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27 de febrero de 2014

R.A. 4: Los árboles tienen ojos.



 
“Había dejado de llover tan sólo unas horas antes. Un carro había perdido su rueda izquierda al pasar por la calle de la Taberna de Edward, al encallarse ésta en un profundo charco que se había formado entre los desgastados y quebrados adoquines. Los gatos, acurrucados para protegerse del frío, dormían en un tejadillo sito en la parte de atrás de la cocina. Y Sören fumaba pacientemente contemplando la danza seductora y alegre del fuego frente a su anciana mirada, anclada en un punto lejano de su vasto pasado. Hacía frío siempre que dejaba de llover, por lo que la cerveza tibia era el elixir favorito de las gentes de Grunburg en anocheceres como aquel.
Una misión diplomática élfica había llegado a la ciudad; y la presencia de éstos en la taberna, bebiendo hidromiel en una mesa apartada, que era objeto de las recelosas (cuando no temerosas) miradas de la parroquia, trajo a la memoria del anciano lancero y cuentacuentos una historia sobre el bosque y los Elfos que de pequeño aprendió…”

Hubo un tiempo en que los Elfos decidieron recorrer todo el Viejo Mundo, de bosque en bosque, y de arboleda en arboleda para “reconocer” a los árboles y las plantas; con el fin de determinar si, de igual modo que en su tierra de origen, la flora de todo el planeta sentía el mismo aprecio, por no decir amistad, por ellos.
Así, un buen grupo de Elfos Silvanos, cuando Bretonia sólo era el sueño de algún jefe tribal humano de unificar a todos sus grupos en un único reino, llegó a Reikwald desde el sur. El Imperio, por tanto, tampoco existía… y el bosque se hallaba completamente virgen y sin haberse talado ni un solo árbol para construir una simple cabaña en los meandros del luengo Río Reik.

La élite de la vieja estirpe de Arahain, con el Capitán de los Exploradores Érodurn al mando, se adentró en Reikwald tratando de comunicarse con los árboles desde que pusieron allí el primer pie. No obstante, los árboles se negaron en principio a hablar con ellos.
Al contrario que la flora de Loren, para la de Reikwald aquellos seres gráciles, sigilosos y sombríos, era unos completos desconocidos. Por lo que los árboles decidieron ser cautelosos al desconocer el motivo de su internamiento en “sus” dominios.

Pero no sólo los árboles se preguntaron qué hacían allí… el viejo Chamán Arg y el Caudillo Mer-Haik, ambos dirigentes de una de las manadas del sur, les siguieron la pista desde el comienzo. Tratando de averiguar primero qué eran aquellos seres que estaba claro no eran Humanos, y segundo qué querían del bosque, de su bosque.
Mer-Haik resolvió matarlos a todos en cuanto llegaran a un punto desde el cual no pudieran escapar de la frondosa foresta. Pero Arg le disuadió, no sin antes discutir, rugir y mostrarse mutuamente las garras y los dientes, proponiendo un plan alternativo.
Por aquel entonces el bosque era amigo de los Astados: cada árbol, cada miembro del todo que Reikwald significaba, conocía perfectamente a las criaturas que habitaban y solían merodear a su alrededor cada día. Ayudado de este hecho, Arg “habló” con un viejo fresno que había sido amigo suyo desde la niñez, y lo convenció de las malas intenciones de esos “susurradores que sólo deseaban engatusarles para luego quemarlos o talarlos”, como solían ser los deseos de los Humanos, y ya que tanto se parecían éstos a ellos.

Por medio de la brisa, los árboles de Reikwald, alentados por el Chamán de los Hombres-Bestia, se pasaron el mensaje de destrucción y expulsión inmediata del comando de Elfos Silvanos que había penetrado el bosque. Y, a pesar de todo, Mer-Haik movilizó a su tribu a emboscarlos… por mucho que los árboles asustasen a aquellos “loquefueran”, ellos tenían hambre y nunca estaba de más para un Astado probar un buen bocado de carne nueva y fresca.

Érodurn ordenó que la compañía se detuviese, formase en círculo y aumentase la atención… un murmullo de las hojas le puso en alerta: aquello no pintaba bien.
- Estos árboles no son como los de nuestro Sagrado Loren. – Dijo en susurros a Edwin, un subordinado, y aguantó la respiración.
En ese momento algunos de los árboles que los Elfos tenían en derredor comenzaron a mover sus ramas como si fueran brazos, y las más delgadas como dedos alargados y sarmentosos. Incluso alguno de los Elfos pudo distinguir cómo, en la gruesa y oscura corteza de los troncos más gruesos, se dibujaban rostros de grietas cuyos ojos y fauces rezumaban resina brillante y pegajosa, como si llorasen o babeasen ante su presencia.
Érodurn quiso mantener la calma de los suyos:
- Tranquilos… no pueden hacernos daño… - entonando después una canción, como un hechizo, que solía apacentar a los árboles del lejano y hogareño Loren.
Pero los Elfos menos experimentados ya habían empezado a experimentar auténtico miedo allí. Con cada movimiento; bien leve o bien brusco; bien insonoro o bien de madera resquebrajándose; de las encinas y los carrascos, el pulso de los exploradores se aceleraba más y más, minado su entereza. En concreto la de Azuel, quien cuando una rama sin hojas le rozó con su arista la capucha verdegrís, soltó un afeminado alarido y, presa del temor más que de la sensatez, cortó una rama con su machete…
…hecho que no hizo más que enfurecer a los árboles, y dar certeza a lo previsto por el astuto Arg.

Los árboles se les echaron encima: chafándolos con sus gruesas raíces, hiriéndoles con sus afiladas ramas… poco podían hacer las hojas de sus aceros contra el poder milenario de los cuerpos vegetales. Hasta que sólo quedó uno con vida: Érodurn.
Un grupo de árboles empezó a zarandearlo; y a empujarlo utilizando sus ramas como brazos pasándoselo de uno a otro en un juego macabro… juego que terminó con el gruñido de Mer-Haik.
Los árboles cesaron su ataque y el Caudillo se plantó ante Érodurn, que temblaba de terror en el suelo ante la presencia de un ser que no había visto antes y que su mente catalogó de demonio en el instante.
Mer-Haik resopló e hizo caer un garrote con pinchos de hueso sobre la cabeza del Capitán Elfo, asesinándolo en el acto.

Los Astados esa noche probarían, haciendo un gran banquete en torno a un hipnótico fuego, por primera vez la carne élfica… con el deseo de darse cuanto antes idéntico festín.

Continuará…

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