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8 de marzo de 2014

R.A.6: El Huérfano. Pt. 2.

Por favor, lee antes:  "El Huérfano Pt. 1" 

"Sören hizo una pausa y puso más yerba de Estalia en su sencilla pipa. La prendió con parsimonia y dio dos amplias caladas de humo blanco e inspirador, frente al cálido fuego entrada ya la noche sobre los tejados de Grunburg. Los espectadores, sobretodo jóvenes esa noche, solicitaron a sus padres, que habían ido a recogerlos sabiendo que estarían escuchando al anciano cuentacuentos en la posada de Edward, que les dejaran estar hasta el final de la historia... algunos pidieron cerveza tibia al tabernero y, unidos a su prole, se sentaron junto al hogar para terminar de escuchar el relato de Baar-Akjuar, el Elegido del Caos..."

El Gran Chamán ungió con un aceite denso y pegajoso la frente del muchacho. Aquel mejunje olía a romero y ajonjolí. Al alzar a la noche su cántico, humos extraños comenzaron a brotar de la cercana hoguera... pocos fueron permitidos a asistir a la invocación; que no se daba una igual desde hacía décadas en el viejo y vasto bosque de Reikwald.
El humo apestaba y fue tomando forma. Unos guerreros dispusieron, a modo de cortinas, pieles de animales en torno al chamán, Baar-Akjuar y los escogidos, para que quienes estaban montando el campamento no fuesen testigos de lo que estaba a punto de ocurrir... cuando el humo se materializó una figura informe y grotesca apareció frente al huérfano. era una masa de carne gorda e infecta; con largos cuernos de venado que se extendían a ambos lados de una bola que parecía ser su cabeza; no tenía patas ni piernas y dos brazos fofos y gruesos colgaban de la piel repleta de pústulas, espinillas y bubas que explotaban aquí y allá, despidiendo un fuerte hedor putrefacto y vomitivo.
Baar-Akjuar pudo distinguir en lo que creyó era un rostro dos ojillos pequeños, amarillos y brillantes cuales ascuas encendidas. El Gran Chamán se arrodilló ante el Dios, y los demás le imitaron. Baar-Akjuar, atado por su propia seguridad a un cedro alto y grueso, esperó no sin miedo a que la divinidad del Caos se manifestase. Nurgle estiró una de sus extremidades superiores hacia él y le tocó en la frente, donde el hechicero hubo derramado el aceite antes, tatuándole en la piel con artes mágicas su símbolo: la Marca de Nurgle.
Después, Nurgle soltó una sonora carcajada y desapareció en el éter; dejando tras de sí una peste cargante y persistente que no abandonó a los presentes hasta varios días más tarde.

Baar-Akjuar fue desatado y cayó al suelo, inconsciente, donde permaneció el resto de la noche.

Al amanecer, el hechicero fue a ver cómo se encontraba el huérfano marcado; pero no halló a nadie durmiendo a los pies al gran cedro.
Se estaban secando los maderos cortados al sol matinal, cuando los leñadores de van Bommel regresaron al aserradero para restaurar el taller y montar de nuevo la maquinaria. El mismo regimiento de arcabuceros que perpetró la sangría el día anterior, los acompañó por si a los Astados les daba por tomar represalias en el caso de que se hubieran cerciorado ya de lo ocurrido.
Fue un leñador quien, al irse a orinar en los arbustos, vio llegar a Baar-Akjuar, solo y caminando despacio y a pecho descubierto, a las inmediaciones del aserradero.
- ¡Se acerca un Astado! - Dio la voz de alarma y en el acto los arcabuceros fueron a comprobarlo.
Un disparo tronó entonces; pero el Elegido ni se inmutó, haciendo creer al tirador que había fallado.

Los tiradores, tras la orden de su Capitán, abrieron fuego a discreción contra Baar-Akjuar al observar el oficial que "algo raro" envolvía al pequeño Astado... los proyectiles, bolas de metal caliente, se derritieron como si fueran uvas pasas de metal sobre la hojarasca. Los arcabuceros dejaron de disparar tan sólo instantes después: por donde el marcado de Nurgle iba pasando, la vegetación cambiaba: las flores mutaban y a algunas le salían ojos, bocas llenas de colmillos afilados, e incluso garras y brazos... de igual modo, los insectos que revoloteaban sobre el terreno aún fangoso por lo caído ayer, sucumbían a la invisible magia que el residuo que la divinidad había depositado en Baar-Akjuar: una nube de mosquitos del tamaño de palomas la tomó con la primera fila de imperiales quienes, aterrorizados, imploraron a su Capitán que tocase retirada. Éste, al comprender que se trataba de un poderoso hechicero de los Hombres-Bestia, decidió ir retrocediendo hasta un grupo de vallas, como un burladero, que los leñadores habían levantado como parte de su taller de trabajo. Obreros y soldados, sin saber qué hacer, aguardaron temerosos la llegada del marcado.
- Ve a la ciudad, que un sacerdote de Sigmar venga de inmediato. - Ordenó a unno de los suyos, el que más rápido corría, el Capitán; y éste salió a la carrera en dirección a Altdorf.
Mas el caminar lento e impasible del Elegido no se detuvo.
- ¡Tenemos que enfrentarnos a él! - Gritó van Bommel al oficial; e instó a sus hombres a atacar con sus poderosas hachas al Astado.
Veinte leñadores salieron del burladero de madera y se plantaron frente a Baar-Akjuar, quien sonrió ampliamente y, cuando los Humanos cargaron herramientas en alto contra él, extendió ambas zarpas y soltó un aullido bélico al aire. Los leñadores se paralizaron, incapaces de mover un solo músculo, y el poder de Nurgle invadió sus blandos y frágiles cuerpos.
La piel se les plagó de bubas infectas que estallaban en burbujas de sangre y pus. Los rostros se les deformaron: hinchándose la carne de los pómulos, la frente y los mentones. Algunos de los ojos explotaron en sus cavidades, regando con sus jugos las caras informes. Baar-Akjuar bajó lso brazos y el hechizo cesó... los Humanos empezaron pues a gritar de dolor y a retorcerse en el barro. La mayoría murió minutos después; y los supervivientes quedarían marcados con terribles secuelas físicas y psicológicas hasta el resto de sus condenadas existencias.
Van Bommel, el Capitán y sus arcabuceros querían huir: correr velozmente hasta un lugar seguro; pero el Astado elevó mágicamente los tablones del burladero, arrancándolos de la tierra húmeda y haciéndolos volar bien lejos. Descubriendo a los cobardes que tremolaban de auténtico terror.

Baar-Akjuar rió con estentóreas carcajadas acompañadas de guturales gruñidos. Una luz de furia desencadenada emergía de sus azules ojos. Un vaho fétido manaba de sus fauces entreabiertas al reír. Extendió sus brazos hacia los lados, en cruz, y dio una fuerte palmada con sus zarpas al frente; tras el sonido de la palmada una onda perceptible físicamente pero sin sonido ni color salió disparada de sus manos que entrelazaron los dedos.
La onda expansiva lanzó por los aires a los débiles Humanos y, cuando éstos estaban volando en dispares direcciones, el Astado separó las manos y los cuerpos de todos ellos explotaron de adentro hacia afuera, esparciendo huesos, vísceras y miembros por doquier.

Para cuando el sacerdote quiso llegar con el emisario, el marcado de Nurgle se había ido y los heridos que quedaban con vida sólo hacían que suplicar una cura o la muerte en el suelo... aquel aserradero, demasiado al sur, demasiado cerca de la frontera invisible que separaba lo seguro de lo indómito, no volvería a abrirse jamás.

En cuanto a Baar-Akjuar, regresó al bosque y nadie más lo volvió a ver. Cuentan que Nurgle lo convirtió en árbol y que, mutado así y quieto, en silencio aguarda la llamada de su Amo... para cuando Reikwald y sus criaturas vuelvan a necesitar de su poder.

Si alguna vez ves que un insecto se convierte en un monstruo tras posarse en un pequeño roble, no lo dudes: es el Elegido de Nurgle.

Continuará...

Símbolo de Nurgle

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