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18 de febrero de 2014

R.A.3: El arcabucero loco.

Tarkghur, chamán de Reikwald
"La lluvia aguera arreciaba con otoñal ímpetu. Los clientes, una vez los Enanos se hubieron marchado esa misma mañana; volvían a ser los de siempre. Entraban por grupos quitándose las copas en el espacio de delante de la puerta, a ambos lados se repartían las mesas frente a la barra, corta y sin banquetas, que era la antesala de la olorosa y cálida cocina. El suelo de madera donde en esos momentos un sacerdote guerrero espolsaba su capucha de gruesa piel blanca, se encontraba encharcado y con las tablas encombadas.
Sören empezó a hablar, y los de las mesas más próximas callaron... nada mejor para una noche de copiosa lluvia que una buena historia..."

Los trabajos de la muralla sur de Altdorf habían finalizado. Su Capitán les había ordenado aquella mañana que partieran hacia Grunburg de inmediato: necesitaban arcabuceros allí arriba, en el claro que el afluente hacía en el bosque, debido a las últimas incursiones de Astados en el aserradero y los talleres extramuros. El camino hacia Grunburg se hallaba en la vera izquierda; siguiendo la corriente; del río... por lo que ellos, cuesta arriba, lo tendrían a la derecha. No le habáin puesto nombre, pero solían llamarle el Arroyo de Auerswald; por ser ésta la primera población por lo que pasaba el agua.
Grunburg estaba a unas cien millas de Altdorf; por lo que tardarían, caminando a buen paso pues no disponían de caballos, unos tres o cuatro días como mucho para llegar. Cuando el sol naranja se diluía en el Río Reik, al oeste, decidieron acampar en un meandro: alcanzarían el Arroyo de Auerswald a media mañana el día siguiente.
- No os acerquéis demasiado a los árboles, - ordenó el jefe de expedición de la guarnición de arcabuceros desplazados - son amigos de esas bestias inmundas.

Con la luna, cuarto menguante Morrslieb sobre las copas de los cedros y las encinas, ya luciendo en el estrellado cielo de un azul eléctrico; los centinelas montaron la primera guardia observando, con cierto temor a pesar de sus poderosas y ruidosas armas, las espeluznantes formas antropomórficas de los fantasmagóricos árboles... los primeros gruñidos, y la visión de algún metal brillante entre la maleza, hicieron saltar la voz de alarma.
Al tiempo que los durmientes, todavía en el primer sueño, despertaban, decenas de Astados guiados esta vez por el poderoso Takghur, chamán del rebaño, atacaron a los centinelas y, habiendo bajas en ambos bandos, se adentraron en el campamento iluminado por antorchas y el reflejo de Morrslieb en las susurrantes aguas del Reik. Los disparos se mezclaron con los alaridos, algunos de terror por parte de los Humanos, y otros de dolor por parte de los Astados caídos...
...tras escasa meisa hora de enfrentamientos; superados en número, los imperiales claudicaron sirviendo de jugosa cena a los gors y bestigors allí desplazados. Todos menos uno: Björn Verrückteleiter.
- Traédmelo aquí. - Ordenó Tarkghur a los bestigors encargados de dejar, previo plan del chamán, a uno con vida...
Ante la imagen del hechicero: un Astado enjuto de hocico largo y delgado, vestido por decir algo con pieles de jabali, y con la cabeza de este animal, vaciado y disecada como tocado a la vez que yelmo, Björn se orinó leteralmente en las mallas. El arcabucero tragó saliva y se esforzó por evitar desmayarse: no podía ni imaginar qué locuras harían con él una vez inconsciente... las pesadillas sobre los Astados hablaban de escenas grotescas y terroríficas.
Mientras el rebaño y los guerreros se comían a sus compañeros, crudos o asados según el gusto de cada cual, a él lo ataron a una equis hecha con dos troncos delgados clavados en la arena de la ribera. Algunos gors tiraban trozos de carne al río y reían viendo cómo las pirañas se peleaban para acabar con la carne, que parecía hervir en sangre cuando los peces acudían. Tarkghur asió el cráneo de Björn con ambas garras, cerró los ojos y elevó un hechizo al aire fresco y limpio...

...tres días más tarde, un atalaya de la avanzadilla norte de Grunburg vio acercarse, tambaleándose y medio muerto de inanición, a Björn Verrückteleiter por el camino del Arroyo.

Pasaron dos noches hasta que, en enfermería, dieron por finalizada la curación de Björn. El Capitán de la sección de arcabuceros de la floreciente ciudad, le presentó a sus compañeros y le hizo un sitio en la nave de literas. A la mañana siguietne se uniría a los trabajos de entrenamiento que, diariamente, llevaban a cabo lo ssoldados para mantenerse en forma y atentos. Nebelsohn, el Centigor inteligente Señor de esos bosques, siempre andaba tramando algo... y los habitantes de Grunburg sabían que no podían confiarse.

Todos dormían. Sólo dos hombres montaban guardia en la puerta de la nave, como parte de su misma rutina de turnos de vigilancia. Björn se hizo el dormido en su litera: la úlitam a la derecha de una fila de veinte, hasta que dedujo que los demás anduvieran en brazos de las hadas del sueño. Descendió por los cuatro peldaños de madera al suelo y, con sigilo y los ojos brillándole con una voz malévola, tapó la boca a su compañero de litera antes de hundirle el filo de un cuchillo enrobinado y desafilado en la garganta. La almohada se empapó de sangre en cuestión de segundos. Björn se giró cuando el otro dejó de forcejear por una vida ya perdida, y, obviando por meros motivos del silencio contra el ruido al de arriba; hundió de igaul modo, boca tapada, el metal donado por los Hombres-Bestia en el cuello del durmiente abajo.
Así, repitió la operación dieciocho veces más: asesinando con escrupuloso y conseguido silencio a todos los arcabuceros que dormían en los colchones inferiores de su fila de literas.

Cuando fue a acabar con el tercero de la otra fila, el hedor a sangre despertó a uno que, al verlo cuchillo en mano y con el gesto desencajado por la locura, dio la voz de alarma en grito.
Los lanceros de la puerta entraron y alguien prendió alguna antorcha...
Björn se quedó en el rincón de la izquierda del barracón conforme se entraba, acorralado por los supervivientes ebrios de rabia.
- ¡Luchémoslo! - Gritó uno. Y Björn soltó un grito de guerra más propio de los Astados que de un Humano:
- ¡Waaaaagh! 
Atacano de súbito al primero que tenía delante, clavándole el cuchillo ensangrentado; como su camisón y brazo derecho, que chorreaban creando pequeños charquitos; en el pecho.

Después, todos se abalanzaron sobre él y a golpes lo mataron. Dijeron que estaban loco... que fue una increíble tragedia... y a partir de esa noche los guardias entrarían en el barracón cuya puerta vigilaban con cierta frecuencia, con el objetivo de que esperpentos así no se repitieran.

A ciento cincuenta millas de allí, Tarkghur reía a carcajadas frente a un cuenco de barro con huesecitos de cervicales de ganado espercidos adentro, ilumkinado por antorchas en su tienda: hecha con dos pliegues grandes de piel rojiza extendidos a ambos lados de una rama gruesa del árbol central del "campamento" de los gors que dirigía. Su plan había salido a la perfección... y no dudaría en repetirlo en cuanto se le volviese a presentar la oportunidad... los Dioses del Caos, a partir de esa noche, le favorecerían grandemente.

Continuará...

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