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14 de abril de 2013

VyD: Incipit.

En el cuadragésimo milenio es todo guerra en nuestra Galaxia. Las distintias civilizaciones se conocen entre sí, y luchan, con mayor o menor sentido de territorialidad o persecución de intereses etnocentristas, por el dominio de los Sistemas útiles de la Vía Láctea.
Los credos, las culturas, los organigramas religiosos y las idiosincrasias se han multiplicado de forma casi infinita; rodeando y condicionando a los seres, cualquiera que sea su raza o procedencia, a pensar y actuar de un modo u otro adscrito a esos sistemas de roles y creencias.
Mi nombre es Santiago Eiinhorn, escribano adepto de los Templarios Negros al servicio del Emperador de la Humanidad, y mi trabajo como taxonomista y clasificador de xenos (razas no humanas que cohabitan en la Galaxia) se ha centrado hasta hoy en arrojar algo de luz sobre los distintos tipos de aberraciones de carácter pseudo-divino que constituyen esos sistemas y credos. Digo "hasta hoy" no en vano... puesto qeu ha llegado un libro muy antiguo a mis maonos que puede cambiarlo todo... TODO.

El libro no está completo; y llegó a mí como solían encuadernar las hojas de papel en el segundo milenio; por lo que ha perdurado treinta y ocho mil años casi intacto y sólo este hecho ya es digno de ser comentado y dejado por escrito. Desconozco su título y el único dato objetivo sobre él es el nombre de su autor: Juan Evangelista, escriba de un pueblo humano llamado Israel, extinto hace tanto tiempo como viejas puedan ser tales páginas...
Hubiera sido un hallazgo sin importancia: un libro viejo en una librería olvidada; hubiera sido sólo una anécdota que comentar con mis compañeros de la Biblioteca; o un texto qeu traducir y añadir al espléndido fondo del que disponemos en nuestros templos y archivos. Pero no sé si por que la Fortuna me ama más que a ningún otro; o porque me aborrece de una forma tal qeu los humanos no podemos comprender, y está reservada sólo a figuras mitológicas o a los mismos dioses; las profecías de las que el libro habla, de algún modo, se están cumpliendo. Tal vez esta afirmación haya sido demasiado aventurada o presuntuosa: sólo una, la primera, se ha cumplido, pero me basta para afirmar con la rotundidad que me ha provocado la visión de lo infinito, que las demás van a ser dadas a continuación y, espero, no en un dilatado periodo de tiempo...
...la única diferencia; que creo es mera formalidad, ya que al autor le era imposible conocer tantos lugares extraterrestres como a nosotros hoy día; es que no se van a dar, como dice el profeta, en la Tierra - cuna del Imperio de la Humanidad - sino a lo largo y ancho de los dominios de Mi Señor.
Esto es lo que ha sucedido; y narraré lo que sucederá; para que los Hombreslo tengan en conocimiento y comprendiendo su alrededor, se arrepientan:

Habían recibido la comunicación de un sondeo informando que algunas familias orkaz se estaban instalando en uno de los Sistemas cercanos a Thangdron 745; desconociendo o no que este Sistema, aunque deshabitado por la falta de recursos, se halla dentro de los dominios de Mi Señor, el Emperador de la Humanidad. Yo viajaba en un Crucero Ultramarine en calidad de observador: el Emperador quería que se cumpliesen los objetivos anti-xenos según el protocolo al pie de la letra, y mi misión, amén de los reportes acerca de las culturas inferiores orkaz a mis superiores dentro de mi Monasterio, era velar porque la doctrina se cumpliera sin fisuras en cada acción de la soldadesca.
Antes de incurrir en la atmósfera de aquel pequeño planeta, los escáneres cuantificaron el enemigo: era necesario saber cuántos eran y de qué forma iban armados para planear un ataque de exterminio rápido, tipo de eliminación xenos en estos casos. Eran realmente pocos, por lo que no fue necesario ni que el Crucero entrara en la atmósfera... con sólo unos cuantos cazas, que bombardearan el área ocupada en al superficie, debía ser suficiente para declarar nuevamente "limpio" aquel territorio.
Los pilotos estaban haciendo su trabajo mientras me hallaba en el puente de mando; todos en silencio aguardando a que se diera por finalizada la "limpieza"; cuando los radars detectaron "objetos extraños y no identificables" cerca de nosotros. En el acto, y por si pudiera tratarse de naves enemigas venidas en ayuda de los orkoz, el Comandante ordenó virar en dirección a esos objetos y comprobar su naturaleza. En la pantalla, lo que vimos, nos dejó atónitos... y a mí, que lo había leído sólo unos días atrás después de traducir el libro viejo, me dejó petrificado.
Se había - o lo parecía puesto que una parte de mi mente sigue objetanto, resistiéndose a que todo lo que supone sea la Verdad - rasgado el vacío y podía verse el Universo del otro lado; como si lo que hay más allá de nuestros simples y limitados sentidos viniera a la realidad, que había dejado de serlo. y en la brecha de la nada, donde se supone que debe habitar únicamente la oscuridad, siete luminarias formando una circunferencia aparecieron...
- ¿Qué demonios es eso? - Preguntó el Comandante ante la falta de respuesta de sus hombres, cuya maquinaria informática era incapaz de determinar qué era todo aquello...
- Son... - aventuró uno, sabiendo que lo que diría a continuación era una majadería - son siete estrellas formando un círculo, Señor.
Todavía no habíamos digerido aquella frase cuando, en medio de las siete "estrellas" se formó una figura antropomórfica de grotescas e imposibles dimensiones... nunca se había dado, y por lo tanto, excepto yo y contando con que mi mente tampoco estaba predispuesta para algo así, ninguno de los presentes tenía un concepto que asociar a lo que sus ojos estaban contemplando.
- ¿Es un rostro? - Preguntó el mismo soldado que había dicho lo de las siete estrellas...
- ...los siete candeleros de oro... - susurré yo y creo que nadie me oyó.
Acto seguido, y cuando los bombarderos regresaban al Crucero con la misma expectación que padecíamos quienes estábamos a bordo, un trueno súper-poderoso salió del círculo de estrellas cuya onda expansiva hizo temblar nuestra nave.
El Comandante me miró; todos agarrados a donde pudimos para no caer al suelo en el temblor; y yo le dije sin voz para que me leyera los labios:
- Salgamos de aquí, ya.
- ¡Viven ciento ochenta grados! ¡Regresemos de inmediato! - Ordenó y, cumpliendo a la vez los deseos de sus hombres, el Crucero no tardó ni un minuto en emprender una huida nada cobarde.

La misión había sido un éxito al fin y al cabo, y el planeta estaba "limpio".

Más tranquilos, y lejos de aquello que no tenía nombre ni lugar en la razón de los hombres de mi siglo, el Comandante me preguntó en privado:
- ¿Qué era eso Einhorn?
- Ordene a sus hombres qeu no hablen más de "eso", que lo olviden para siempre, y que, en ningún caso, se pregunten más por "eso"... en lo que a mí respecta, - agravé el tono de mi voz para terminar la frase: - todo ha sido una alucinación sugestiva provocada por el estrés de tanto viaje interplanetario.
El Comandante asintió, calló y otorgó... a partir de ese momento, mentar la visión y cuestionar la idea de que fue una alucinación sería un delito de doctrina, y por tanto, un delito contra el Emperador. Y nadie se atrevería a jugarse el cuello. 
Aquella misma noche, ya en el Monasterio, releería antes de irme a dormir, con tanta congoja como ahora escribo, las palabras que me han conminado a relatar todo esto...
"Vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, (...) y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas (...) y su rostro era como el sol cuando resplandece con fuerza." Ap. 1:13-16.
- ¿Quién eres? 
Pregunté, y bendigo y maldigo al tiempo desde entonces haber formulado tal pregunta.

Continuará...


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