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20 de septiembre de 2013

Fraternalismo.

Las conversaciones, al fin y al cabo siempre son iguales. Y es porque no hemos avanzado mucho, o nada, en dos mil y pico años que es lo que ha durado nuestra Era hasta hoy. Repetimos clichés que han existido siempre, y que perduran. Estamos, lo miremos por donde se nos antoje, predeterminados por la doctrina del pasado; y la defendamos, sigamos, o arremetamos contra ella, ésta siempre existirá y nos seguirá condicionando, creando graves prejuicios que adoptar o refutar, según sea nuestro pensamiento o nuestra causa.

La gente, después de dos mil años hablando de lo mismo, se sigue sorprendiendo de lo que ellos creen que es paradójico o contradictorio. Cuando intrínsicamente no es así en absoluto, sino que, predeterminado el hecho o el pensamiento refutador por la doctrina del pasado, así lo ven aquellos que, aun sin saberlo, han adoptado dicha doctrina. En el supesto práctico dado: la afirmación nada vulgar pero completamente natural de "Yo soy creyente y de izquierdas", la gente (hablando siempre del adoptivo de la doctrina como "gente" en general pues son en verdad mayoría) flipa. Pero no se dan cuenta de que nada hay de contradictorio en ello. Al contrario, es lo que debiera ser... y no es. Por lo que, en la teoría es lo óptimo, mas en la praxis social, es sólo una utopía. Y es que están adoctrinados por el pasado, y el pasado es mentira. Voy a los hechos: el pasado español inmeditao es una dictadura (que no autocracia) de cuatro décadas de duración, fecundada por una guerra civil brutal, y de corte, según la ciencia, nacional-católica, o fascista. De derechas. El folklore dictatorial se ha estado retroalimentando de sus clichés (no originales, puesto que son siempre los mismos desde Julio César), que no tenían por qué ser ciertos, y que daban una idea subjetiva y partidista de sí mismo y de "lo demás"... todo esto de manera absolutista y sin lugar a réplica (fusilamientos, exilio, encarcelamiento... de "lo demás").

Dicho esto (que es así), según la doctrina del pasado (que es la misma que la del nacional-catolicismo español del Siglo XX), ser creyente es ser estrictamente católico; y ser un buen católico, y un buen creyente, conlleva la aprobación sin fisuras de la moral gobernante, es decir, fascista, de derechas. Por lo tanto la predeterminación, el condicionamiento, es total, y no permite (como no lo hacía en la práctica) la teoría antes afirmada: "Yo soy creyente y de izquierdas". Puesto que parete del prejuicio siguiente: "Los rojos son ateos". Cosa que no es cierta a nivel global peor sí desde el punto de vista de la doctrina del pasado, el folklore y la mente del adoptivo de estas dos cosas.

Ahora bien, sólo mostraré una prueba de que se puede ser creyente y de izquierdas, y cito para ello textualmente las Sagradas Escrituras: "Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad". [Hch. 4 : 34-35]

Por lo que, extrapolando esta refutación evidente de la doctrina del pasado en cuanto a este tema (religión-política), puedo no asegurar pero sí conjeturar con alto grado de certeza: todo prejuicio invocado por un pasado subjetivo puede ser refutado por una contradicción práctica que sea cierta en la teoría; y añado: todo prejuicio debería ser refutado, con un pensamiento innovador que, aun siendo antiguo, sea rescatado de la inopia de los tiempos, para hacer el espejismo de que, rompiendo con el pasado, avancemos tanto como sociedad como individuos... y nos dejemos de bobadas.
Y, para terminar y porque quiero quedar bien con la doctrina del pasado para no polemizar, además de considerar que soy sólo un hombre y no puedo cambiar un pensamiento aunque erróneo tan arraigado en quienes me rodean, acuño el término "fraternalismo" (que no comunismo): es el medio por el cual todos los individuos de una sociedad, manteniendo la propiedad de cuanto les pertenece porque Dios se lo permite, deciden voluntariamente compartir los objetos, los pensamientos e incluso la voluntad.

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