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30 de mayo de 2013

VyD: Los sellos.






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“Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; (…) Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones.” [Ap. 5: 9-11]

No sabía a dónde iba… la voz me habló del Segmentum Ultima, pero yo jamás había estado tan lejos del Círculo de Terra. Y desconocía por completo qué clase de destino me esperaría allí. Además, con las esposas eléctricas, la conducción del caza – sin piloto automático ni navegación controlada – se me estaba haciendo penosa y muy incómoda…
…en cuanto al hambre y la sed, el duro entrenamiento tras luchar en tantos campos de batalla me había preparado para soportarlas… aunque sin un mundo al que aproximarme en el imposible horizonte del vasto espacio, no tenía muchas, por no decir ningunas, esperanzas de comer o beber agua pronto.
Aterrizar en cuantos planetas podrían aparecer en mi camino sin rumbo, significaría la muerte. Seguramente, Prius y los otros ya habrían avisado a algún Inquisidor que estaría a punto de comenzar, si no lo había hecho ya, mi búsqueda… y captura.

Prius avisó por radio, a pesar de que Schumacher estaba en plena batalla con la que se vaticinaba como eterna Defensa Sagrada, al Comandante del monasterio-fortaleza Laodiceus de lo acontecido con el escriba Einhorn… desde la barcaza, que continuaba en retaguardia con sus hombres luchando ahí abajo, en la gélida superficie del asteroide detenido por Tzeench, Schumacher dejó claro que en ningún caso tendría a un apóstata, o conato del mismo, en sus filas; y que la amenaza herética debía ser aplacada de inmediato… las noticias, otrora, de los avances en la cruzada contra las hordas caóticas de Khorne no eran ni buenas ni malas: la contienda había llegado a un punto muerto en el que ambas fuerzas: las del Caos con todo su despliegue de medios a sabiendas que el Final del Mundo se acercaba; y la de los Ultramarines y Templarios Negros que seguían llegando al Segmentum Obscurus por centenas, pugnaban en práctica igualdad de condiciones convirtiendo el vacío en un cementerio de metales y huesos, y el asteroide en un damero donde el baile, macabro y violento, iba eliminando piezas a troche y moche, sin orden y sin sentido…

El rubio, aquel que detectó el primero cosas extrañas en Einhorn resultó no ser un soldado ultramarine al uso… trabajaba como secreta para lo más parecido que tenía el glorioso y leal Ejército del Emperador a un departamento de asuntos internos. Su nombre, Alonso Castellano, y su comedido: sicario de la Inquisición, persecutora implacable e infatigable de los movimientos herejes dentro de las filas del adalid de adalides, el Emperador de la Humanidad.
- …no se preocupe maestro Prius… - dijo con una voz ronca y profunda, casi de ultratumba, reflejo involuntario de la oscuridad misma de sus hondos pensamientos. – Me encargaré personalmente de Einhorn…
Prius se limitó a asentir con el mentón y agachar la cabeza… ahora que sabía que el ultramarine que tenía en frente era un inquisidor, mediría sus palabras, sus gestos, e incluso trataría de medir sus más ocultos pensamientos… si algo había más temible que un exterminador del Caos, que un mantifex tiránido, que una armadura modelo Cataclismo del Imperio Tau… era un inquisidor.

Alonso llegó a Laodiceus con su propia nave, quien le acompañaba era su mano derecha, Diego Cartagena y, nada más partir del monasterio-fortaleza encendieron uno de tantos ordenadores que había abordo para tratar de identificar a Einhorn… la Inquisición disponía de un amplísimo índice que contenía las criaturas y las mutaciones con las que se había ido encontrando, catalogadas y con un apartado de observaciones que las distinguía e identificaba…
- No hay implante tecnológico, escudo magnético ni campo de fuerza en nuestro arsenal capaz de hacer esquivar los proyectiles como lo hacía la armadura de Einhorn… perdón, del hereje. – Cuando uno de los objetivos de la Inquisición se convertía en tal cosa: hereje, apóstata, traidor al Emperador, dejaba de tener nombre propio para ellos: se convertía en una presa, descendida su categoría a cualquier alimaña a la que había que dar caza y eliminar sin razonamiento previo, cuanto antes.
- Mira en fenómenos ancestrales… puede que ni él mismo sepa de dónde ha venido la corrupción
- Quizá tengas razón… parecía asustado cuando emprendió el regreso al monasterio desde el campo de batalla… ¿habrá contactado alguna abominación con poderes telepáticos con él, y le habrá corrompido desde la distancia?
- Los rostros de la abominación son innumerables… ¿no recuerdas nada más…?
- Sí, que se estaba enfrentando… o al menos éste quería ir a por él con una extraña arma: un palo con una punta de piedra…
- …lanza…
- Eso: lanza, para matarlo… Khârn, el paladín de Khorne.
Diego frunció el entrecejo: ¿Por qué, suponiendo que Einhorn se había dejado seducir por la corrupción de la disformidad, uno de los mayores sino el mayor general de los ejércitos del Caos querría acabar con él?
- En fin… pase lo que pase, - se respondió a sí mismo mientras el ordenador seguía buscando el perfil del escriba proscrito – acabaremos con él… y si nos encontramos con Khârn en su búsqueda, improvisaremos… - se giró de los mandos de la nave y palpó su arma: un bolter pesado a estrenar. Sonrió a Castellano y éste le devolvió el gesto:
- Hagamos que el Emperador se sienta orgulloso… ¡por el Emperador!
- Por el Emperador…
Y la nave se perdió, como lo hiciera el caza de Einhorn antes, por los senderos invisibles de la nada admitida.

Cansado, decidí vadear en un punto inexacto del vacío… sabía que estaba lejos de los dominios del Emperador, quizá cerca de la última fortaleza de la Franja Este, perteneciente si la memoria no me fallaba, al Capítulo IV del ya no tan glorioso tras mi prisma ejército del Emperador…
…y en algún momento de ese relax, con las luces de la infinitud de las estrellas ahí afuera y el silencio rodeándome e invadiendo mi interior, haciéndose omnipotente y sempiterno, la visión regresó a mí, y miré y vi: un coro, como de cientos de miles de cantores, se aproximó a mi nave… cantaban y tocaban instrumentos sacados de un tiempo antes del tiempo…

Al despertar, sin saber si quiera cuántas horas habían pasado y con las tripas bramando por algo sólido, unos sobres de papel amarillo aparecieron de la nada en mi regazo… eran como cartas, y las cerraban, de cera y redondos con relieves extraños, unos sellos…

Continuará…


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