Páginas vistas en total

11 de febrero de 2014

R.A.2: Hanzel y Gretel



“Sören se frotó los artríticos dedos frente a la hoguera, recién encendida, en el rincón de siempre de la taberna donde solía contar sus historias… algo le dijo en el frío insistente y profundo que sentía en las articulaciones que ese sería su último otoño. Si llegaba a la primavera, se podía dar por afortunado. No obstante, el humo de la pipa, dibujando volutas y formas mágicas en torno a su rostro, le rodeaba y enmarcaba, como la bruma se levanta en las mañanas invernales de las entretelas de Reikwald, el bosque de Nebelsohn.
Un grupo de Enanos, maestros canteros, habían llegado a Grunburg aquella mañana. Iban en dirección a Kislev por algún extraño asunto y, aunque en algún tiempo los Humanos y los Enanos fueron acérrimos enemigos, el Gobernador de la pequeña ciudad de El Imperio no iba a permitir que les tildaran de inhospitalarios. Los Enanos, dados a ese tipo de historias y leyendas, guardaron silencio cuando Sören empezó a hablar, sosteniendo o apurando grandes jarras de cerveza tibia que Edward servía como cada anochecer… sus manotas grandes y enguantadas con telas toscas y coloridas contrastaban con el tamaño de sus cuerpos, compactos y gordos como tocones olvidados.
Ya los chicos de siempre, que no tenían otra diversión nocturna que escuchar a los viejos hablar del pasado, se daban codazos por sentarse lo más cerca posible del fuego, al otro lado de la silla de Sören, el que cortó el asta de Nebelsohn, y llegó a ser Gran Capitán de los Lanceros del Emperador…”

Altdorf es una fortaleza impresionante que se sitúa al este de la desembocadura del afluente del Río Reik que baja de las Montañas Grises, al norte de Parravón; y que pasa por Auerswald y por la misma Grunburg, ciudad de nacimiento de nuestro anciano cuentacuentos. Las Montañas Grises también hacen de frontera con Bretonia; de hecho, Parravón es el último bosque bretoniano por ese flanco. Frente a las murallas de Altdorf, el Río Reik se parte en dos, y la lengua que va al norte es conocida como Río Talabec, perdiéndose en las lejanas e inhóspitas fronteras de la Marca Oeste, u Ostermark.
Cuando se dio esta historia, siendo Sören sólo un niño, Altdorf no era más que un pueblo grande… no tenía nada que ver con la imponente ciudad cosmopolita que es en nuestros días. Los primeros pobladores, igual que hoy, no temían a los Astados: curtidos en innumerables batallas contra ellos, se adentraban en el bosque en busca de madera y piedra siempre que podían para construir su hermosa urbe, reto que, sin duda, lograron al final… no obstante, entre todas esas historias de gentes valientes y decididas, también se cuelan oscuras leyendas donde los Hombres Bestia ganaron la partida… una de las más escalofriantes, y conmovedoras, es la de los hermanos Hanzel y Gretel…

Hanzel y Gretel pertenecían a una familia inmigrante de las aldeas de Laurelorn, que había viajado a Altdorf con la esperanza de transformarse en un linaje más de los fundadores de la creciente ciudad ribera. Pero, al llegar allí, sólo encontraron miseria: la misma que creyeron dejar atrás, y se convirtieron en un apellido más que sumar a los pobres que vivían junto al río, en un gueto aparte del casco antiguo del burgo. Una noche, Hanzel y Gretel, mellizos que contaban con unos ocho años de edad, escucharon a sus padres decir que no tenían qué darles de comer… por lo que, lamentándose pero decididos, los dos niños decidieron adentrarse en el bosque en busca de alimento para ellos y sus amados progenitores.

A la cuestión de cómo regresarían a casa tras escaparse, y tras robar un trozo de pan duro en una de las chabolas adyacentes a la suya, Hanzel resolvió ir tirando migas de pan por el camino. Irían a donde hubiera comida, recolectarían lo que pudiesen portar en los bolsillos y los zurrones y, de regreso, recogerían las migas y saldrían de nuevo al vado donde se situaba el asentamiento ilegal.
Con tal plan, se adentraron en Reikwald pasado el mediodía… pero no repararon en que, conforme ellos iban dejando las migas de pan, las aves del bosque se las iban comiendo. Horas más tarde, y cuando los zurrones estaban repletos de bayas de colores, de sabores deliciosos que Hanzel y Gretel habían probado hasta saciarse, decidieron regresar antes de que el crepúsculo, rojo y frío como la sangre de un cadáver, se les echara encima y no pudieran ver… pero, cáspita, las migas ya no estaban allí… no podían seguir un rastro que había dejado de existir.
Presas del pánico trataron de tranquilizarse; como los niños que eran, no sabían que el musgo de los árboles está al norte, que Altdorf también estaba al norte del bosque, y que, si seguían la cara del musgo, llegarían al río, y que siguiendo la corriente de éste, llegarían a la ciudad en cuestión de minutos… una sombra, que emitió un sordo quejido, pasó por su espalda una vez. Los niños, temblando de miedo y con el frío creciendo en el cielo cada vez más oscuro entre las copas de los altos y frondosos cedros y robles, se apretaron el uno contra el otro junto a una peña desnuda y gris.

Entonces apareció él… un gor de mirada penetrante y naranja, brillante como el sol que se diluye en el mar al atardecer, y se les acercó lentamente, resoplando y distinguiendo los aromas de los dos chiquillos en el límpido aire de su querida morada. Hanzel apretó una piedra pequeña en su mano derecha y Gretel chilló como la niña asustada que era. El gor era el Caudillo Thurnot, jefe de las manadas de esa sección septentrional de Reikwald, por lo que tenía adornos de metales preciosos y joyas en las rastas y los collares.
Hanzel le lanzó la piedra con todas sus fuerzas y ésta impactó en el morro del astado, sin ninguna consecuencia. Thurnot emitió un sonido que ellos sí entenderían que era una risotada. Para los Humanos, sólo se trataría de un gruñido más. Pronto, avisados por el chillido de Gretel, se juntaron unos cuantos gors allí… la niña se desmayó y su hermano se encomendó a todos los dioses que conocía… cuando un astado quiso abalanzarse sobre la carne fresca, Thurnot se lo impidió con un potente puñetazo que le desencajó la mandíbula.
- Son míos. – Dijo en su grotesca lengua de bestia.

Al día siguiente, en el vado de Altdorf y con los primeros rayos del alba, aparecieron empaladas las dos calaveras… pequeñas y sin un resquicio de carne pegado al limpio y brillante hueso.
Como no habían dormido en casa, y los habían estado buscando toda la tarde y parte de la noche, sus padres supieron en seguida que se trataba de sus amados Hanzel y Gretel.

Continuará…

No hay comentarios:

Publicar un comentario