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6 de octubre de 2013

VyD XIV: BABILONIA



En capítulos anteriores... Las copas de la Ira

“Juan se quedó mirándome por un buen rato… con una sonrisa extraña en él aprobó el nuevo y flamante aspecto de la armadura blanca y dorada que me implantaron los Tau. Los Aun’i me dirigieron a un balcón, el más grande del Retha’va principal de su planeta origen… antes de salir a él, en el quicio de un arco de medio punto tres veces más alto que yo, pude escuchar la música que los Man’O’guar’i y O’Camaron’i tocaban en el gigantesco ágora a la que daba. Los sonidos y el ritmo se metieron en mi cuerpo, reverberando en mi pecho, acompasando mi corazón, henchido de un orgullo sano que jamás había sentido antes… me creí en peligro de caer en los abismales brazos de la vanidad, pero respiré profundamente y cerré los ojos. Los Aun’i parecían deseosos, casi ansiosos, de que saliera ahí afuera y dijera cuanto debía decir… pero antes una visión vino a mí… abrí los ojos el segundo preciso para indicarle a Juan, que aguardaba en la oscuridad, lo que estaba llegando a la pantalla oscura de mis ojos al cerrarse. Él vino sin que los Etéreos lo percibieran y tocó el hombro derecho de mi armadura… para vivir conmigo la visión… la visión de “Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de La Tierra”

Einhorn se vio de repente en el planeta que lo vio nacer: Sagrada Terra. Todo estaba destruido ya… las siete copas de la ira habían sido derramadas y el Tiempo de los Humanos había llegado a su fin. Las deidades del Caos estaban como locas, allí arriba, revoloteando alrededor del planeta, buscando al asesino de Khorne… y Khârn también, había regresado de su viaje en busca del Atalaya para llorar a su dios.
Juan estaba con él; pero eran como sombras, como espectros volátiles levitando sobre la destrucción, el fuego y el aire negro; y la vieron… vieron a la mujer sentada sobre las aguas, y su aspecto era abominable.

La mujer, que era el dragón primero, volaba también frente a ellos, y el mar era de sangre, y ella estaba ebria de esa sangre, que era la de los mártires y los santos… los inocentes muertos por seguirla, o a causa de todo el Mal y la muerte que ella provocó desde el principio de los tiempos hasta ese momento: el del Fin.
- ¿Qué estamos viendo…? – preguntó Einhorn a Juan, atónitos ambos ante dantesca imagen.
- Si tú no lo sabes, que eres de este tiempo… menos lo puedo saber yo…
- Mira…
Y vieron, y el ángel que había derramado la última copa se les apareció y les habló, y dijo:
- Venid.
Y al ir, fueron, y llevados al desierto vieron a la mujer vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, y de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones, y de la inmundicia de la fornicación; sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos.
[*Ap. 17: 1 – 6]
- Ella es Babilonia, la madre de las abominaciones… la representación del dragón, - les aclaró el ángel – y que monta a la bestia… el Emperador de la Humanidad, extinguidas ha tiempo las creencias verdaderas en el Creador del Universo, que es el Tau’va por el que luchan los jóvenes y lejanos Tau, se hizo “dios” para sus súbditos; como estaba escrito: se arrodillaron a falsos ídolos, hechos a semejanza de hombres y no de dioses por manos de hombres; y el peor de ellos era el que llamabas, cuando eras Templario Negro, Imperator. Esta es una de tantas causas por las que la Creación debía ser extinguida… - de repente, la figura del ángel empezó a tremolar, cerró los ojos, y finalmente desapareció ante ellos… desvaneciéndose para siempre.
Juan apuntaba en su memoria cada detalle: él sabía cuál era su misión: escribir las Revelaciones para avisar al mundo de por dónde vendría el Mal y cuáles serían sus engaños y sus caminos… para que Einhorn encontrara el libro más de 40.000 años después de ser escrito (y al mismo tiempo de hecho), y supiera que era el Atalaya: quien debía declarar el único modo de Salvación a… bueno, a los Tau… y no a la Humanidad, proscrita, idólatra y destruida… conminada al olvido, para jamás regresar.

- ¿Y qué debemos hacer ahora…? – Preguntó Einhorn al aire que no era.
- Luchar. – Resonó andrógina la voz del ángel en la cabeza del Atalaya; y la bestia rugió:
- Es nuestro Destino, Atalaya… ¡atácame si en verdad eres él!
La mujer, Babilonia, desapareció de los lomos de la bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos, y se encontraron ésta y Einhorn solos en el desierto… horizontes de fuego les rodeaban allá donde alcanzara la vista, incluso en la bóveda celeste, pintada de rojo sangre por doquier…

…la última batalla estaba a punto de comenzar…

Entretanto, los dioses del Caos, con Tzeench ahora que el Sangriento Khorne había muerto a la cabeza, bramaban de dolor al ver el fin sin Salvación en el horizonte de sus destinos… no habría futuro para ellos ya… y esta idea, la de perecer a pesar de haber servido a la por otro lado ídolo también Disformidad casi desde el origen de los días, les enfureció como nunca antes se les había visto airados.
Tzeench, apoyado por su conocimiento de los entresijos oscuros y tenebrosos del cosmos, rogó a su alma que le diera una última oportunidad de desatar su frustración.

Y los silbidos del Mal fueron escuchados dondequiera se extiende el Universo… y la Creación se tambaleó… todo excepto los dominios del Imperio Tau, que esperaban ajenos al tiempo, paralizados ante la salida del ‘alter ego’ de Einhorn al último balcón.

Nunca antes, como digo, se dieron tantas naves juntas en un punto del vacío admitido ahí afuera… y las hordas del Bien y las huestes del Mal fueron convocadas por igual: necrones, eldars y eldars oscuros, orkos, tiránidos… nadie quiso perderse la cita del Final…

La última batalla, por tanto y en verdad, sólo estaba a punto de comenzar.

…continuará.

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