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17 de abril de 2013

VyD: Patmos.


El Monasterio-Fortaleza se quedó en silencio. A expensas de los guardas nocturnos que velan por la seguridad de nuestro pequeño templo, los demás hermanos debíamos dormir… es necesario el buen dormir para un Templario Negro: nuestras oraciones matinales son tempranas, sincronizadas con usos horarios de Terra, se dan antes de ese negado amanecer aquí, en el vacío admitido del Universo…

Hace un año que llegué a esta isla, Patmos, y las visiones de Mi Señor continúan… hoy casi no he podido comer; se me ha cerrado el estómago y creo que tengo fiebre. Lo que viví anoche… no sé… no puede venir de parte de Mi Señor porque fue, no creo que puedan existir palabras ni en judaico ni en griego para describirlo.
Un trueno llenó mis oídos estando en mi lecho, sudaba como un niño enfermo, y se abrió una grieta en la pared de piedra de la casa de mi anfitrión. Y de ella salió un ser, cuya cabeza era humana, pero el cuerpo… era una armadura grande y negra, pero brillaba, y llevaba por todas partes pendones blancos y rojos y negros, con una cruz de ocho puntas negra bordada en los pendones…”

Creí estar dormido, pero no era así… los sueños no son como las visiones que tuve anoche. Desperté en un lugar que recuerdo de cuando tuve que estar en algún punto del tiempo que no puedo asegurar que existió. Es difícil de explicar. Va contra la doctrina, es totalmente herético sólo pensar que puede que me esté convirtiendo en un… me causa incluso repulsa escribir la palabra psíquico. Pero cómo explicar el viaje que padecí anoche sin nombrar a los hados de la locura…
Aparecí en una vivienda de piedra blanca, extraída de un cuento o leyenda de cuando los humanos no habíamos salido todavía del planeta Tierra. De cuando ese autor, Juan el Evangelista, caminaba sobre su faz. Y un hombre estaba en su lecho, de paja y mantas, como en un milenio anterior incluso al de la encuadernación del libro que ha llegado a mí… asustado, me preguntó:
- ¿Quién eres…? Tú no puedes ser el Hijo del Hombre.
- ¿Quién es el Hijo del Hombre del que hablas en tu libro? – Algo me decía que él era el escritor…
- Responde primero tú a mi pregunta, abominación infernal.
Desconocía ese apelativo… infernal… pero no el concepto de abominación: es como llamamos los hermanos a los seres alienígenas y a las aberraciones del Caos.
- Yo no soy una abominación… soy Santiago Einhorn, escribano y vigilante de la doctrina del Emperador de la Humanidad, del Monasterio Laodiceus bajo el mando de los Templarios Negros.
El hombre se quedó contemplándome sin hablar. Podía oler el miedo manando de la totalidad de sus poros… así que, con voz que intenté fuera la más calmada que me era posible en ese estado de trance, le dije:
- Tranquilo… yo tampoco sé qué hago aquí…
- Está bien, está bien… - balbució y se presentó confirmando mis dudas: - soy Juan, de Galilea, hermano de Jesús en Cristo; y escriba, como tú, de su vida y su obra.
Algo en su rostro cambió al pronunciar el nombre de aquel de quien dijo que era hermano, como yo lo era del resto de mis camaradas en la batalla en defensa de la Humanidad y los designios del Emperador… del miedo, de la desazón producida por mi presencia en su alcoba, pasó a la calma total. Pude ver en sus ojos, que dejaron de titilar como dos llamas a punto de consumirse, un bienestar plácido cómplice de la misma aquiescencia que yo siento, sabiendo del deber cumplido, al aplastar el cráneo de un abominable engendro del Caos.

Quise preguntarle por qué hablaba de una institución en su libro, denominada iglesia, llamada Laodicea de nombre parecido con el que fue nombrado mi Monasterio, uno de los primeros y cuando Sigismund todavía vivía, Laodiceus… pero la visión terminó. Y no nos pudimos despedir.

El hombre, o lo que fuera aquello que me visitó, abrió la boca para decir algo más tras un largo silencio escudriñando mi rostro… me miraba tratando de comprender algo que no puedo acertar a saber… pero una niebla espesa se hizo entre él y yo. La luz de la luna mediterránea entraba por los vanos de mi dormitorio, reflejada su pálida y azul magia en la niebla, que pareció de metal – del mismo metal que la armadura de ese ser exomundano – al tiempo que envolvía la pared.
Segundos después, y con mi corazón ya quieto, el muro regresó a ser muro; la niebla se disipó por completo… y la casa volvió al silencio.

Me levanté del lecho: cómo dormir tras la presencia de… le llamaré Einhorn puesto que dijo que así se llamaba aunque desconozca el significado de tan extraño y lejano nombre. Me acerqué a la pared: el mármol seguía frío, quieto, intacto. Como si nada de lo vivido hubiera sucedido jamás. Por instinto o curiosidad pegué la mejilla derecha a la piedra: gélida… tragué saliva y traté de asimilar todo lo dicho por Einhorn… qué era un “monasterio”, qué un “templario”… palabras raras sin duda.
Dijo servir al Emperador de la Humanidad… de toda la Humanidad, del Hombre por completo… ¿sería aquel uno como yo, y ninguno de los dos lo sabía? Sembrada pues la duda, pensé desde ese momento y en los ratos que las visiones del Hijo del Hombre me lo permitían, en el momento de que Mi Señor tuviera a bien reencontrarnos…

Además, había pronunciado Laodiceus como lo hacen los romanos… un viaje pues me esperaba… era mi deber desentramar el misterio que se había planteado ante mí, puesto que podría todo aquello formar parte del Mensaje… de las Revelaciones.”

Me levanté y ya no pude pegar ojo. Salí de mi celda y me encaminé a la Capilla… debía aclarar mis ideas y ordenar mis pensamientos.

Cuando me aseguré de que estaba yo solo; faltando todavía un par de horas para que los hermanos se levantaran y vinieran a orar antes de comenzar un nuevo día de Cruzada Perpetua; abrí la traducción del libro de Juan en mi ebook y fui directo al capítulo acerca de Laodicea…
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.” Ap. 3: 20-21.
Pero Juan no se hallaba en ningún trono… es más, parecía ser pobre, al borde de la inanición…

Al que venciere, le daré un trono… me puse a pensar en la batalla que debíamos vencer para obtener ese trono, cuando la respuesta (o al menos eso creí en ese momento como una revelación divina) vino a mí llamando, como decía el libro, a la puerta…
- ¡Escriba Einhorn! – Era la voz del Capellán Schumacher, máxima autoridad de Laodiceus.
- Sí, mi Capellán… - me giré poniéndome al mismo tiempo de pie, escondiendo el ebook en mi armadura antes de que él pudiera verlo.
- Me temo que los dominios de Nuestro Señor, el Emperador, están siendo atacados en el Segmentum Obscurus… y hemos sido llamados a las armas todos los hermanos Templarios Negros del norte del Segmentus Solar para repeler el ataque... ayúdeme a despertar a los hermanos de Laodiceus: ¡partiremos de inmediato!
- Sí señor… por cierto, ¿quién nos ataca?
- Esos engendros antinatura del Caos.

Dos horas más tarde, nos uníamos a la Barcaza de Batalla Gladius XVI, bajo el mando del Mariscal Hartigan… en la cuarta cruzada en vigor, a la que llamamos Defensa Sagrada.

Continuará…

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