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2 de mayo de 2013

VyD: El Atalaya.



           


Schumacher, bajo las órdenes de Hartigan, quien dirigiría los movimientos de las tropas templarias así en el vacío como en el campo de batalla, ordenó a los suyos (los miembros de la Barcaza Gladius XVI) formar nada más pisar tierra…
            …la superficie del asteroide, paralizado quizá por una invocación del temible dios Khorne a su hermano Tzeench, el mago, estaba quieta y desnuda. Todavía las hordas del Caos que, si el Paladín deseaba cumplir con los deseos del ídolo que veneraba y de cuya preexistencia la suya misma dependía, debían descender no lo habían hecho… y a la falta de aire se le sumaba la oscuridad de ese vasto segmento del Universo. Así, sólo las imponentes luces artificiales de, entre otras Barcazas, el Gladius XVI, iluminaban la roca que aparecía, ante o bajo los grotescos focos blancos, pintada de un tono rojizo que brillaban aquí o allá; dejando grandes franjas totalmente negras allí donde la piedra se levantaba en surcos, y no llegaba la fría luz. Los focos pues apuntaban desde el extremo a la planicie: un único páramo cobrizo y negro; en el otro lado, pronto desplegarían las tropas enemigas. Y sin viento (ni tan sólo solar pues, repito, no había estrellas cerca), el desierto pétreo daba al campo de batalla un significado más desolador si cabe que el propio túmulo que los fieles y valientes soldados del Emperador solían dejar atrás al término de cualquier combate. “Hace frío…”; pensó Einhorn al poner sus pies en la roca roja… “tendremos que movernos todo el tiempo si no deseamos morir de congelación incluso antes del ataque de esos herejes…”. Schumacher pareció haber leído los pensamientos del soldado-escribano del Laodiceus. Y avisó de la táctica de supervivencia previa al enfrentamiento que debían trazar (a la perfección, de forma sistemática y sin atisbo de titubeo) si querían llegar vivos a los primeros lances de la inminente contienda.
- ¡Muchachos! – La voz del Capitán del Gladius XVI resonó en los yelmos de quienes lucharían bajo su mando: - ¡Hermanos! ¡Nos moveremos en zig-zag yarda a yarda hasta la mitad del campo…! – Señaló con una bengala verde fluorescente el punto al cual se refería y todos se fijaron en él - ¡Y regresaremos a la posición actual de igual modo, mirando siempre hacia el punto señalado!
            Aquello; todos lo sabían; supondría un desgaste físico tremebundo, incluso antes de que el asunto comenzara de verdad. Pero no tenían otro remedio: moverse sin detener un segundo el ir y venir de sus sagradas armaduras, o morir de hipotermia ante la carencia de calor estelar.
            A Einhorn, a su batería de infantería ligera, le tocó tras un regimiento de exterminadores Templarios Negros… se moverían más lentamente por tal motivo que otras tropas que formaban el ya extenso ejército del Emperador sobre el asteroide, pero tendrían mayor protección ante un ataque duro y frontal.

            Acababan de comenzar con la táctica de movimiento a discreción: a la derecha la primera yarda detrás de los exterminadores, cuando las abominaciones del Caos comenzaron a descender de sus naves… invadiendo (como ellos lo hicieran minutos antes) su franja en el inhóspito, quieto y gélido campo de terror… ése que quedaría, evocando ecos imposibles en la eternidad de un espacio vacío e infinito, tras la derrota; campo de gloria si, oh Fortuna que guías los devenires de los Hombres, rubricase el mismo Einhorn en los anales del Monasterio Laodiceus una aplastante y decisiva, terminal y épica, victoria.

            Los disparos allí arriba; en la inexistente bóveda de la nada admitida que es nuestra Galaxia; comenzaron entre las naves de los Templarios Negros y los primeros Ultramarines que arribaban, y las fuerzas de Khorne, el guerrero del Caos… Einhorn, guiado tal vez por todo ese conjunto abstracto de sensaciones en el que se había convertido su experiencia espiritual; su particular y personal epifanía; miró hacia arriba continuando con el ejercicio descrito por Schumacher… se detuvo, recibiendo primero un pequeño empujón del hermano que iba detrás de él en la batería y luego siendo dejado a su gélida suerte por todos: allí, en mitad de la nada, rodeado por los suyos, en el prólogo de un terrible combate a muerte con el Enemigo más feroz y cruel, Einhorn se quedó mirando las luces de los disparos en la alta batalla naval… y esto es lo que vio:

            “En el vacío se abrió una brecha, como si una de nuestras espadas con su filo hubiese sesgado la antimateria. Y la visión de lo pasado apareció en la brecha y yo miré, y vi: un hombre tocaba la trompeta en una almena, avisando de la inminente llegada del enemigo a aquel lugar que era una fortaleza amurallada… y los que estaban dentro de las murallas escuchaban la voz del aviso y se ponían en guardia, cogían sus escudos y sus espadas, también sus arcos y sus flechas, y corrían al patio almenado para defender el fuerte de las tropas de asedio que ya llegaban… y al atardecer conseguían repeler el ataque con el mínimo número de bajas y todos felicitaban al trompetero, que era también el atalaya, pues su alarma hubo salvado al pueblo. Después se hizo la sombra y todo lo invadió el silencio. Y se abrió de nuevo la brecha y vi también… al mismo atalaya que, viniendo el enemigo, tuvo miedo de avisar y huyó corriendo en dirección contraria al ataque… y las tropas del mal llegaban a las puertas, y cogían por sorpresa a las gentes, y todos morían a espada… y regresando ya de madrugada el trompetista cobarde al poblado, lo hallaba arrasado y con todos los cadáveres de sus hermanos y hermanas tirados en las calles siendo alimento para las alimañas, le poseía el arrepentimiento y se cortaba el cuello con su propia daga, derramando su sangre por parte del derramamiento de la sangre de todos los demás. Todo era sangre entonces cuando una voz como de trueno y cien tormentas me habló, y esto fue lo que oí: “a ti, pues, Hijo de Hombre, te he puesto por atalaya a la Humanidad, y oirás la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su sangre yo la demandaré de tu mano.” [Ez. 33: 7-8]”

            Khârn se plantó en la primera línea de su infantería… los engendros del Caos, al contrario que los humanos, no sentían frío… ni calor… no sentían nada. Sólo un temor: desaparecer; solamente ese contradeseo: el de continuar con su andadura de vejación antinatura de forma perpetua en el espacio y en el tiempo, les movía; haciéndoles ser quienes eran… definiéndoles, otorgándoles si es que alguna vez lo merecieron un significado, una razón para existir…
            El escudero de la divinidad bélica y destructora por excelencia de los mundos del Caos, Khârn de Khorne, oteó las tropas de los humanos allí en frente, al otro lado del quieto asteroide en mitad de la nada, pretendiendo encontrar entre la multitud de soldados y máquinas de guerra a aquel que debía hallar pero que ni si quiera había visto.
            Los comandantes, uno por cada batería, aguardaron en silencio la señal del Paladín, quien dirigirá la táctica en la batalla… todo estaba listo, a punto y tenso, para dar comienzo a la barbarie y, si fuera posible, el hedor de la sangre impregnando el vacío… al fin, entre los Templarios Negros en constante movimiento, Khârn distinguió a un soldado quien, quieto como una estatua y congelado, erguía su yelmo hacia el infinito como si estuviera mirando más allá… “Es él, el atalaya.”
- ¡Al ataque! – Izó su bólter, que brilló bajo las infinitas luces de la batalla naval, y los comandantes imitaron:
- ¡Al ataque! – Dando pues comienzo a la carrera alocada de las hordas del Caos, que pronto se estamparían contra la vanguardia de las fuerzas de la Humanidad.

            Khârn salió corriendo, como los demás, pero en seguida cogió su propia dirección sin importarle nada más... derecho a donde Einhorn continuaba paralizado y helado… a un kilómetro de él.

            “Y sentí calor de nuevo. Y se me encendieron los ojos; y entendí que tenía que avisar al mundo – mi mundo – de lo que estaba sucediendo. Y abrí la boca, e inconscientemente, hablé:
- Escuchad mi palabra.”

Continuará…


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