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4 de julio de 2014

Fragmento de "El buen pastor"



"Lancé el cigarrillo y éste dio una decena de vueltas antes de estrellarse contra el asfalto y, como unos fuegos artificiales en miniatura, estallar en el bordillo.
            No era la primera vez que mataba a alguien; y desgraciadamente tampoco sería la última; aunque eso… no lo sabía todavía. Aquel tipo, Vlad Bukowski, se había pasado con su cuenta en números rojos con saldo a favor de mi jefe: el todopoderoso John Queens. Nadie en la ciudad de Diamante vendía droga, asaltaba un casino o se cargaba a un poli si Queens no lo había ordenado directa o indirectamente. Y si a algún majadero, como Bukowski, se le pasaba por la cabeza; aun de la manera más involuntaria y lejana posible; dudar del poder implacable de Queens, éste moría irremediablemente. Ahí entraba yo: Malcom Ducruet, un alfil dentro del vasto ejército de matones y sicarios a sueldo del Jefe.

            Bukowski no había terminado ese plato de comida kosher en el restaurante judío de un primo suyo cuando entré. Lo hice a cara descubierta y con la pipa, una nueve milímetros sin estrenar, en la mano derecha. El encargado de sala me preguntó si tenía reserva; le respondí que sí y le mostré el revólver… abrió los ojos como si fuese el primer arma de fuego que veía, y tragó una saliva que, a juzgar por su expresión, le hirió la garganta. Me giré y encañoné a Bukowski, éste se atragantó y trató en vano de pedir una clemencia que, obviamente, no tendría. Le disparé tres veces: dos en el pecho y una en la cabeza. Aquel método, a esa distancia, era infalible.
            Una mujer gritó en una de las mesas aledañas, pero nadie llamó a la policía. La policía no se metía en los asuntos de la mafia; y la mafia no se metía en los asuntos de la policía: así eran las cosas.

            Salí del restaurante y me subí al coche. Guardé la pistola en su estuche, y éste en la guantera. Encendí otro pitillo y conduje hasta casa. Una vez allí llamé a Queens personalmente. Me agradeció la sencillez, premura y eficacia con la que ejecuté el trabajo y me invitó a ir al “Sugar’s”, uno de sus antros, al día siguiente para hablar de pasta…
            A esas alturas yo ya era millonario; pero, cuando te acostumbras a la vida del asesino: llena de lujos inútiles como un súper deportivo amarillo, un loft de doscientos metros cuadrados lleno de irreconocibles obras de arte contemporáneo, y la comida de autor, ya no puedes dejarla. Siempre vienen bien un par de decenas de miles más que gastar, por poner otro ejemplo, en un spa en Circonio a finales de primavera..."

Miguel Díaz Romero (c) 2014 

 

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