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13 de junio de 2013

VyD 8: El caballo bermejo.


Capítulo anterior... VyD 7: Los Sellos.

"Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente, que decía: Ven y mira. Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada. (...) Y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y le fue dada potestad de matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra." [Ap. 6 : 3-4, 8]

Cogí los sellos: eran siete, de gran belleza los relieves a pesar de estar impresos con un tampón sobre una bola de cera caliente. El color de la cera, a la luz cambiante del interior de la nave, se adivinaba de un granate mate, como si estuviesen hechos de sangre humana coagulada. Me pregunté qué habría escrito en esas hojas de papel... era un papel tosco, con asperezas y múltiples imperfecciones en su textura, mal recortado, con puntas romas en las aristas de la carta. Debieron manufacturarlo rudo adrede: para que perdurase en el tiempo pues su mismo aroma era la fragancia vetusta del mundo y su andar. Aspiré profundamnte aquel olor a recuerdo y olvido a la vez y, al reabrir los ojos, ya no estaba allí, en la nave con las esposas eléctricas puestas, a al deriva en algún punto inexacto de la Franja Este... me hallé de nuevo, por segunda vez desde que viera la primera visión de la Gloria Divina, en casa de Juan el Evangelista, en la Isla de Patmos de la remota y antiquísima Grecia, en el Planeta Tierra.

"Abrí los ojos y el monstruo apareció de lanada, como aquella noche en mis pesadillas hubo traspasado la pared... era un gigante, y su cuerpo era de hierro, con cruces de ocho puntas adornando sus blasones,m y en su mano, los sellos del Cordero, que debían abrirse en el Fin para que el mundo fuere destruido para siempre...
- ¿Por qué regresas para atormentarme? - Le pregunté en hebreo.
- No lo sé... créeme: no es mi intención atormentarme, evangelista. - Me respondió en mi propio idioma y vino hacia mí.
Permanecí sentado y traté de aparentar toda la tranquilidad que me fue posible. Mi pupitre, donde escribí la Vida y las Revelaciones, nos separaba; tras de él, en lugar del muro, un abismo negro e inescrutable.
- ¿Qué son estos sellos... y por qué los tengo yo? - Me preguntó el monstruo y yo le respondí:
- Ya los había visto antes, en mis visiones, son los sellos del Cordero, que cuando se abran, traerán la destrucción de todo cuanto concoemos y nos rodea... el primero traerá la peste; el segundo, la guerra; el tercero, el hambre; el cuarto, la muerte; el quinto, el clamor de los muertos; el sexto, la explosión de todas las estrellas; y el séptimo... el séptimo traerá el silencio."

Tras escuchar las palabras de Juan me quedé observando las cartas en mi guantelete derecho... algo se nos estaba escapando: tanto a él como a mí. Indudablemente aquel hombrecillo, anciano de días, con luz temblorosa en su mirar, tenái más conocimiento; y una sabiduría superior; que yo acerca de todo cuanto nos estaba sucediendo: del Hijo del Hombre, del Cordero, de los sellos... divagando, o imbuido tal vez por inspiración divina, pregunté:
- ¿No será que los sellos son sólo una metáfora...? ¿Que el segundo sello, el de la guerra, no está abierto ya?
Juan se quedó perplejo ante mi cuestión. Sus ojos le delataban: abiertos como platos el término de mis palabras; y con el ceño fruncido, en obvio gesto de reflexión, inmediatamente después.
- Déjame pensar... - me dijo. Y se puso a alborotar sus papeles: papiros de gran calidad esparcidos, caóticamente, sobre su mesa de madera negra y comida por las termitas. - Tal vez no se hayan roto en mi tiempo... pero tú, tu vienes del...
- Futuro. - Atajé.
- Del futuro... dime si algo que conoces coincide con esta descripción: "salió otor caballo, bermejo: y al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y qeu se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada"... - me pasó el papiro y yo releí unos glifos que nunca estudié pero que en esos momentos entendía perfectamente...
- Caballo bermejo... una gran espada... ése sólo puede ser...

Khorne contemplaba la batalla desde su magnífico Crucero desde la retaguardia. Debido a que los servidores del Emperador, los homanos, habían enviado infinitud de refuerzos a aquel asteroide quieto; las Fuerzas del Caos, incluso dejando indefensos - hablando siempre en términos figurados - algunso de sus bastiones como el Torbellino de los Corsarios Rojos, habían sido llamadas casi al completo para la que sabían que debían ser su última gran batalla por la supervivencia. Obviamente ambos bandos desconocían cuál sería el resultado final... pero en esta ocasión, y ya que el Atalaya estaba perdido y era perseguido por sus propios congéneres: los Inquisidores del Emperador, por creerlo un hereje, las abominaciones mutantes de Khorne y de Tzeench tenían una enorme ventaja... no táctica, ni si quiera armamentística, sino de conocimiento de la realidad, y de sabiduría que poner, ahora o nunca, en práctica...
Sentado en su t rono de cráneos, en un salón grande y solitario, oscuro como la sima de su propia alma (si es que a su enjuto corazón pudiera llamársele así), reflexionaba acerca de los tiempos... desde su principio a su fin.
El Dragón los había enviado a destruir la Tierra y deshollar a cada humano con el que se encontrasen... y ahora, vencido por quien debía vencer según estaba escrito, les ordenaba retirarse, retirarse y esperar... pero eso no era lo que Khorne había imaginado. Sí, se había divertido durante milenios siendo el Jinete de la Guerra en el Apocalipsis que los propios Hombres, aun sin saberlo, habían creado y se merecían. Pero llegar al final no estaba en sus planes; podría estar otros cuarenta milenios haciéndolo... y no se aburriría jamás. Por ello había guardado recelosamente la lanza de Longinus, el romano que se apiadó del Hijo del Hombre y lo mató en la cruz. Sabía que era el único arma capaz de herir, y matar, al Atalaya: el último profeta que vendría a anunciar el Juicio Final; y que, a través de su mensaje, impediría que el Mal ganase la partida porque la Humanidad sabría que el tiempo se acercaba ya, se arrepentirían de su violencia y de la sangre de xenos vertida por toda la Galaxia, y lograrían la Salvación... eternidad negada a los engendros demoníacos como él y su prole.
Khorne suspiró hondamente, en un hálito pleno de tristeza. Su única baza era que su fiel escudero: el implacable y despiadado Khârn, eliminase al Atalaya con la lanza, el mensaje no llegara a nadie y, si tenía que venir el Fin, que ningún hombre; sus acérrimos enemigos por su propia naturaleza antivital; alcanzara esa eternidad dichosa viviendo por siempre en la Ciudad de su Creador... Khorne echó hacia atrás la cabeza e hizo crujir las vértebras de su cuello y espalda.
- Cuando el quinto sello se abra... - dijo al vacío que le envolvía, crando un eco profundo y melancólico en el salón - ya será demasiado tarde para todos, y los muertos hablarán...
"Los muertos hablarán".

Castellano y su compañero continauban su búsqueda... en el vacío admitido que es el cosmos encontrar un navío tan pequeño como un caza era muy improbable. No obstante, su espíritu protector del dogma les convertía en persecutores incansables; en cazadores voraces de aquello que siempre les habían enseñado que era aberrante, injusto, antinatural... cualquier forma de vida no humana en general, y cualquier muestra de dones extrasensoriales en particular suponían un acto deliberado de apostasía: de atentado contra la doctrina y, por tanto, contra el mismo concepto de fe. Una fe desmedida hacia un Emperador que significaba la máxima expresión de su Humandidad... nadie les dijo jamás que podían estar equivocados y que, de hecho, a quien ahora perseguían por tener dones como el de la invulnerabilidad física era en realidad su único pasaporte a la Salvación. Y, por el contrario y desastrosamente equivocados, la adoración hacia su bélico adalid era idolatría...
...castigada con la muerte espiritual desde el comienzo de un tiempo que ya no era el suyo. Que nunca fue el suyo... y que ni tan sólo sabían por qué.
Ciegos, obcecados por un falso dios. Presos de una mentirosa fe.

Antes de despertar de nuevo, con la visión de naves xenos al fondo de mi pantalla, Juan me habló una vez más:
- Después de que los muertos hablen, recuerda Atalaya del futuro: haz que escuchen tu Palabra los ciento cuarenta y cuatro mil... los ciento cuarenta y cuatro mil... los ciento cuarenta y cuatro mil...

Continuará...

Templario negro
Inquisidor del Emperador












Khorne

Khârn, Paladín de Khorne

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