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23 de mayo de 2014

R.A. XIII: Enemigo a las puertas.







Crónica de los Hombres-Bestia:
Guteonkel resopló en la linde oriental del bosque. Una franja delgada y brillante coloreaba de azul el cielo, y las siluetas de plata se vieron más blancas… algunas amarillas allí, detrás de los tejados y los muros altos de la quieta y somnolienta Grunburg.
Todos guardaban silencio protegidos por la húmeda foresta y las sombras que todavía guardaban a Reikwald de todo lo demás. El sonido de su respiración, a veces cauta, a veces incapaz de contener la furia asesina que vibraba en sus instintos, era lo único que se podía oír… los pájaros y los herbívoros se hubieron marchado al interior, y al otro lado del Arroyo de Auerswald, en cuanto ellos hubieron llegado.
Del sur había llegado el único aliado que Guteonkel pudo encontrar al transmitir sus deseos al resto de los suyos: el joven caudillo de los gors Gelbschwarz. Gelbschwarz había convencido a su vez a uno de los grandes chamanes del rebaño, el ancianísimo, psicópata, caníbal, elegido de Nurgle varias veces en el último siglo Apfelkuchen… con Guteonkel como General, Gelbschwarz encargado de comandar a la ingente infantería, y el majadero de Apfelkuchen invocando a lso hados del bosque y los dioses del Caos, el contingente de Hombres-Bestia se había decidido a dejarse ver, de día, sin emboscadas ni subterfugios, de frente y a saco… esa triste y pálida mañana de invierno.
Una nieve fina, casi seca, empezó a desplomarse como una tenue lluvia de diamantes sobre las copas de los árboles y las testas de los guerreros. Guteonkel asintió y el jefe de los músicos dio orden de que los timbales comenzasen a sonar, haciendo que el espíritu de las hojas se volviese a estremecer.
Oyeron, olieron y vieron cómo se movían algunos Hombres en las puertas de Grunburg… el sonido de los goznes y las bisagras de los portones de madera reforzada con fajas de acero negro se oyó también, como un quejido animal que se despereza, y el sonido hueco, de la creación de un vacío en un tarro de cristal, del cierre definitivo llegó a los oídos de los Hijos de Reikwald.

Guteonkel dio un paso al frente, saliendo del bosque y pisando el claro del aserradero desierto de trabajadores a tan temprana hora. La nieve empezaba a amontonarse, brillante y quieta, en los ribazos y acequias que quedaban en la umbría, el sonido del Arroyo se vio eclipsado por la música de los tambores y djambés de guerra, y una trompeta se izó, alborotando y alarmando, dentro de la ciudadela.
Por el puente pasaron primero los pendones de los centigors de Guteonkel en la vanguardia. Tras ellos los gors y bestigors del sur y del este; los ungors; y, por último, como si pudiesen retorcerse y estrecharse cuales serpientes o seres invertebrados, los carros de tuskgors por si la cosa se torció más de lo deseado.
Los timbales cesaron y el patio de almenas se llenó de arqueros imperiales. Todos aguantaron la respiración, allí arriba y aquí abajo, y un alarido espeluznante, estentóreo y ensordecedor, se levantó en algún recóndito lugar de Reikwald… los Humanos no supieron de qué podría tratarse, pero más de uno hubo de tragar una saliva áspera e hiriente para permanecer en su puesto y no huir al regazo de su madre o esposa.
Guteonkel sonrió… Slaanesh siempre había estado con él, y al escuchar el rugido bélico del Destripaterrones allí, supo que Nurgle le bendecía también…

Crónica del Imperio:
Apenas deseaba despuntar el alba en el este cuando los vigías de las torretas, a ambos lados de las puertas occidentales de Grunburg, las que daban al puente del Arroyo de Auerswald, notaron algo extraño cociéndose entre los árboles de Reikwald… el silencio era sepulcral, invulnerable, y los pájaros cantores de la alborada callaban como en un sepelio quieto.
Adentro los trabajadores que realizaban diversas tareas extramuros, aguardaban a que el sol bañase totalmente el río y sus vados para comenzar una nueva jornada laboral: leñadores, calafates, carpinteros… todos recibieron al noticia de esperar, y el Sargento Starker ordenó cerrar las puertas y fue a despertar al Comandante Rotbart, venido hacía poco desde Altdorf ante la creciente amenaza de un ataque de los Hombres-Bestia como el que iba a darse.

Cuando Rotbart apareció en el quicio de los gruesos portones, bajo el arco de piedra con los escudos de la ciudad y de Signar, Guteonkel se dejó ver al otro lado del arroyo frente a los últimos árboles del peligroso y sombrío bosque. La nieve se amontonaba, triste y resacosa, sobre el patio de almenas y en la ribera oriental, donde todavía no llegaba el sol, del río entre los hombres y las bestias. Ordenó Rotbart que no se abrieran ese día las puertas y que se tocase diana en los barracones, sería la misma trompeta que despertara al Gobernador, avisándole de que Grunburg, su ciudad fluvial, estaba en alerta…

…los arqueros corrieron a ponerse los paveses y las cotas de malla; los armeros a disponer arcos y carcajs en las escaleras que llevaban al patio de todo el muro occidental; y los militares desplegaban papeles marrones sobre mesas tratando de planear una defensa: el contador de Rotbart hablaba de centenares de gors, bestigors, centigors y ungors cruzando el puente… y los timbales del enemigo resonaban en los corazones de los Hombres, amedrentándolos, retumbando en el interior de sus espíritus como la promesa de una pronta muerte violenta.

El sol había logrado llegar, bañando con su luz desde el claro este, a las espaldas de los arqueros y las aguas orientales de los tejados altos de Grunburg. Pronto volvería a oscurecerse todo de nuevo, tornándose azul y gris, cuando superase la línea de esas nubes que, plomizas y de un blanco oscuro y tenebroso, descargaban más y más nieve, gélida y fina como una oblea al paladar, sobre las testas de los convocados a aquel combate a muerte.

Rotbart se asomó a la torreta izquierda y oteó al enemigo. Nadie sabía que Guteonkel era el nuevo Señor de Reikwald y que Nebelohn había caminado con Slaanesh.
El centigor, algo más pequeño que el resto de sus hermanos, había ordenado a los suyos no vestirse de forma distinguida… Gelbscwartz dejó en las tiendas, a regañadientes, sus múltiples alhajas y el resto imitó al caudillo del sur. Hasta los chamanes descubrió sus rostros y cabezas, portando sólo sus poderosos y retorcidos báculos orlados con huesos y calaveras… el plan era desconcertar a los defensores de Grunburg, haciéndoles incapaces de distinguir a los directores de la bélica orquesta. Y lo estaban consiguiendo.
Rotbart trató en vano de localizar a los Generales que debían estar ahí abajo, y que incluso se habían posicionado lejos de los estandartes de regimiento. Se giró a su derecha y aguantó la mirada a Augengute, Capitán de los Arqueros de Grunburg, exhaló y agachó el mentón… acto seguido una lluvia de flechas se desplomó sobre los Hombres-Bestia.

Alguien rugió allí abajo y los guerreros se arrodillaron protegiéndose con escudos y rodelas. El sonido de las saetas clavándose en el cuero, la madera, el barro y la carne fue el primero del resto que formaría la sinfonía del sangriento asedio de Grunburg.

Continuará en… Reikwald Alpträume XIV: Encended la almenara.

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