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7 de marzo de 2014

R.A.5: El Huérfano. pt. 1.

"Hacía pocos minutos que el Sol se habái diluído en el Oeste, sobre la inmensidad de copas de árboles de Reikwald frente a la muralla de Grunburg. Había estado lloviendo toda la mañana, pero la tarde había sido lúcida y, cuando asomaba Morrslieb en el cielo todavía de un azul oscuro y marítimo, cálida bajo la pálida luz del Astro Rey. Alguien en la taberna comentaba que, de qeudarse rasa la noche estrellada y eléctrica, helaría al alba y los estrechos y escasos campos de la ciudadela amanecerían blancos y vitrosos de escarcha. Los huesos de Sören temían las primeras heladas matutinas de aquel interminable, rojo, naranja y de hogueras prendidas otoó en el Viejo Mundo. Para evitar que la humedad y el frío se le calasen en la maltrecha espalda, doblada sus fajas y no se separaba de ese fuego: el que eternamente lucía prendido en al posada de Edward, frente al cual llenaba el aire caliente de su voz; que difuminaba leyendas, pesadillas e historias..."

Símbolo de Nurgle

Aunque los Humanos no habían visto jamás uno, y muchas de sus leyendas verdaban de que, al ser seres con cierta "naturaleza caótica", nacáin de manera mágica y no de una forma "natural" siendo mamíferos como en realidad eran, había niños y mujeres Astados entre los rebaños y las manadas que poblaban el anciano y verde bosque.
Normalmente; y para que los pieles-rosa no pudieran atacarles, mermando así la reproducción en primera estancia, y el número de guerreros adultos pensando en el futuro de la especie; las Mujeres-Bestia y sus proles viváin en los lugares más recónditos, espeso y oscuros, de Reikwald. Allí donde esos pérfidos Humanos no pudieran llegar ni con uno de esos ruidosos cachibaches que llamaban "tanques".
Estos campamentos de cría, que solían ser pocos en número y muy extensos, además de fuertemente protegidos por huestes de Bestígors, no cambiaban de sitio a expensas de motivos de fuerza mayor... pero aquella primavera, cuando Sören era todavái un lancero de primera al que Nebelsohn, el Centígor gris, había jurado venganza, las lluvias torrenciales que desbordaron el Arroyo de Auerswald e incluso el Río Reik a su paso por el meandro de Altdorf, inundaron uno de estos sitios que los Astados utilizaban para mantner a salvo a sus cráis y hembras.

El agua creció y creció en la hondonada, presidida por un conjunto de sauces qeu dibujaba media luna desde el cielo, logrando que muchas de las tiendas confeccionadas con pieles sobre frágiles estructuras de palos y ramas se derrumbasen y comenzaran a flotar en lo que ya era una laguna.
El Caudillo encargado del campamento ordenó a los centinelas gors y bestígors encargados de la seguridad, qeu organizasen el traslado inmediato a un lugar más alto y apropiado dentro siempre del bosque, que les había protegido y habái sido su hogar desde el albor de los Tiempos.
Las madres y los guerreros cogieron en volandas a los más pequeños; mientras que los jóvenes ayudaban a los niños a escapara del torrente, siempre en crecimiento, subiendo en filas más o menos ordenadas los barrancos que les separaban de un lugar seguro. Pronto se hicieron algunos grupos y, sin víctimas gracias a Khorne, el grueso del rebaño pudo salir de la hondonada que, anegada, se tiñó de un verde fangoso con los enseres, las pieles y demás pertenencias inútiles de los Astados flotando entre el repicar, incesante y frío, de la lluvia primaveral sobre la superficie desigual del agua.

Baar-Akjuar era sólo un muchacho delgaducho y de cortos cuernos grises por aquel entonces. Su madre y su hermano pequeño iban delante de él en la fila india que, uno de los grupos en los que se hubo dividido el gran rebaño, se deslizaba como una serpiente de gente entre la espesura de Reikwald.
Azrog, el Capitán Bestígor que el Caudillo había puesto al mando del grupo, sabía que estaba caminando demasiado cerca de los lindes considerados Humanos; ya que Altdorf se encontraba a escasas millas de allí y ya era una ciudad tumultuosa y escandalosa; por lo que caminaba al frente, lenta y prudentemente, olisqueando el aire mojado en busca de cualquier presencia enemiga.

Por su parte, Ulrich van Bommel, Jefe de los leñadores de Altdorf, se había desplazado junto con sus hombres al aserradero sito más al sur (y más internado en el bosque), pues éste se había inundado y querían recuperar las herramientas y maqueinaria antes de que fuese demasiado tarde y las corrientes del crecido y violento Río Reik las arrastrasen perdiéndolas para siemrpe.
Un grupo de arcabuceros acompañaron a van Bommel; por si a los Astados les daba por aparecer...

Arzog detuvo al grupo: había Humanos cerca. Habían estado caminando hacia el norte durante un buen trehco y, aunque el resto de grupos se había desplazado al este, él no habái hallado un desfiladero seguro por el que avanzar y encontrarse con los suyos para elegir el nuevo emplazamiento en las arboladas colinas. El río grande estaba muy cerca, y debían girar hacia la derecha, hacia el este, si deseaban no acercarse demasiado a Altdorf con el peligro que ello conllevaría... los Humanos se estaban acercando desde el norte: su peste debajo de los aromas del bosque que la lluvia cambiaba o aumentaba, formando crisoles de fragancias en sus fauces, se lo aseguraba. Ordenó qeu los guerreros formasen en la vanguardia y que las hembras y los niños se escondiesen tras los arbustos y las peñas.

Un disparo de arcabuz mató al primer gor víctima de los crueles pieles-rosa. Los Astados cargaron contra el comando del Imperio, que aguantó y disparó mientras los leñadores cargaban en sus carros el material del cercano aserradero. Poco pudo hacer el pequeño regimiento de guerreros Hombres-Bestia contra la pólvora y la estrategia... fue cuando los Astados supieron que habían sido vencidos que la madre de Baar-Akjuar le ordenó que corriese hacia el sur: en dirección opuesta a la violenta escaramuza. Él le gritó que no, pero la autoridad de su madre pudo más y, finalmente y entre llantos, huyó perdiéndose entre la lluvia que amainaba y la espesura del bosque.
A continuación se dio una matanza en Reikwald. Los Humanos asesinaron a sangre fría, bien a tiros bien con sus espadas y hachas (pues lo leñadores se sumaron a la sangriente orgía una vez los guerreros Astados yacían muertos), hasta al más pequeño de los legítimos dueños del bosque.
Baar-Akjuar pudo oler la sangre de los suyos correr como el agua desde la cercanía. Un alarido de rabia emergió de su rota y joven garganta; helando no obstante los corazones de los asesinos quienes, cobardes y ebrios de la sangre de sus víctimas, abandonaron el lugar regresando a la ignominiosa ciudad.

Se hizo la noche y la lluvia cesó por completo. Algunas nubes grises, blancas si Morrslieb las iluminaba de forma directa, salpicaban el negro tapiz del ancho cielo.

Baar-Akjuar continuó caminando al este, guiéndose por su agudo sentido del olfato una vez la humedad se posó quieta sobre el terreno, hasta encontrarse con el rebaño. Al verlo llegar solo y con luces de rabia y violencia prendiendo sus ojso de un azul brillante y profundo, los guerreros se interesaron por la suerte de Arzog y el resto de su grupo... durante y tras el relato de Baar-Akjuar los gruñidos de venganza se sucedieron...

El Caudillo del Rebaño avisó al Gran Chamán y, mientras se plantaban las primeras tiendas del nuevo sitio del campamento nodriza, el hechicero ungió al joven Astado formulando un anitguo y rudimentario conjuro... una invocación a los Dioses del Caos qeu lo maracaría para siempre. Con el objetivo de que aquel elegido, siendo todavía un adolescente, cumpliera justa venganza por la afrenta recibida...

Continuará...


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