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7 de abril de 2014

R.A.9: "Destripaterrones", el origen.




“Sóren visitaba la biblioteca de Grunburg con frecuencia. Tras ver los dibujos del Destripaterrones (Destripaterrones de Nurgle), decidió ir a la casa de la vida aquella mañana para releer, pues ya no lo recordaba a pesar de su ancha memoria, el texto donde aparecía el nacimiento del temible y esperpéntico engendro. Lo escribió, como todos los de esa temática en aquella época, Flavio Josephssen, el primer ordo xenos del Imperio, en el que se basarían los Humanos para taxonomizar al resto de civilizaciones 40 milenios después en Sagrada Terra. Sören buscó en los cajones la referencia y encontró el pesado códice; lo llevó despacio, cojeando un poco de esa terca pierna izquierda, a una mesa y escudriñó sus páginas gruesas, amarillas y manuscritas, en silencio con animada admiración. En una preciosa miniatura de tinta de hierro apareció, de repente y en todo su monstruoso esplendor, la figura del Destripaterrones, y comenzó a leer aquella letra semiuncial de delgados rasgos…”

Nurgle, Señor del Caos, le había tomado cariño a aquel lugar: el tenebroso y floreciente bosque de Reikwald. Quizá es posible que el Dios viviera físicamente una buena temporada entre sus fresnos, hayedos y robles sin par. Los Astados eran una raza joven y el ser humano un animal salvaje, desconocedor todavía de la agricultura y la ganadería, que los faunos cazaban bien para comer bien por mera y cruel diversión.

Sin caudillos ni jerarquías políticas ni militares, los Astados y las distintas subespecies resultantes del azote de los vientos del Caos que soplaron, mutándolos a todos, en el singular sitio de Reikwald, campaban a sus anchas con total libertad y mayor preocupación que echarse algo a la boca; y ¡había humanos de sobra! Aun así, y como todo bosque, el viejo y oscuro Reikwald tenía secretos incluso para sus habitantes. Los hombres-bestia, llamados de ese modo, o bestie-männer, resultaron de la mutación de ciertos animales (toros que se convirtieron en minotauros, cabras y carneros que fueron gors, perros en mastines del caos, e incluso primates en ungors, los que no tienen cuernos), por lo que los afanes de los mismos desde un principio fueron básicos y primigenios: buscaban comida que cazar y se movían siempre alrededor de los mismos lugares. Es decir, no tenían ningún, al contrario que los Humanos, afán explorador. Debido a esta “naturaleza”, el encuentro de aquel manantial de piedra bruja debió ser casual, o darse en el transcurso de una de sus diarias – tal es la voracidad de los Astados – cacerías por el bosque y sus contornos.

Los Skavens, u hombres-rata, todavía eran un sueño del futuro. Y quizá, con motivo de su cuerpo de ratón gigante a pesar de sus heridas abiertas de forma perpetua, sea el antecesor de éstos y de las temidas y famosas ratas-ogro que se alistan en sus ejércitos.
El nombre del Astado que un día fue el “Destripaterrones” es desconocido incluso por los de su especie. Él, junto con el grupo que perseguía Humanos que comer en Reikwald, quedó paralizado y fascinado por el brillo, el color y tal vez las ignotas fragancias de la piedra bruja incrustada, como un meteorito, en el suelo fértil de aquel claro entre fresnos y robles. Pero unos animales habían llegado antes que ellos: decenas de ratas se agolpaban en el manantial. Los gors se adentraron en el cráter, que relucía de un verde fosforescente y tenía los bordes de yerba quemada. Apartaron a patadas a las ratas y, ninguno excepto aquel del que habla esta noticia, tuvo apetito… ante la estupefacción de sus compañeros, el gor se inclinó y alegó que le había entrado hambre de estar persiguiendo presas todo el día y que aquello sería un tentempié, cogió la rata más gorda y se la comió cruda…
…dicen que Nurgle, pues repito que eran otros tiempos aquellos en los que los dioses moraban en el planeta entre los mortales, lo vio y rió para sus adentros. La divinidad del Caos se dejó ver entre los árboles, que mutaban en formas y figuras y colores imposibles al paso del dios de la disformidad, y los Astados salieron espantados, huyendo ante su ídolo en todas direcciones. Todos menos el que había almorzado rata contaminada de piedra bruja. Éste se quedó petrificado y, cuando el Señor del Caos le tocó con la unta de su dedo índice en el pecho, comenzó a sentir escalofríos y temblores recorrerle todo el cuerpo. Nurgle lanzó una grotesca y gutural risotada  al aire envenenado de esa zona de Reikwald y en el cuerpo del Astado se dio la biomagia: sus genes se simbiotizaron con los del roedor, al tiempo que la piedra bruja aumentaba de tamaño en su estómago, rompiéndolo sin matarlo… el tamaño del Astado también mutó: se hizo enorme y sólo mantuvo de sí mismo la cabeza. Le salió cola de rata y un tercer brazo del hombro derecho, verde por el poder de la piedra. Así también su brazo derecho mutó, y una cuarta garra salió del antebrazo, convirtiéndose todo él en un monstruo deforme. Las heridas que la mutación y el estallido pétreo verde en su interior provocaron quedaron, por tanto, siempre abiertas: las costillas y la columna vertebral le asomaron sanguinolentas sobre la carne; y trozos de piedra verde, con pústulas y tendones adheridos formando un único tejido aparecieron aquí y allá, salpicando su piel.
Nurgle desapareció cuando la conversión fue completa. Y la leyenda del “Destripaterrones” nació cuando, al llegar al que había sido su campamento, asesinó y se comió a gran parte de quienes antes eran sus congéneres…

“Sören leyó, en letra diferente y más pequeña, una referencia a una página posterior. Leído aquel artículo, se interesó por este otro y, siguiendo la indicación, continuó:”




De cómo le cortaron el brazo izquierdo al Destripaterrones, y le aplicaron un lanzallamas que había por allí.
El Destripaterrones no entraba en batalla por llamamiento, sino por apetito. Fue en una incursión élfica, de los silvanos exploradores que, como otras campañas que fracasaron, fueron a reconocer Reikwald y comprobar, en vano, si los árboles de este bosque eran sus “amigos”. El engendro apareció cuando, en mitad de una emboscada, un grupo de gors hostigaba a los intrusos de puntiagudas orejas… los Astados, al escuchar su bramido y oler su peste, salieron despavoridos; haciendo creer a los soberbios elfos que habían huido de su presencia… pero cuando vieron al monstruo se quedaron horrorizados por su fealdad. No obstante, había entre ellos un Bendecido quien, resuelto, fue a atacarle con la gran fortuna de rebanarle la garra izquierda con su sable. A cambio, el Destripaterrones, lleno de furia y dolor, lo enganchó con su doble brazo y le arrancó la cabeza devorando su frágil y delgado cuello. El resto de elfos, al ver tal brutalidad, huyeron al sur y salieron raudos de Reikwald.
Aquella noche, un poderoso chamán encontró al Destripaterrones extasiado a los pies de una altísima secuoya, en un duermevela provocado por el intenso dolor de la sangrante amputación. Sin pensárselo dos veces, rebuscó entre las armas incautadas a los distintos enemigos que iban cayendo conforme se adentraban en sus dominios, y eligió un lanzallamas que había por allí… gracias a su magia, y a una invocación adecuada de Nurgle, logró insertarle el arma de forma biomágica.
Al día siguiente, no sólo era una bestia brutal… sino también un monstruo con lanzallamas incluido: letal para propios y ajenos siempre que aparecía en un combate.

Continuará…

Engendro de Nurgle, Destripaterrones

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