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4 de mayo de 2014

Reikwald Alpträume 11: El cuerno de Nebelsohn.

"Cuando Sören terminó aquel relato, los chavales se fueron marchando a sus respectivas casas... el invierno ya se había hecho con Grunburg, depositando las primeras nieves en sus tejados y las pequeñas estalactitas en sus canaletas y voladizos. Las calles oscuras eran de hielo; y desde el bosque llegaban los silencios del viento que las hojas y las ramas transformaban en una música lúgubre, como un réquiem verde que recordaba tristemente el color brillante del pasado verano.
Edward y sus trabajadores dejaron limpia la taberna para, a la mañana siguiente, empezar de cero un día más de caldos, asados de venado, y jarras de cerveza templada. el fuego frente a Sören se debilitó y él parecía dormir, tranquilo y de manera profunda, en esa silla que se había convertido los últimos meses en atril y posada. Edward se le acrcó para, sin turbarle en demasía, despertarlo y acompañarle a su habitación... era una época cuando todavía se respetaba de vorma venerable a los ancianos, por saberlos sabios y leer las batallas que ganaron en las arrugas de sus entrañables rostros, y los valores de la Antigüedad aún perduraban en los corazones bravos y nobles de los Hombres. 
Pero Sören esa noche no despertó...

Edward puso el verso de su mano derecha bajo la nariz del cuentacuentos, Capitán de los Lanceros al servicio del Emperador, y comprobó que no había aire caliente saliendo de ella. El cuerpo inmóvil de Sören reflejaba en los surcos de su curtida piel las danzas del fuego que tantas veces avivó, a fuerza de atizador o de historias de un tiempo cuando Reikwald era misterioso y germen de magias, ilusiones y mentiras.
Entre Edward y uno de sus trabajadores  subieron el cadáver todavía tibio de Sören a su dormitorio y, muy a su pesar, lo prepararon para el velatorio del día siguiente...

...la noticia en Grunburg, llegando como un rastro prendido de pólvora sobre arena seca hasta Altdorf y Auerswald, de que el bueno de Sören había fallecido fue la comidilla y la impresión no sólo del día, sino de todo el invierno.

Centenares de personas que, o bien le habían escuchado narrar una de aquellas pesadillas sobre los Hombres-Bestia o bien habían oído hablar de él, pasaron durante los tres días de luto y endecha siguientes por al taberna de Edward. Presentando sus condolencias a una quimérica familia compuesta por quienes conversaban habitualmente con él en la taberna; y dándole ese merecido último adiós.

De todos es sabido que los Hombres-Bestia son inteligentes a pesar de que en sus seres predominen los instintos animales, propios de su naturaleza medio bestial medio caótica, sobre el razonamiento, a la inversa que los Humanos. Por lo que entienden, los que se han detenido a escuchar o han tenido la curiosidad por aprender, el lenguaje del Imperio... así, llegaría a algún entendedor de tal idioma la noticia de la muerte de Sören en las entrañas de Reikwald, el bosque mágico del Viejo Mundo, invitando de forma sorprendente e inesperada a "alguien" al sepelio en el cementerio de Grunburg, aquella gris tarde de lluvia en las afueras septentrionales de la ciudad.

Estaban a punto de sepultar con tierra el ataúd, tras una oración y varios himnos en honor al Capitán, cuando unas figuras aparecieron por el oeste, sobre el camino embarrado que va al puente sobre el Arroyo de Auerswald.
En principio los soldados desplazados que habían querido estar en el funeral, decidieron enfrentarse a ellos: tres gors de alto mando: lo supieron por las vestiduras y las joyas, y un centigor gris, casi azul, que cojeaba de senectud pero cuya sola presencia evocaba todos los colores de la majestuosidad. Uno de los lanceros apuntó a Nebelsohn con su pica ante la pasividad de los cuatro Hombres-Bestia; el centigor, lentamente y con un brillo extraño en los ojos naranjas, cogió el mástil y levantó al soldado por su arma; el resto se puso en guardia y, ante la estupefacción de los Humanos, con el corazón atemorizado por al presencia de los "enemigos" allí, Nebelsohn habló:
- No luchar... Sören muerto. - Y dejó en el suelo, apartándolo de su camino, el lancero que casi se orina en los calzones.
Los Hombres-Bestia avanzaron hacia la gente que rodeaba el hoyo y el féretro, y comenzaron los primeros murmullos:
- ...le falta un cuerno... es Nebelsohn, el Hijo de la Niebla, General de los Centigors de Reikwald...
Ante la evidente expectación, que rallaba el superlativo del asombro, los cuatro habitantes del bosque se asomaron a la tumba de Sören con solemnidad; y Nebelsohn pudo ver su cuerno roto sobre el ataúd, donde todavía no había caído la tierra. Respiró profundamente y resopló: ya era un anciano cuando perdió el cuerno, y sus décadas se multiplicaban por décadas en sus lomos y sus patas. El silencio fue roto por unas palabras que dijo Arknoth, el Caudillo del cuadrante septentrional de Reikwald, en su idioma:
- Herr Nurgle, die Sie in Ihren ehrwürdigen Ruhm-Feind.
El primero en dejar un objeto sobre la tumba fue él mismo: un pañuelo mohoso, con sangre de mil tonos diferentes seca por todos lados... quizá era el fetiche preciado por el Caudillo.
Los otros dos: Zarknat del sur y Erk-Arbak del este, deportaron extraños collares confeccionados con dientes y piedras preciosas. Por último, Nebelsohn extendió su largo brazo derecho tras inclinarse sobre sus dos garras delanteras al postrarlas en el barro y alcanzó su cuerno... algunos de los presentes legaron a pensar que se lo llevaría, tratando quizá después de recomponérselo de alguna forma... pero se equivocaron: el centigor lanzó lo más parecido a un suspiro que un Hombres-Bestia puede evocar, y volvió a dejar el cuerno (su cuerno) sobre la madera de la mortaja. La lluvia se transformó en un leve repique de gotas sobre los charcos y las capuchas, y el centigor habló de nuevo:
- ¿No cantar? - Dirigiéndose a los músicos...
Acto seguido, se izó un precioso y triste réquiem al aire Hombres-Bestia guardaron silencio igual que el resto... el enterrador colocó la lápida de granito con la ayuda de un albañil y los asistentes se fueron marchando.

Los últimos en irse fueron Edward, algunos niños que echarían mucho de menos los cuentos para no dormir del viejo Sören, los cuatro de Reikwald y una dotación de lanceros que no se fiaban de los semi animales.

Los cielos se abrieron al atardecer, y los rayos rojos y naranjas iluminaron los tejados de Grunburg. Nebelsohn y los tres Caudillos del bosque encantado regresaron a la foresta; y la noche se cernió sin más cuentos sobre el pasado, el honor y la valentía acompañando cenas y cervezas en la siempre concurrida taberna del bueno de Edward."

Continuará en... Reikwald Alpträume XII: Crónicas de los Hombres-Bestia.   


Sören

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