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17 de abril de 2014

Reikwald Alpträume 10: Caperucita Roja.

Caperucita gore: chikazombie.blogspot.com
“Sören sabía que su hora ya estaba cerca. Había tenido una vida larga y llena de experiencias; la mayoría gratificantes y edificadoras. La suma de los momentos que había vivido le había llevado a ser el entrañable y sabio anciano que ahora era, cuando su reloj llegaba a su fin. Todas las historias contadas: algunas reales, otras aprendidas de quienes fueron ancianos antes que él, otras preñadas de leyendas y apuntes fantásticos que provocaban el asombro en los rostros de quienes las escuchaban… todo aquello, fuera cierto o no, formaba parte de él y él formaba parte de esos relatos y cuentos para no dormir sobre Grunburg, Reikwald y los Hombres-Bestia.
Edward le ayudó a sentarse y le alcanzó un cuenco con sopa de ave caliente y limón. Los chavales no tardarían en ir llegando tras cenar en sus casas para oír una historia más.
La taberna estaba llena y mucha gente del sur y de las almenaras y las atalayas de las Montañas Grises viajaba en esos días de invierno a Altdorf, donde las tropas del Emperador se reunían por decenas de regimientos de toda índole: lanceros, arcabuceros, ingenieros, caballerías… para ir trazando ya los planes de defensa y expansión del Imperio que comenzaban cada primavera y cesaban, en mayor o menor medida, a finales del otoño. Muchos de los que en la taberna estaban aquella noche; al pasar por Grunburg cada año; recordaban al viejo Sören y sus historietas, otros en cambio jamás le habían escuchado…
…cuando los niños se sentaron y, tras beberse la sopa, Sören encendió su pipa, en la taberna se hizo un silencio expectante y solemne.
Aquel relato pondría los pelos de punta a más de uno de aquellos valientes, curtidos en cien mil batallas, quienes se habían enfrentado a los enemigos más bravos, despiadados, y hábiles…”

Grunburg estaba en construcción por aquel entonces, y las murallas eran empalizadas levantadas con troncos aquí y allá, sin formar realmente una barrera única que pudiese mantener a raya a los enemigos, que sólo eran Astados pues el resto de razas y civilizaciones todavía no veía al Imperio como un enemigo real capaz de hacerles frente.
En aquella época, y por muy extraño y peligroso que hoy nos pueda parecer, había dos aldeas de colonos Humanos en el corazón de Reikwald, Esto se dio gracias a dos factores: un gran incendio un par de años atrás había asolado gran parte del ya rápidamente regenerado bosque, provocando la muerte de miles de Astados que quedaron atrapados por las voraces llamas; y porque la ambición exploradora y conquistadora humanas no tenían, igual que en nuestros días, límites… llegando a obviar tales peligros como la perenne amenaza de los Hombres-Bestia, o el desamparo ante las brutales tormentas que se daban entre los árboles, en pro de sus ideales de expansión y dominio del medio.
Para llegar a las aldeas habían de seguirse dos sendas que salían, en forma de punta de flecha, en la linde oriental de Reikwald. La aldea del sur se llamaba Bynsödra, y al aldea del norte Norraby. Las dos sendas estaban protegidas por dos patrullas de guerreros cada una, que las recorrían de punta a punta desde el amanecer hasta el ocaso; estando así prohibido su trayecto en cuanto se ponía el Sol por lo peligroso.
El trasiego era escaso pero frecuente; y las gentes tanto de las aldeas como de la creciente Grunburg preferían hacerlo acompañadas de una de las patrullas por temor a los asaltos de los Astados… que hacían estragos no sólo en las mercancías, sino en las personas, comiéndoselas en muchas ocasiones. La población de Astados, con el incendio todavía en la memoria, no había hecho más que crecer… tal era la naturaleza caótica de esos seres, que se adaptaban al medio incluso mejor que el Hombre, por muy inverosímil que tal hecho nos parezca.

La pequeña Caperucita Roja tenía familia en Bynsödra pero vivía en Grunburg y, aquella preciosa mañana de primavera, su madre, como en incontables ocasiones, la envió con un cesto de provisiones para sus abuelos en la aldea dentro de Reikwald. Normalmente, y como ya todos los soldados patrulleros de la senda del sur la conocían, acompañaba a la patrulla desde comienzo a fin; y regresaba feliz al día siguiente acompañada del mismo modo a los tiernos y protectores brazos de su madre en la ciudad.
Todos la saludaron al verla llegar, y un convoy de unas veinte personas aparte de la docena de patrulleros, salieron rumbo a Bynsödra a eso de las ocho de la mañana… la senda estaba constantemente escoltada por altos fresnos, hayedos de gran belleza y, con menos frecuencia pero de grosura y envergadura majestuosas, robles y encinas milenarias. A los pies de la gran variedad de árboles, arbustos de toda clase luchaban por hacerse un hueco sobre la hojarasca en el sotobosque… y en primavera eclosionaban sus más maravillosas y bellas flores: parsifloras, romeros, orquídeas, rosas de todos los colores, lilas, margaritas y malvas… Caperucita fue, sin despistarse un solo momento, recolectando las flores que más le gustaban al tiempo que confeccionaba un precioso ramito para su abuela. Tenía en la mano, olfateando sus abiertos aromas, un racimo de lilas de pétalos pequeños pero brillantes, cuando la compañía se detuvo y el Cabo ordenó que la gente guardara silencio…
De repente, una flecha le atravesó el pecho y el Cabo cayó muerto sobre la fina arena que los hombres habían abierto entre la foresta a fuerza de caminatas y paso de carretas. Los patrulleros se pusieron en alerta y los hombres sacaron espadas los que las tenían; otros, blandieron sus aperos de trabajo y labranza en alto que les pudieran servir de armas. Las mujeres y los niños formaron rápidamente un círculo en el centro, protegido por los valientes… otra flecha silbó en el aire sin que nadie pudiera ver ningún enemigo entre los árboles y el matorral, y otro soldado cayó.
Cuando ya eran cinco los muertos asaetados, una manada de ungors salió de esa nada con la que tan bien sabían camuflarse esas malolientes comadrejas, y cargó contra los Humanos.

Caperucita Roja se abrazó a una de las mujeres y ambas cerraron los ojos. Alguien gritaba en llanto desconsolado. Y el restallar de los metales dio paso al sonido de tejidos abriéndose, sangre salpicando la arena y los troncos, y huesos rompiéndose… amén de los alaridos de dolor tanto por parte de los hombres como de los ungors cuando un miembro se desprendía o una herida quedaba abierta en la carne.
Caperucita decidió abrir los ojos y contemplar la barbarie de la escaramuza: eran muchos gors y los escasos defensores no tenían ni la más mínima posibilidad. Vio cómo a un hombre le cortaban los dos brazos a la vez para comérselos de inmediato mientras él, vivo y consciente, lo veía de rodillas en el suelo. También contempló cómo desgarraban la carne de un leñador, mordiéndole el cuello y extrayéndole las vísceras calientes del abdomen. En un par de minutos, todos los hombres habían muerto y su carne estaba siendo comida por la jauría de ungors…
Y le tocó el turno a los niños y las mujeres… Caperucita salió corriendo, huyendo de los Hombres-Bestia, cuando la hoja de una cimitarra mellada rebanó el cuello de la mujer, una lechera conocida de Grunburg, que estaba abrazando. Y se escondió detrás del grueso y arrugado tronco de un viejo roble.
Desde allí vio cómo mataban al resto y se los empezaban a comer… de repente, un susurro tras de sí le advirtió del peligro: un ungor horrible y de fétido aliento la acechó y se abalanzó sobre ella para comérsela; pero Caperucita se zafó y, sin saber ni tan sólo cómo lo había hecho, le arrebató el hacha de mano, oxidada, que portaba el animal en el cinto. Con ella, resuelta y ante la risotada del ungor, le hirió en el pecho de abajo arriba (ella le llegaba por la cintura al guerrero), abriéndole la carne y desparramando sus tripas sobre las preciosas orquídeas en flor.

- Vais a morir todos. – Sentenció la niña, que había abandonado su cestita en los arbustos, con la cara ensangrentada y la capucha más grana que de costumbre, con los ojos extraviados y colmados en furia asesina.
Los ungors comenzaron a reír como una jauría de hienas. Y uno a uno fue a enfrentarse a la pequeña que blandía en alto la apestosa hacha. Y uno a uno, cercenando miembros, abriendo carne, hiriendo de muerte… cayeron a manos de la niña…

Horas después, y viendo que la patrulla no llegaba al punto de medio camino de la senda, la patrulla que salió de Bynsödra aceleró el paso en busca de sus compañeros… a los pocos kilómetros encontraron a Caperucita Roja, desorientada y hablando sola, con la cestita para sus abuelos y el hacha ensangrentada.

Continuará…

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