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7 de febrero de 2013

II. La sabiduría de los Eldar. Pt. 2


Legionario con uniforme híbrido



“Mont acaba de dejarme de nuevo a solas en mi celda-dormitorio: quiere que narre cómo ha sido el encuentro con los Gue-lava, Eldars gigantes, y todo lo que su emisario: Baal-hemot, el Vidente de la Senda de los Profetas Guerreros, nos ha dicho y advertido acerca del peligro inminente de un ataque por parte de los Run’Eldari, o Eldars Oscuros…
…ah, por cierto, también me ha aclarado que, de no haber un cambio radical en su forma de pensar y en la de Mi Señora Anuk, confiarán a un servidor la educación del retoño Montanuk… a lo que he accedido de muy buen gusto. Es lo primero que me ha pedido formalmente y no ordenado sin más. Aun añado: es todo un honor convertirme en el mentor cultural del Zaro de Men’Nars’ya y los Run’Tau… creo que le pudo servir de ayuda si mis sospechas sobre la salud mental de Doran no son infundadas…”

CP.2.PT.2. LOS GUARDIANES ELDAR.

A la cámara sólo accedieron los miembros del Triunvirato y Baal-hemot; el resto de la comitiva Eldar hubo de esperar en el salón de la Guardia, donde los vestales Guardianes de la Reliquia pasaban la mayor parte de su tiempo repitiendo versos sálmicos y entrenando katas de montnan.
En un altar de piedra sin labrar, la Reliquia, el Tak’Ores, imperaba la angosta y claustrofóbica estancia excavada en la tierra húmeda del planeta verde. Baal-hemot se acercó más al ídolo, e instintivamente los otros tres (Montanuk se había quedado con S’anti el D’iaz en su celda) llevaron sus manos a la empuñadura de sus rápidas y letales espadas todavía en sus vainas.
- Aquí estás. – Dijo en voz alta. – Ojala nunca te encuentren quienes te buscan. – Se dio la vuelta tras estar unos largos minutos en silencio contemplando el angelillo de madera negruzca, y dijo: - Ahora que nadie más nos escucha, les avisaré de lo que vendrá… del Peligro del Norte. – Su voz, electrónica por el auto-traductor que llevaba en su boca desde que pisó la arenisca de Men’Nars’ya por vez primera, quiso convertirse en lo más parecido a un susurro. – Los Dark Eldar también saben que han logrado separarse del Imperio Tau, convirtiéndose en Apóstatas del Bien Supremo, y creen que, por este motivo, por haberse auto-denominado Dark Tau, sus ideales son afines o al menos parecidos… pero no se equivoquen: los Dark Eldar fueron un día en el pasado ancestral como cualquiera de nosotros (se refería a los Eldars blancos), pero nuestra capacidad de sentir de forma extrema los devenires metabiológicos y morales del Universo y sus formas de vida nos puede traicionar en cualquier momento; y eso fue lo que les pasó a los primeros de ellos… son extremistas del sentimiento. Y detestan que otros se lo hagan ver, presas de su propia carencia de auto-control y dominio de las emociones. Por lo que cuando vengan; que vendrán pues lo he visto; dirán que son hermanos de los Run’Tau, y eso parecerán al principio… pero luego, los Run’Tau acabarán como todos quienes, por ignorancia o por bondad, han sucumbido a sus oscuros encantos: esclavizados bajo su manera de comprender el mundo. Por eso he venido: para advertirles del Peligro del Norte; para que sepan que son su enemigo, y en cambio, la Senda de los Profetas Guerreros desea ser su amigo… - otra de esas mágicas pausas que hacían magistrales sus discursos y: - por ello quiero que acepten que una guarnición de mis mejores guerreros, a quienes se les conoce como Guardianes y Guardianes Espectrales, se quede en Men’Nars’ya y les ayude contra el enemigo común y a proteger este mega-poderoso y adorado ídolo.

El crucero Eldar y Baal-hemot abandonaron pues, al alba siguiente, Shaska’nou. Y en su lugar se quedaron mil Eldars. Quinientos servidores de la Senda de los Profetas Guerreros, y otros quinientos de la Senda del Guerrero troncal: los auténticos militares del imponente Ejército de este místico y temido Imperio de piel pálida, orejas puntiagudas y gráciles movimientos.
Los dos Comandantes, uno por Senda, se llamaban Baal-Asterot y Lucero. A cual de ellos más valiente, sabio y mejor guerrero.

Como no podían quedarse todos en Runtau’An, unos fueron designados a la protección del Alcázar codo con codo junto a los Run’Tau del Ejército Regular y los Kalaveraz Rojiblankaz; y la mayoría, transportados en sus propios Cazadores de Sombras adaptados, se apresuraron en empezar a construir una ciudad mestiza… el lugar elegido por el mismo Baal-Asterot fue, para sorpresa de Mont quien le acompañó personalmente para tal fin, una extensa marisma de agua salitre.
- Nuestros guerreros, - arguyó el Comandante Eldar en un J’Ro’Tau’kor de acento extraño, frágil – también pueden ser hábiles obreros… - “ese orgullo”, pensó Mont a pesar del respeto que aquella raza le suscitaba, “puede ser un problema, viejo…”, aunque se lo calló por prudencia. - ¡Serkon! – Avisó pues a un subordinado cuando ya los pies de todos se habían hundido en el fondo de sal, - ¡qué comiencen las obras de inmediato!
Era cierto al menos: aquellos tipos se entregaban a la entera perfección en cada cosa que se proponían hacer. En aquel caso, una ciudad flotante (con vigas y pilares de madera a cierta altura) sobre el Por’He de marismas y salinas.

Bajo el vuelo incesante de los nuevos centinelas de la atmósfera de Men’Nars’ya: los Cazadores de Sombras Eldar, una conversación inédita hasta ese momento se daba en el Alcázar. Sin súbditos ni cronista; sin soldados cotillas ni ventanas indiscretas abiertas; solos Mont y Doran, cara a cara, por las ilusiones perdidas…
- …no sé qué te está pasando… - hablaba Mont, paseándose sin esconder su nerviosismo rozando el enojo de un lado a otro de la habitación; Doran, entretanto, le escuchaba con desdén en el gesto sentado en un sillón meneando una copa de licor de algas – pero últimamente te comportas de forma extraña… - se detuvo y, comprobando que el otro parecía no prestarle la necesaria atención, espetó alzando la voz: - ¡Doran maldita sea! ¡Escúchame!
- ¿Por qué? – Dijo entonces Doran, mudando su gesto en uno de enfado. - ¿Por qué tengo que comportarme de este u otro modo? ¿Quién eres tú para gobernar también en mi estado de ánimo, Mont… el mecánico de Oi’Demlok?
- ¿Cómo has dicho…?
- Lo que has oído: soy tan Tak’Aunel como tú, Mont… no lo olvides: este reino me pertenece al mismo nivel que a ti.
- Je… - Mont sonrió con ironía, - creía que el reino pertenecía a todos los Run’Tau; no a nosotros…
- No seas hipócrita. No lo soporto: mientras ellos levantan muros, pintan pendones y hacen guardias de ocho decs en ambos planetas, nosotros bebemos licor y engendramos herederos…
- ¿De qué vas? Ahora me vas a decir que estás celoso de Montanuk, ¿no es así? – Al hacer esa pregunta Mont se dio cuenta por vez primera que su organigrama del nuevo mundo podría estar realmente en peligro; pero también que debía ser prudente: no sabía cómo reaccionaría Doran ante la pregunta, que se dio prisa en contestar:
- En absoluto… es un retoño inocente. – El Run’Or sobredosificado de Doran echó el freno: afirmar tal cosa sería enfrentarse directamente a Mont… y no sólo chispas saldrían de aquello.
Oportuna, y sin quererlo, se abrió en ese momento la puerta tras un leve golpeo de nudillos en la hoja de madera wengué.
- ¿Interrumpo algo? – Preguntó Anuk, oliendo la tensión que apestaba en el aire.
- No mo kushla, descuida. – Respondió Mont quitándole hierro al asunto. - ¿Me acompañas a Por’He Gue’lava (así habían nombrado la ciudad Eldar en construcción)? Quiero conocer el avance de las obras…
Anuk asintió y se marcharon.
Doran estrelló, acto seguido, la copa de cristal contra la pared. Maldiciendo el orden místico del Universo mismo.

¿Qué se había propuesto verdaderamente el Run’Or poseyendo a Doran…? ¿Estaba pues en peligro el reino, viniendo del interior y no “del Norte” como habían profetizado los Eldar, nuevos aliados del Triunvirato? Sólo había una forma de saberlo: leyendo el siguiente relato, amig@s...

Doran
Continuará…

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