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18 de agosto de 2013

VyD: Lunas de sangre.

En capítulos anteriores... Relato nº9: Los muertos hablarán.



Allí afuera se estaba dando lugar una contienda... Khârn, el Paladín de Khorne, había atacado instintivamente la nave de los inquisidores... era su "naturaleza". A pesar de que ellos no eran su objetivo; a pesar de que atacarles pudiera convertirse en un obstáculo para llegar a mí: su verdadero fin; la presencia, la existencia misma, de humanos cerca de él le provocaba... haciéndole reaccionar con violencia, carente de todo raciocinio... los inquisidores que me perseguían contraatacaron el pequeño caza de Khârn. Mas, entretanto, mis anfitriones aguardaban atónitos: esperaron a ver qué ocurría pues sabían que con ellos no iba la cosa... no por el momento.

La nave humana era algo más grande que el pequeño caza del Caos, por lo que viró y se enfrentó de manera directa, de frente, a su atacante. Khârn, implacable y animal, disparó una ráfaga intensa de proyectiles a la máscara de proa... destrozándola. Para cuando Castellano quiso activar los escudos, fue demasiado tarde... el Paladín de Khorne, el Azote del Mal, había ganado la partida pues; cuando Cartagena, al mando de los cañones de proa, quiso disparar... el caza ya los había destrozado con una maniobra digna del mejor de los pilotos de la Galaxia... no sabremos jamás qué ocurrió en el interior de la nave humana; ni cuáles fueron las últimas palabras que compartieron los dos inquisidores... pero se abrió una raja en el fuselaje que hizo que los cuerpos se pegaran a ella por la succión del vacío, desmembrándolos y secándolos como si fueran uvas pasas. 
El caza de Khârn se quedó unos instantes vadeando en el vacío frente a nosotros... nadie decía nada. Segundos después, se alejó... sabía que me estaba diciendo algo a mí con esos instantes de silencio... un "nos veremos"... un "sé quién eres y te encontraré"... un "nos enfrentaremos y que gane el mejor" que desde ese momento me está volviendo loco el corazón.

Una nave necrona "bajó" a recoger los restos de la nave humana: así supimos la suerte que corrieron y los nombres de mis persecutores. El hereje seguía vivo, y a salvo... 

No tardarían mucho, los altos mandos de la Inquisición y los Templarios Negros, en enviar a otros. Por unos largos y angustiosos instantes llegué a pensar que mi huida no terminaría nunca, alargándose en el tiempo HASTA EL FIN DE LOS DÍAS.

En el asteroide detenido por Tzeench las cosas no iban tampoco demasiado bien para los Aliados de la Humanidad y para las tropas del Emperador... las hordas de Khorne habían logrado abrir una brecha en dirección al Sagrado Círculo de Terra y un buen contingente, mientras la masa del Caos los cerraba por la retaguardia todavía enzarzada en la cruel e inmarcesible batalla que se daba en la nada admitida, se aproximaba inexorable a las más íntimas entrañas de los dominios del Emperador...

"...hubo un gran terremoto, y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como una higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento." [Ap. 6 : 12-13]

- Ve, - me dijo finalmente Amón XXIII antes de entrar en el caza - y avisa a los 144.000... el Final se acerca, y sólo tú tienes la potestad para desencadenarlo... 
Como respuesta, sólo me vi capaz de asentir con el mentón con el yelmo ya puesto. El Destino me estaba llamando... y yo había recibido su llamada. La espera acabaría por fin... y los mundos verían sus días contados. Una congoja, mayor que la acechanza de Khârn sobrevolando mi testa, se apoderó de mi corazón nuevamente... ¿era yo el Atalaya? ¿Qué había hecho yo para que me fuera concedido, sin permiso ni previo aviso, tan macabro honor...?

Y mi nave salió en dirección al Segmentum Ultima... y allí en frente, las estrellas de esos locos bajitos, azules y grises, débiles, tecnócratas... Tau.

Cómo odiaba a los xenos... y ahora, debía aliarme con ellos para, al fin y al cabo, ni tan si quiera sobrevivir... pues, como decía el librito de Juan Evangelista, el mar se haría sobre la tierra, y la tierra sobre el mar... indiscutiblemente.

Cuando las primeras naves del Caos, las más pequeñas y rápidas obviamente, llegaron a la atmósfera terrestre, los escudos de defensa y contraataque que guardaban el pequeño planeta azul se activaron, y el último contingente humano, con el Paladín del Emperador a su frente, comenzó la gran batalla contra el Mal... ahora sólo quedaba una cosa, y debía ser elegida entre estas dos: o morir defendiéndose, o morir entregándose. Y la segunda opción jamás, jamás, jamás, hubo cabido en el vocabulario ni la mente de los valientes que lucharían por la Humanidad hasta el mismísimo Final de los Tiempos...

Los cazas ardiendo en el éter parecían estrellas fugaces derritiéndose y desparramándose en el cielo naranja del ocaso. La luna, a la luz brillante y grana de un cansado sol, se tiñó de la sangre que se derramaría allí abajo, y sobre el aire. Y el sol, roto y henchido de dolor, se oscureció ante la sombra de las cien mil naves caóticas que copaban los cielos, el cosmos, y una bóveda que ahora sí, era finita como el perfume de una flor. La tierra tembló... y con el temblor, vinieron el dolor y el temor.

El dolor... y el temor.

Continuará...


 

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