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25 de marzo de 2014

R.A. 8: El laberinto del minotauro.

“Sóren pareció más cansado que las noches anteriores. Últimamente los fríos otoñales se le clavaban con mayor ahínco en la espalda, y tenía dificultades para dormir bien en la barraca de veteranos del Glorioso Ejército del Imperio, en su Grunburg natal. Edward le aconsejó que se tomara todo el tazón de caldo de ave y limón, y que no pasaba nada porque aquella noche no relatara una de sus historias. Pero a Sören, lo que le daba la vida, no era el caldo caliente, la calidez de un buen fuego, o los masajes de los sanitarios que visitaban el barracón como a los otros… sino los rostros, y sonrisas y gestos de miedo o asombro, de los jóvenes que se sentaban, noche tras noche, al otro lado de la hoguera para escucharle a pesar del horario, las sombras y los fríos. Tosió hasta que una lágrima se le quedó suspendida en el rabillo del ojo derecho tras una larga calada a su pipa. Aquella noche, de vientos casi huracanados que mecían los frutales desnudos entre el muro de Grunburg y el Arroyo de Auerswald, pocos habían tenido la osadía de salir a tomar una cerveza tibia, o comer un buen cacho de venado asado, en la siempre concurrida taberna de Edward.
No obstante, y reinando con el permiso del chisporroteo de la leña ardiente, un silencio algo melancólico y plomizo en el aire del restaurante, el viejo Sören contó su enésima pesadilla vivida tiempo atrás entre Hombres-Bestia...”

Thesseus era un joven lancero que se integró en la compañía de Sören cuando a éste lo ascendieron a Capitán. Nebelsohn seguía matando a un soldado imperial cada aniversario del corte del cuerno; y las incursiones de los Astados en los edificios ex puertas de Grunburg se daban periódicamente; pero el tesón de Sören por convertirse en un buen soldado, y defender los intereses del Emperador así como las libertades de los Humanos frente a esas abominaciones fruto del Caos, no había menguado en absoluto. El regimiento que tenía a sus órdenes estaba mayoritariamente compuesto por muchachos de Grunburg, pero Thesseus y su hermano Cástor eran de Ubersreik, y se les reconocía por ese fuerte acento montañés amén de la rudeza característica, incapaz de ser escondida u obviada, que definía a las gentes que se criaban en las faldas y picos de las Montañas Grises.
A los pocos meses de que los dos hermanos montañeses se pusieran bajo el mando de Sören, sobresalieron en determinación y resistencia… aunque también en su carácter impulsivo y, de vez en cuando, temerario.

Ese mismo año, y sin que ello en realidad tuviese relación directa con la lucha por el control de Reikwald; todavía hoy bajo el poder de los Hombres-Bestia y sus feroces caudillos; se dio una de las mayores purgas de herejes en el Imperio. Los herejes de Signar, acólitos de esquivas sectas que, extrañamente para la mayoría, estaban fervientemente en contra del poder autoritario del Emperador y su Dinastía, fueron perseguidos, encarcelados y, tras juicios sumarísimos repletos de torturas y confesiones forzadas, quemados o ahorcados en plazas públicas a lo ancho y largo de los dominios Humanos.
Una de las prácticas habituales de los herejes era la brujería. Esta brujería, si se empleaba a favor de los intereses bélicos y geopolíticos del Imperio, era un don… en cambio, si se utilizaba para el beneficio individual o para alzarse en contra de los poderes establecidos, era tachada de apostasía y, por lo tanto, ajusticiada con fuego o soga.
Ariadna vio cómo quemaban a su padre, Björn Skywalker, en la Plaza Mayor de Grunburg tras ser acusado de uso de la brujería contra el Gobernador de la ciudadela… el círculo de amistades de Björn, en cambio, siempre pensó que la acusación tenía un carácter político. El Gobernador detestaba a Björn desde su juventud; y aquello tenía toda la pinta de una vendetta. Lo último que hizo Skywalker antes de expirar por el efecto del fuego, fue sonreír a su hija y, sin voz, permitir que ella le leyera los labios: - Lucha por tu libertad, hija mía… te amo.
- Yo también. – Susurró Ariadna y los ojos de Björn se cerraron para siempre.

Un par de semanas después, los lanceros de Sören se vieron enzarzados en una violenta emboscada en Reikwald cuando estaban en misión de reconocimiento. El Imperio utilizaba este tipo de misiones para hacerse un mapa, o lo más parecido a él, del territorio real que abarcaban los temibles y voraces Astados. Los gors les superaban en número y, cuando la batalla parecía estar pareja gracias a la habilidad y valentía de los Hombres, un minotauro de condenación, gigante y fiero, apareció de las tinieblas verdes de la foresta, provocando que cundiera el pánico entre los soldados. Para cuando Sören quiso dar la voz de retirada, la mayoría de sus valientes habían caído.
Thesseus vio, con tristeza y dolor, cómo el hacha oxidada del minotauro cercenaba el cuello de su hermano Cástor… quiso correr hacia él, atravesar con su pica el pecho del monstruo, pero su Capitán ya tiraba de él; y corrió hacia el claro, hacia el final del bosque, para comprobar colmado de consternación que sólo habían sobrevivido ellos dos al brutal y desprevenido ataque. Siguieron pues corriendo hasta llegar a las puertas occidentales de Grunburg, atravesando el Arroyo de Auerswald por el Puente Nuevo.

Aquel fin de semana, cuando todavía Edwin, el padre de Edward, regentaba la famosa taberna, Thesseus entre cervezas y yerba de Estalia, conoció a la bella y abrumadora Ariadna.

Tras el enamoramiento, y que el lancero olvidara sus penas, se dio una extraña relación definida por el capricho, el sexo y la pelea. Así, sin que Thesseus creyera nunca que pudiera haber nada más en las súplicas majaderas de la bellísima, y loca, Ariadna, éste aceptó el pacto que ella le brindaba:
- Te prometo por Signar, y por el Honor del Imperio, que si me traes la cabeza de un Astado, nunca más volveré a llevarte la contraria… y me volveré la esposa sumisa y cariñosa que tú deseas; para que sea Thesseus la envidia de todos los hombres.
- Júramelo…
- Te lo juro. – Y Thesseus fue a buscar la cabeza del gor que le solicitó, seductora y semi desnuda, la voz hechizante de su dama.

No dijo a nadie a dónde iba. Incluso evitó a un par de centinelas que charlaban distendidos cerca de la puerta occidental. Y entró en Reikwald armado con un escudo de mano y su fiel pica, con la cual era el más hábil de los muertos de Sören. A cada paso que daba entre los arbustos, tratando de no hacer demasiado ruido al pisar la hojarasca, el silencio entre las ramas bajo el sol era más y más profundo. Aquella quietud, lejos de consolarle, aumentaba el miedo en su corazón. De pronto se vio rodeado de altos y robustos árboles; creyendo que las ramas se movían, que con el estremecimiento de las verdes hojas los árboles se comunicaban que había un extraño entre ellos.
Como sólo era capaz de escuchar el latido de su propio corazón, agigantado el sonido bamboleándole las entrañas, no reaccionó ante la presencia, majestuosa, del minotauro a su lado… cuando quiso izar el asta de la pica para defenderse, la bestia mitad hombre mitad toro lo partió en dos con su grotesco hacha.

Mientras tanto, en la copa de un haya cercana, Ariadna reía a carcajadas. Entretanto que el minotauro devoraba la carne de Thesseus, Ariadna regresó a Grunburg, volando de rama en rama.
Aquella misma noche; y preguntándose algunos en la taberna qué había sido del joven lancero; Ariadna enamoraba a otro soldado con sus femeninos, y crueles y vengativos, encantos…

Continuará…







Ariadna y Teseo

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