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9 de mayo de 2013

VyD: Escudo inmortal.




Khârn, Paladín de Khorne.
     


 “La batalla arreció sobre nuestras cabezas y dejé de sentir la gélida quietud en mis articulaciones. Las luces de mi yelmo se prendieron y me di cuenta de que el combate a pie del terreno había comenzado. Los exterminadores, allí, a mi frente, estaban trabados y los golpes y los disparos se sucedían sin descanso y por doquier. El ruido era insoportable… y podía oler el hedor de la furia… sí, en esos momentos también me di cuenta de que ya no era un aroma, ni una bendita fragancia, la ira de mis hermanos al combatir las huestes demoníacas acólitos de la aberración… sino hedor, como de mil pantanos, como de fosa y ciénaga, como las fauces de un dragón abiertas mostrando en sus dientes los restos de toda la carroña. Abominable empezó, pues, a parecerme lo que siempre me hubo apetecido como glorioso… y la violencia vino a mí, bramando, emergida de un punto inconexo y abstracto entre el plano de lo real y el espejo turbio de mi desestabilizada mente.
            Por instinto, exento en esos momentos de debacle de todo razonamiento o voluntad, blandí mi hacha que interceptó la espada de quien deseaba mi muerte.

            Aguanté el rodillazo tras el choque de armas… alguien disparó cerca balas que me rozaron sin llegar a darme. Me zafé del primero de mis agresores fintando a un lado, luego al otro, y clavándole el hacha hasta donde me permitió la fuerza de los brazos, en el costado… partiendo en dos su tronco. El “liberado”, pues la muerte sería el final de su agonía bajo el embrujo aberrante de la Disformidad, chilló y se desvaneció, quedando sólo una armadura en la tierra roja, y multicolor según las naves que nos sobrevolaban, y quieta.
            Desenfundé el bólter y, asiendo el hacha sólo con la mano izquierda, continué sin rumbo moviéndome por el campo de batalla… dos almas en mí tartamudeaban al debatir mi papel en todo aquello. Disparé, y maté, a cuantos pude…
            …en mi defensa argumentaré que ellos también me estaban disparando, a troche y moche, a bocajarro, a ráfagas; pero sus proyectiles, bien de metal bien de luz y calor, no eran capaces de si quiera rozarme… y me pregunté quién era aquél, el Hijo del Hombre… y mi pregunta no obtendría respuesta inmediata: Khârn, Paladín de Khorne, se detuvo frente a mí tras desollar literalmente a uno de mis hermanos y gritó un nombre:
- ¡Atalaya! ¡Hoy es el día de tu muerte!
            ¿Cómo sabía, cómo podía saberlo, que mis sueños formaban imágenes en la trastienda de mi consciencia? ¿Quién era él, sino un general asesino, para conocer los entresijos de mi secreto? ¿Qué torrente místico había llevado mis arroyos a su delta…? Y una lanza, de madera y piedra, brilló a la luz azul, violeta y naranja de un caza que pasó rozándonos a ambos…

            Cielos color rojo sangre. Enmudece oh, alba, ante la presencia de tu Creador. Salmos sin música ni letra, palpitando en el crepitar íntimo de mi corazón.

            Palomas explotando en el éter fueron mis pensamientos. Y pareció como si la nada misma se apoderase del tiempo, pues nadie se interpuso desde el instante en que nos vimos “las caras” hasta el final entre nosotros. Ni proyectiles ni filos osaron acariciarnos. Y ningún soldado, exterminador, o máquina de guerra que por decenas luchaba a nuestro alrededor se trabó en nuestro personal combate de miradas y esperas.
            Amor, qué tiemblas cuando no estoy, entesa mi arco y afila mi espada.
            La poesía se hizo carne y Khârn fue el primero en embestir. Yo estaba que vomitaba.
- ¡Muere atalaya!
            Gritó y se me heló la sangre como lo hubiese hecho minutos antes durante la visión de la Gloria. Y vino a mí, y su lanza de piedra estuvo a punto de rozar mi armadura blanquinegra. Mi hacha la interceptó… creí que la pelea estaría ganada: el filo de mi arma, de metal y con la fuerza de la electromecánica, contra un palo de simple y arcaica madera. Pero no. Rebotó mi arma y yo de espaldas al suelo caí sintiendo la sorna de mi adversario ante mi infantil sorpresa…
- Este no es un arma convencional, atalaya… - me dijo, y su voz parecía paternal incluso al salir de lo que ya no era una cara más que una enmohecida calavera – es la lanza con la que atravesaron al Hijo del Hombre el último de sus días… y va a ser la que te atraviese a ti en el momento siguiente a este.
            Se abalanzó pues Khârn contra mí, yo todavía con la espalda (el reactor más bien) en el suelo y patas arriba, dispuesto a clavar ese arma mágica en mi corazón cuando, oh Providencia que de ti manan todas las sabidurías, un caza de las Fuerzas del Caos, las mismas a las cuales el Paladín de Khorne pertenecía, le cayó encima estrellándolo consigo varios metros más para allá…

            Bendiciendo mi suerte logré ponerme en pie… allí hacía explosión el caza tocado y hundido con el cuerpo de mi adversario, de mi condicional o futuro asesino, debajo. Algo en mi interior; una de las dos voces que nunca había tenido y que ahora sí poseía; me dijo que fuera a ver… que comprobara que Khârn había perecido y, de no haberlo hecho, separarle la cabeza del cuerpo con mi arma o acabarle un cartucho de teflón con mi bólter haciendo añicos su calavera con la balacera. Pero una segunda voz, la nueva, la potente, la sensata… ganó el pulso en mi cabeza y me hizo correr hacia la retaguardia…
- Debes salir de aquí, Einhorn, sal de aquí… bendita sea. – Me dije en voz alta y corrí, y corrí, sin mirar atrás ni comprobar si Khârn, vivo o remuerto, se desprendía del caza que lo sepultaba y me perseguía, en busca de una salida.

            Los Templarios Negros, sea cual sea su Monasterio-Fortaleza de procedencia o adscripción diocesal, no somos soldados que, heridos, nos marchemos fácilmente de la batalla… no así pasa con otros Capítulos… y gracias a eso, a que los Ultramarines sí creen en la medicina más que en el fanatismo, pude embarcar a las primeras de cambio; con la batalla abierta en el centro del asteroide; en una nave-ambulancia, de evacuación de heridos y mutilados, para salir del asteroide… y “escapar” al lugar de mi abismo.
- …he visto cómo te alcanzaban varios proyectiles... – comentó ante mi cabeza gacha y mi mirada al suelo uno de los que, en la bodega, había sentados conmigo: un Ultramarine de ojos verdes y pelo dorado – y tu armadura sigue intacta… ¿cómo lo has conseguido…?
            Si psíquico: hereje. Si sobrenatural: apóstata. Si inmortal: brujo… y como único castigo para las tres, la sentencia a muerte.
- Suerte, supongo… los disparos vendrían de lejos, y sin potencia… - sonreí incapaz no obstante de mirarle directamente a los ojos sabiendo que mentía.
            El otro asintió con el mentón y continuó mirándome de soslayo durante el resto del viaje: no se lo terminaba de creer… pero yo oré porque no trascendiera… y así fue.

            La noche me arribó en las soledades de Laodiceus, en casa y con los pocos que se quedaron en el Monasterio-Fortaleza, y una voz en sueños me habló, y no tenía rostro… era solamente un eco: “Yo soy el que soy; y te ciño de fuerza, y quien despeja tu camino; quien hace tus pies como de ciervas, y te hace estar firme sobre tus alturas; quien adiestra tus manos para la batalla, de manera que se doble el arco de bronce con tus brazos. Te di asimismo el escudo de la salvación, y mi benignidad te ha engrandecido.” [2 S 22: 33-36]

Continuará…

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