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13 de mayo de 2014

Pensamiento cero.



El poeta Horacio, según la tradición, acuñó la locución latina “carpe diem” que hoy interpretamos como “aprovecha el momento”. Aprovechar el momento implica muchas cosas y, desde un punto de vista responsable, no significa derrochar la vida en los placeres terrenales tras la consigna de que todos los buenos mueren jóvenes. Es más bien una frase de ánimo que te ayuda a pensar en que mañana no sabes qué podrá sucederte: si estarás aquí, si estarás sano, si estarás vivo y rodeado de quienes te quieren y a quienes quieres. Aprovechar el momento es disfrutar de la vida tal cual en cada una de las pequeñas y grandes cosas que te regala; y aprender a ser feliz con ello, sin mirar hacia el imposible futuro ni al perdido e irrecuperable pasado. Vive cada día de tu vida como si fuera el último, pero deseando que tu vida se alargue eternamente en el tiempo.
En este “carpe diem” al que nos obliga un salario mínimo, una obligación social, y la carencia de afanes que destruyan nuestra felicidad (recordad que todo es vanidad debajo del Sol); hago ejercicio del mismo y de la libertad que me queda por explotar, para escribir este artículo, ensayo, o lo que sea.

Como ya sabéis quienes me leéis, opino que el mundo es el Gobierno del Mal; y que los malvados son esclavos de su propia maldad, conducidos por ella al matadero irremediable. Pero hay males que no tienen que ver con al maldad de los conducidos, sino con la de los conductores. Me refiero al mal peor de la sociedad occidental actual: la ignorancia. O, lo que es lo mismo, la asunción de ser un borrego que los malvados conducen a ese matadero irremediable.
Coartando la libertad, metiendo el miedo en el cuerpo y el corazón de los individuos, abogan porque el vulgo no piense: se quede callado y siga con la rutina prediseñada y perfectamente estudiada… quieren que no molestemos. Y lo están consiguiendo.

El mundo cada vez se parece más a 1984 de George Orwell y menos al imaginado por Armstrong en su “Beautiful World”; y la culpa la tenemos todos nosotros. Por haber asumido sin condiciones nuestro rol de res conducida; en lugar de, como Jules Winnfield, esforzarnos con toda intensidad en convertirnos en buenos pastores.
Todas las políticas de los gobiernos (Felipe González ha dejado claro que socialismo y neoliberalismo son lo mismo aunque se empeñen otros en negarlo) dirigen a la sociedad global a un suicidio moral y filosófico inexorable. Manejados por corporaciones empresariales, monetarias y capitalistas, son marionetas del dinero que a su vez mueven los hilos de las pobres marionetas que somos los ciudadanos. Títeres reemplazables e insignificantes en su trágico teatro.
Medios: la tele, el fútbol, la democracia (o su idea malversada de la misma mejor dicho), la música cutrerromántica, los refrescos con gas y los coches deportivos. Fines: convertir en extras de “Walking dead” a la población mundial.

Y aquí, un hombre de treinta y dos años; camarero de profesión; que lee todos los días la versión protestante (Reina Valera 1960) de la Biblia; que va a publicar el mes que viene “Para Siempre”, una novela dramática; que de su sueldo mileurista alimenta y viste a dos niños preciosos; que ama a la más hermosa de todas las mujeres; y que cayó, como todos los de su generación, en el error de las modas (perteneció a una tribu urbana, fue militante de un partido político, terminó una carrera inútil, firmó un préstamo hipotecario y un contrato con una compañía telefónica, etcétera); y que desde esta estación ruidosa que es su blog, donde grita que puede existir un mundo mejor a través de el Fraternalismo, os conmina a todos a rebelaros… “Atreveos a saber”, repito una vez más la magnífica consigna de Kant.

Artículo que me obligó a escribir lo anterior: link.


Horacio
Felipe González
George Orwell
Louis Armstrong   



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