Desolado…
Elan Kor no lo sabía… de hecho ni el Chamán Zabio ni Dubois, el perfumista que lo vació en el Tak’Ores… pero el Run’Or, la Paradoja enemiga del Bien Supremo, es demasiado poderosa, egoísta y retorcida… al menos lo es para Doran, quien está empezando a experimentar la locura de Elan Kor (cuando el fallecido Guía reía a carcajadas ante su altar, ido… poseído por las sombras), pero Doran es más fuerte que Elan Kor… y el Run’Or lo sabe: no le dejará escapar… tiene el pretexto perfecto para hacerse sentir como nunca antes. Ni tan sólo Mont, el Dark Tau más poderoso de todos los tiempos, podrá jamás sentir la desolación runoresca que Doran padece… él está casado, y es feliz con Anuk y el pequeño y frágil heredero… hay todavía pues luz en su Destino. Para Doran, en cambio y de esta forma, todo está perdido: sólo habita la oscuridad en su sombrío corazón… y el Run’Or hirviente en su sistema ferógeno bulle de ansias por salir, desatarse, y arrasar todo cuanto le rodee…
Ahora Doran ríe; pero ya no es Doran; es el Run’Or quien ríe por él. Alimentando su paranoia, fortaleciendo su enajenación…
Lo sé porque lo he visto, y también soy consciente de que al escribir esta Crónica, la quinta, ponga en serio peligro mi vida. Que por perdida ya la di…”

CP.2.PT.1. EL CÓNSUL ELDAR.

En el espléndido crucero que vino de un punto inexacto entre aquí y la disformidad había más soldados que la suma de toda la población de Men’Nars’ya y Airon’T’ros. Mont tuvo un sueño la noche anterior que le predijo y advirtió de su llegada; y se levantó con paz en el corazón: algo en su interior le dijo desde el amanecer que los Eldar venían en son de paz… pero, ¿para qué?
El crucero “estacionó” en la órbita gravitacional del pequeño planeta verde Run’Tau: era gigantesco a los ojos de unos militares que ya se habían acostumbrado a la rutina laboriosa de un mundo sin guerras… por el momento. Como el cónsul sabía que los dirigentes, a quienes todavía no conocía, del nuevo Sistema habitado no osarían ataque o traición alguna ante tal representación de potencia bélica con su llegada; descendió al Juntas de Runtau’An en una nave pequeña, acompañando únicamente por su séquito diplomático y uno de los comandos de infantería de élite asignados para su protección. La mayor parte de los guerreros Run’Tau no habían visto un Eldar en persona a excepción de los que pertenecieran a la Casta del Aire; y no todos. Por lo que los altísimos visitantes crearon maravilla y expectación entre todos los militares y obreros que los vieron… los Tri’Eldii, con el pequeño Montanuk gorgojeando en los brazos de su madre, les aguardaron en el ágora mientras Cal’ka y sus hombres los escoltaron desde la nave. El encuentro fue sobrio, silencioso y… repleto de propaganda política: los pendones colgados; las tropas erguidas mirando a un frente abstracto; las armas en alto sobre sus hombros; y la orquesta del Ejército interpretando el nuevo himno que los Man’O’Guar habían compuesto para gloria y honra del poderoso Triunvirato.
- Bienvenidos a Men’Nars’ya. – Se adelantó Doran ante la severa mirada de Mont, que no aprobó ese “adelantamiento”…
Como los Eldar llevaban; al menos los diplomáticos; auriculares auto-traductores, se entendieron desde la primera palabra.
- Gracias… - la voz del Cónsul sonó electrónica a través de ese aparato vocal.
- Somos los Tri’Eldii, - esta vez atajó Mont y Doran calló automáticamente, - reyes de este planeta…
- Lo que desconozco son sus nombres, majestades. – Dijo el Eldar.
- Yo soy Mont; él es Doran; y ella Anuk… - señaló a sus dos compañeros, él estaba en el centro y los otros a izquierda y derecha respectivamente.
- ¿Y el pequeño…? – Se interesó.
- Montanuk, mi hijo… - Respondió Anuk, y se lo mostró.
El Eldar sonrió ampliamente. El niño emitió una risotada y, al instante, Doran sugirió:
- ¿Por qué no entramos…? Deben estar cansados por el viaje.
- De acuerdo. – Contestó el Cónsul complaciente; y entraron en el Alcázar, rumbo al salón de actos en la planta baja, para que todos cupieran. No obstante, y sin orden de por medio, los soldados Eldar aguardaron afuera.

Una vez se sentaron, comenzó la extraña conversación con la siguiente pregunta de Doran:
- Nosotros nos hemos presentado; no obstante, usted no nos ha dicho de qué… Senda es, a qué Casta Eldar pertenece. – En efecto Doran era el único allí que conocía la separación social por Sendas de los Eldars.
El Cónsul sonrió, y se presentó. Su forma de actuar y expresarse era magnífica, casi musical:
- Mi nombre es Baal-hemot, Vidente de la Senda de los Profetas Guerreros. Y quienes me acompañan son mi cohorte personal.
- Si me permite una pregunta, - dijo entonces Anuk, siendo más educada de lo que fue Doran por respeto a sus extraños invitados - ¿cómo se llaman ustedes?
- Somos Eldar…
Anuk sonrió y añadió sin tapujos:
- Se parece a nuestro término Eldi, que quiere decir Alado.
- Tal vez, como todo está conectado en el Universo, - arguyó Mont cogiendo de la mano a su esposa, sentada junto a él; pues el pequeño Montanuk retozaba en un canasto con mantas a sus pies – tenga algo que ver… si no les importa, nosotros les llamaremos Gue’lava, pues son extranjeros para los Run’Tau, y más altos y mayores que los Gue’la, los Humanos.
- Me parece bien. – Consintió Baal-hemot, quien prosiguió dando por finalizadas las formalidades: - Como acabo de descubrir, soy uno de los representantes de la Senda de los Profetas Guerreros, mis antepasados fueron quienes escribieron la Profecía que hablaba de al gran escisión T’au de la cual habría de surgir una nueva Civilización en la Galaxia: los Dark Tau, o Run’Tau, como se han auto-denominado ustedes en J’Ro’Tau’kor… quienes la escribieron, no sabían cuándo se daría, pero sí advirtieron a la nuevas generaciones de estudiosos proféticos para que estuviéramos atentos: es importante para nosotros el hecho de que ustedes hayan… - pareció buscar la palabra más adecuada antes de decir sin más: - traicionado a los Etéreos y la doctrina del Bien Supremo.
En ese momento dejó de hablar; nadie sabrá jamás si adrede; y los Tri’Eldii fueron conscientes de la alta magnitud de aquella visita, además del sentimiento de profundo respeto que el Vidente les infundía con su sola presencia. No había duda de que esos seres altísimos (comparados con un T’au, que suele ser incluso más bajito que un humano estándar) y delgados poseían una especie de aura, de burbuja que los mantenía distantes al tiempo que los colmaba de elocuente belleza, que los hacía míticos, extravagantes y… poderosos.
- ¿Han venido desde tan lejos… sólo para decirnos que sabían que íbamos a comenzar de cero tras un cisma con el Imperio T’au? – Inquirió Doran. Tanto a Anuk como a Mont les estaba empezando a molestar que su compañero, el tercer rey, no mostrase el respeto y la educación que un diplomático como Baal-hemot parecía merecerse.
Baal-hemot, en cambio y con exquisitez dialéctica, respondió:
- No, no al menos sólo por eso. – Hizo hincapié en la pronunciación electrónica del adverbio. – También quería ver en persona a los poseedores del… ¿cómo le llaman? ¿Run’Or?
Mont pegó su espalda en el mullido y cómodo respaldo de su sillón al escuchar aquel término por parte del Gue’lava. Anuk contuvo un instante, lo justo para que los Eldars lo notaran, la respiración. Y Doran sonrió ampliamente… era ya evidente que los primeros síntomas de enajenación afloraban sin ningún control en el ex diplomático de la Casta del Agua.
- No se asusten. – Prosiguió Baal-hemot sonriendo. – Sentimos una conmoción en la Galaxia cuando Elan Kor falleció y el Tak’Ores cmabió de dueño. – En ese momento clavó su mirada en la de Mont, quien se resistió a apartarla fingiendo no estar asustado. – Sé que han vaciado el Tak’Ores en sus propios espíritus; y que incluso han derrotado a ese déspota corrupto de Bocanegra… lo he visto todo en mis sueños: les vuelvo a recordar mi condición, para bien o para mal, de Profeta. Les aseguro que no deseo el Tak’Ores para mí; ni el Run’Or que todavía permanece dentro del ídolo… sería demasiado peligroso para la Armonía Cósmica que un Eldar se hiciese con semejante poder… simplemente, lo que mis compañeros de la Senda y yo deseamos es saber que ustedes lo tienen a buen recaudo, y que son realmente capaces de protegerlo de… - otra de esas pausas estudiadas al milímetro para culminar: - indeseables.

Los Tri’Eldii se miraron entre sí ante el silencio del Eldar. Montanuk comenzó a llorar en ese instante, y la reina se agachó para cogerlo y mecerlo en sus maternales brazos. Si alguno sabía qué decir o cómo mostrarse, no lo expresó. Fue como si unas nubes borrascosas se cernieran de golpe y por completo tapando un cielo azul, volviéndolo verde y gris.
Sin contar con nada más que su intuición, Mont actuó: extendió su mano derecha hacia Baal-hemot y la abrió separando al máximo sus cuatro dedos. El Vidente le dejó hacer: sabía que debía ganarse su confianza si quería sacar algo en claro de su viaje a Men’Nars’ya, hogar de los poseedores del Run’Or. Mont creó la ilusión del ídolo entre los dos: así podría comprobar las reacciones físicas de los visitantes, sabiendo si, teniendo el Tak’Ores delante, tratarían de robarlo, se pondrían nerviosos, o no pasaría nada y estaba aquél diciendo la verdad. Para ello, al tiempo que el ídolo conjurado apareció como si en verdad estuviera allí; Mont abrió su cristal ferógeno para “oler” las sensaciones de Baal-hemot y los miembros de su cohorte. Minutos después, y ante la impasiblidad de los Eldars, afirmó:
- Vengan, - se puso en pie e hizo un gesto de aprobación a los guerreros Run’Tau apostados en las puertas, - podrán ver dónde guardamos el Tak’Ores, y así se asegurarán de que no le será fácil a nadie sacarlo de este planeta… ni si quiera de este Alcázar.

Baal-hemot se levantó de su sillón. Doran y Anuk con el niño en brazos también. Y un equipo de guerreros les acompañó a la puerta que daba a las escaleras que bajaban a las entrañas de Men’Nars’ya… los Guardianes de la Reliquia serían avisados en este instante…

¿Era buena idea permitir que ese distante y enigmático Eldar tuviera la Reliquia al alcance de la mano? Había un crucero repleto de guerreros extranjeros en la órbita del planeta… ¿atacarían Runtau’An, reduciéndola a cenizas, cuando la Reliquia fuera suya…? ¿O Baal-hemot decía al verdad, sin haber trucado las reacciones de su cuerpo ante la ilusión de Mont, y estaba allí como el potencial aliado del Nuevo Orden?

Continuará…

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