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11 de febrero de 2014

Dentro de 40 años.



Buenas de nuevo, esta vez va una breve reflexión…

Pertenezco a la generación de los “nacidos en los 80” y, dentro de cuarenta años, nos preguntará la periodista de turno que nos encuentre divagando en un banco del parque haciendo un reportaje acerca del signo de los tiempos: “¿Cómo se vivía hace cuarenta años?”; y nosotros le responderemos con ojos biónicos y prótesis biomecánicas en las caderas:

Verá hija mía, en 2014 éramos más pobres que en 1994, y eso que era nuestra generación la que trabajaba, quien tenía trabajo claro, no la de nuestros padres que, según ellos, las pasaron muy mal con lo de la transición y todo eso. Se dio un fenómeno que se llamaba pobreza energética, y era que, con lo poco que teníamos del paro o de nuestros miserables sueldos fuera de convenio, o comprábamos comida para nuestros hijos o encendíamos la calefacción. Recuerdo aquel invierno frío en que encendíamos el calefactor lo justo en la habitación que íbamos a estar… pero que no servía de nada, porque subieron el impuesto sobre la electricidad haciendo imposible ahorrar. Pero, aparte de la política y la economía, que fueron un desastre total desde ese Zapatero que negó la crisis y ese Rajoy que mintió para llegar al poder y se inventó un montón de leyes injustas con la clase obrera, hubo cosas buenas: los valores de ahorro, educación y acostumbrarse a lo que uno tiene que se creyeron perdidos con las generaciones nacidas en los noventa y primeros años del Siglo XXI, regresaron, ya que nuestros hijos tuvieron que aprender a vivir con lo mínimo, igual que nosotros en los ochenta. Aprendimos que un título universitario no valía nada en España, por lo que nos formamos en idiomas por necesidad más que nada, y nos hicimos menos clasistas y más solidarios porque un médico era igual de pobre que un friegaplatos. De hecho, la mayoría de los friegaplatos tenían el título de medicina, sabe usted. Fue una época muy interesante y de grandes proezas sociales que no llevaban a nada debido a una mayoría absoluta que se convirtió en una dictadura encubierta… todos los días salían distintos colectivos sociales y laborales a la calle, con pancartas, pitos y flautas, para reivindicar algo: los médicos la no privatización de la sanidad; los profesores y alumnos el no a los recortes en educación; los trabajadores de distintas industrias se negaron a participar en expedientes de regulación de empleo que los dejaban sin trabajo ni derechos… ah, y fue la primera vez que era imputada una persona perteneciente a la Familia Real… porque España no era una república, como ahora… había corruptos en la política y la empresa como hoy, y los edificios de Calatrava todavía estaban en pie.
Filosóficamente hablando, si me permite, lo único válido, repito, fue que la gente dejó de ser borregos sin conciencia social que sólo pensaban en amasar un dinero que nunca fue suyo; que los valores familiares se vieron ensalzados y reforzados como en los viejos tiempos; que la generación con más estudios se remangó y quitó los anillos para limpiar calles y servir en comedores, mostrando que valían para algo más de lo que los dirigentes querían; y que la crisis supuso algo bueno que, sin ella, quizá jamás se hubiera dado: que el ciudadano medio despertó, planteándose cosas de su mundo que nunca antes le habían creado incertidumbre; y que aprendimos a ser humanos, individuos pensantes, a través de la autocrítica, la generosidad y la iniciativa por saber más y no volver, nunca jamás, a sentirnos engañados por quienes manejan los hilos de los que, lamentablemente, pendían nuestras vidas.

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