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19 de agosto de 2013

Liberación de Galagarion



Galagarion, 26 de Mayo del año 13 D.III C
La liberación de Galagarion
El sol caía a plomo, pero el viento seguía soplando con fuerza levantando el polvo del arenoso páramo. Donde una batalla se libraba en los albores del castillo de Galagarion, las tropas del señor gris, Diego de Heimdralion, avanzaban sin piedad como una marea de fanáticos, en su afán de unir los tres condados bajo su yugo y estandarte, “la espada negra”. Hacia ya mas de tres meses que había empezado su campaña, y aunque su ejercito se debilitaba consiguió llegar con algo mas de un centenar de hombres, a las tierras del castillo de Galagarion.
Un hedor, mezcla de sangre y sudor se hacia notable en el ambiente, produciendo nauseas al respirar, y el choque del acero de las espadas, escudos y lanzas daba paso a un nuevo grito, agónico y jadeante. El último destacamento de Galagarion se concentraba en una improvisada empalizada que consistía en un terraplén, defendido con grandes estacas de madera a modo de empalizada que daba al frente del campamento de Heimdralion, como un haz de luz en medio de un mar de oscuridad. Más de cien soldados grises se agolpaban a los pies de los guerreros de Galagarion, que aun superados en cinco a uno, resistían con un valor inigualable, manteniendo el estandarte del "grifo blanco" como símbolo de resistencia. Esta era la ultima defensa que quedaba antes de llegar al gran castillo, casi indefenso y falto de tropas, por lo que una derrota aquí, supondría dejar el castillo a merced de Diego y su marea gris, que de seguro, no aguantaría sus catapultas de asedio.
Réquiem miró al frente con sus penetrantes ojos color marrón verdoso, agarrando fuerte la empuñadura de su espada, el cansancio era notable, y aun siendo él, "el hombre de acero" como sus compañeros solían llamarle, por primera vez, temió por su vida. Allí se encontraba, de pie, luciendo un atuendo militar de una patria que nunca fue la suya y liderando a un puñado de novatos. Miraba el brazalete que cubría su antebrazo izquierdo, tonos ocres y dorados daban brillo a una sucesión de placas culminada en un guantelete de placas que tenía una esfera de un mineral extraño en su muñeca exterior, preguntándose por que demonios tenía que salvar le el pellejo a un conde, que no supo mantener una política de guerra lo suficientemente competente como para repeler un ataque tan evidente. - Ah si, respuestas... - se contesto a si mismo saliendo de su ensimismamiento. De pronto, tres soldados aparecieron escalando el terraplén, ataviados con sus impolutas armaduras de cuero tachonado. El joven guerrero se abalanzó sobre ellos con la ira reflejada en su rostro, y raudo, arremetió contra el primero de los soldados con toda la fuerza de su diestro brazo, que describiendo un arco con su espada, cercenó a la altura del muslo una pierna a su enemigo, el cual se desplomó al instante jadeando de dolor. Seguidamente alzó la vista para comprobar que efectivamente, un segundo soldado lanzaba una firme estocada, la cual esquivó con algo de dificultad inclinando se hacia un lado, para asestar un certero puñetazo con su zurda en el torso de su oponente, crujieron varias costillas cuando el místico guantelete se hundió en el cuerpo de aquel pobre desgraciado, quien salió despedido hacia atrás varios metros, chocando con su compañero de armas arrastrándolo hasta la muerte, empalándose en una de las afiladas estacas, que cumplían firmemente su cometido.
Apenas una veintena de guerreros resistían todavía en lo alto del terraplén, repeliendo una y otra vez, los ataques de los soldados grises, entrechocando el acero con el acero, dando muerte a la marea gris. Hasta que repentinamente un cuerno sonó en medio de la batalla, llenando los oídos de los presentes. Uno de los generales de Heimdralion que espoleaba su caballo en la cobarde retaguardia, soplaba una y otra vez el artefacto, una señal, que hizo que los soldados grises cesaran su ataque, y corrieran a dispersarse entre los arboles cercanos hacia su campamento.
Réquiem dio un paso adelante, y oteó el horizonte observando el repliegue de las tropas de “la espada negra”, la esperanza de la victoria iluminó su rostro de pronunciados pómulos, pero pronto comprendió lo que verdaderamente estaba sucediendo, no era exactamente una retirada. El maldito enemigo quería reservar sus ultimas tropas para el asedio al castillo y su saqueo. Pues para el asombro de todos los presentes, dos enormes ogros, uno pelirrojo y desdentado, otro moreno y extremadamente gordo, empuñando descomunales mazas, aparecieron desde una espesura cercana. - A si que ese era su as en la manga - murmuró Réquiem agachando la cabeza, a sabiendas de que este, era un enemigo demasiado poderoso.
Los ogros avanzaban hacia el terraplén a grandes zancadas y gritando con furia, esgrimían sus mazas por encima de sus cabezas, iban vestidos con harapientas telas llenas de mugre y sus enormes cuerpos los dotaban de una inercia imparable. Algunos soldados grises que se replegaban sufrieron el instinto asesino de estos seres, que embestían todo lo que se les ponía a su paso, cuando los ogros los aplastaron con sus mazas y los pisotearon sin piedad.
Muy pronto se sembró el  terror en los corazones de los guerreros de Galagarion, quienes  se echaban las manos a la cabeza incrédulos de lo mal afortunados que eran. Réquiem echó una ojeada atrás, por un momento pensó en dejarlo todo, y salir corriendo de allí, pero recordó las palabras del conde Galgar, - "Si consigues aplacar a Heimdralion, si salvas mi reino, si de verdad eres el hombre de acero del que todos hablan... te diré todo lo que sé sobre la Sangre de los Dioses". - Y además, definitivamente, ese no era su estilo, nunca había huido y no era razón para hacerlo ahora.
El joven guerrero, envainó su espada y se acercó a una de las enormes estacas de madera, hincó sus pies firmemente en la tierra del terraplén y agarró la estaca con ambas manos, arrancándola de la tierra en una proeza de fuerza inimaginable. Seguidamente se encaró a ambos ogros que seguían su carga implacable, levantó el trozo de madera afilado, y cargó el también contra las grandes bestias ante la atónita mirada de los novatos, que luchaban por mantenerse firmes y no ser presas del pánico.
Los ogros blandían sus mazas y rugían mientras se acercaban cada vez mas al joven Réquiem, que cuando estuvo a la altura de los infames enemigos, frenó su carrera agarrando la estaca cual jabalina se tratase, lanzándola al más gordo de los dos, que se clavó en su abdomen atravesándolo, el mugriento ser soltó la maza al instante y arrastró un grito de dolor que se escucho por todo el valle, la estaca se había clavado en la tierra, y el harapiento monstruo, se quedó inmovilizado desangrándose en un charco de vísceras, por lo que moriría instantes después. Seguidamente el segundo ogro esgrimiendo su gran maza a la carga, asesto un tremendo golpe en la cabeza al “hombre de acero”, quien salió despedido varios metros, arrastrado por el arenoso suelo, cubierto de polvo y de sangre, con un gran corte en la frente. Todos creyeron que el ogro había partido en dos el cráneo de Réquiem, pero quedaron atónitos cuando el joven, trataba de incorporarse aturdido, apoyando sus manos en el suelo. El ogro de una envergadura terrible, se acerco a grandes pasos, que retumbaron en la cabeza de Réquiem, y otra vez blandió su maza por encima de su cabeza, y lanzo un nuevo golpe que acertó en sus costillas, volviéndolo a lanzar por los aires unos metros mas allá, para esta vez, caer boca arriba y escupir gran cantidad de sangre. La bestia lanzo un grito de victoria y comenzó a dar saltos enloquecido.
Réquiem estaba aturdido y la visión se le nublaba debido al gran golpe en la cabeza, un borboton de sangre manaba del corte de su frente y el fuerte trompazo propinado en su costado derecho seguramente acabase en un hematoma enorme. Pero no se iba a rendir ahora... alzó la vista desde el suelo, y observo como su enemigo, en un estado de vanidosa victoria, saltaba y lanzaba rugidos al aire.
Poco a poco, el joven se fue incorporando hasta estar totalmente en pié, las piernas no le respondían bien y sentía un cansancio y un dolor extremos, pero aun así debía vencer a este último enemigo. Si machacaba a ese ogro, tal vez las tropas de Heimdralion se pensarían dos veces atacar de nuevo.
El ogro cesó su baile y se encaró a Réquiem lanzando un nuevo rugido, la ira se hacia notable en su feo rostro, el fétido y voluminoso ser, se encamino hacia él dando de nuevo grandes zancadas y blandiendo su gran maza por encima de su cabeza. - Eso ya lo he visto - murmuro el joven para si, justo antes de que el poderoso ataque de su enemigo dirigiera una trayectoria vertical descendente hacia su cabeza, entonces, Réquiem alzo sus brazos y los colocó en cruz, parando el embiste de su enemigo con sus propios huesos y su brazal protector. La maza se partió en dos la vez que rasgaba el cuero de la frágil armadura, dos profundos cortes aparecieron en el antebrazo derecho repletos de astillas y los pies de Réquiem se clavaron en la tierra debido a la presión del golpe sobre su cuerpo. La desdentada bestia pelirroja quedo boquiabierta, con la mitad de su maza en las manos y la otra mitad hecha astillas por un simple humanoide, no salió de su asombro hasta que el joven guerrero en un ultimo esfuerzo y aprovechando el desenvaine de su espada, propino un tajo horizontal ascendente que sesgó el brazo derecho del ogro, que pronto soltó lo que le quedaba de maza y comenzó a emanar sangre a chorros, para seguidamente, lanzar una nueva estocada directa al corazón de su perplejo enemigo que no daba crédito a su muerte. La espada se clavó en la carne de la bestia y se deslizó hasta la empuñadura, sin dejar que la fétida criatura pudiese emanar algún otro sonido, que no fuese el borbotar de la sangre en su garganta. Réquiem soltó la espada y el ogro cayó desplomado hacia atrás, esbozó una leve sonrisa y las piernas le fallaron derrumbándose sobre si mismo desmayado en el suelo.
Los guerreros de Galagarion lanzaron un grito de victoria y se encaminaron a la carrera hasta la posición de Réquiem, quien sin saberlo, había provocado el pánico en los corazones de los soldados grises, que ya anunciaban su retirada.
Heimdralion había fracasado, y en el castillo de Galagarion ya anunciaban la victoria, el estandarte del “Grifo blanco” ondeaba por su independencia a la vez que llevaban al "hombre de acero" a que se recuperara de sus profundas heridas.

Réquiem (c) 2013

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