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9 de julio de 2014

Mañana 1: El último Cuervo Callejero


1: EL ÚLTIMO CUERVO CALLEJERO

Un frío azul, de esos que colorearíamos con un pincel brillante en la espalda de quienes tenemos enfrente al sentirlo, le recorrió el cuerpo, haciéndole tiritar. Entrecerró los ojos y trató de ver más allá de la luz del alba en el este; la ciudad aparecía recortada en el vasto horizonte, y el sol se reflejaba en la arena, blanca y fina, que se extendía por doquier. Sven detuvo su motocicleta de motor de aire, edición especial de mil novecientos sesenta y seis, y bebió algo de agua… los labios, curtidos y agrietados, agradecieron el beso del líquido elemento. Hacía mucho que no visitaba su ciudad natal: Krakotsia.
                    El primer recuerdo que le llegó a la mente oteando lo que la blanca luminosidad le permitía, fue el rostro de su madre, después de hacer aquellas galletas con trozos de chocolate, y sacar la bandeja a la mesa mientras él y sus amigos jugaban al “Call of Duty” en el salón. Sí… todo era mejor antes del ‘gran catapum’, como llamaban los tipos como él al armagedón nuclear en que derivó el rollo de Krimea, al este de la extinguida Ucrania, como el resto de países. Krakotsia un día fue una ciudad sueca. Hoy simplemente era una ciudad. De las pocas que habían sobrevivido… quizá debido a su latitud: al norte del resto del mundo. El hielo y la nieve hacía años que se habían ido; y esa arena que parecía sal refinada lo hubo invadido todo. Todo.
                    Olef le llamó la atención: últimamente se ensoñaba más de lo habitual, quedándose con la mirada perdida en el abismo de sus propios pensamientos, respirando pausada y profundamente, sin escuchar si quiera lo que su colega pudiera decirle… del grupo de moteros eólicos que partió años atrás, sólo quedaban Olef y él. Los demás habían muerto o desertado por igual. Olef era un tipo alto, de pelo rojo y rizado, con una barba descuidada que asomaba bajo la protección maxilar del casco. En cambio, Sven era de estatura media, delgado y fibroso, con el pelo negro y lacio largo hasta más debajo de los hombros. La teoría de la evolución darwinista, tras el ‘gran catapum’, había quedado muy en entredicho; puesto que los más grandotes fueron los primeros en caer… los enjutos, bajitos y delgados, al necesitar menos alimentos y poder esconderse con mayor facilidad, eran ahora los señores de la Tierra… o de los despojos que la radiación dejó. Al fin, no obstante, el ser humano se dio cuenta de que la clave de su supervivencia era la asociación; y no la competición. Sí: tuvo que padecer el mundo una guerra nuclear para que se dieran cuenta…
                    Sven hizo crujir la totalidad de sus cervicales a izquierda y derecha y se puso el casco de nuevo. Ambos arrancaron y las choppers se deslizaron por los restos del asfalto, gris y quebrado cuales mantones de hojarasca, que llevaban a las puertas de Krakotsia.

                    A los seres humanos; pues los mutantes obedecían a una legislación diferente y sólo aplicable en cada Ciudad-Estado; que no residían en una de éstas  de manera habitual, se les llamaba “areneros”, por el obvio hecho de vivir en el vasto desierto… normalmente, los centinelas: uno de los departamentos más importantes dentro de cada Policía Estatal, comprobaban si el arenero que llegaba a la ciudad tenía antecedentes antes de decidir si permitirles la entrada o no. Pero Kabdeth había cambiado mucho el tiempo en que los Cuervos Callejeros (nombre de su banda) no andaban por allí.
                    Las puertas estaban cerradas a cal y canto, extendiéndose en altura como un edificio de tres plantas y sin posibilidad de ser escaladas. Y no había, en la torreta de vigilancia con las ventanas tapiadas, ningún centinela al que solicitar la entrada… ya le había parecido a Olef que, pese al deterioro de la vía, el camino que ayer fue una autovía parecía más descuidado de lo normal siendo un acceso tan importante como lo era. Quizá nadie en muchos meses había rodado por ese asfalto roto, ni para salir de Krakotsia, ni para llegar a ella.
                    Sven se apeó de su motocicleta y golpeó la puerta con el grotesco y pesado postigo. Un eco metálico, como una campanada a destiempo, se extendió hacia adentro y hacia fuera. Pero solamente obtuvieron el silencio por respuesta. Llegaron por tanto a creer que Krakotsia, una ciudad superviviente de al menos cien mil habitantes, había sido abandonada. Para asegurarse de la certeza de su hipótesis, arrancaron y decidieron rodear el perímetro de las altas murallas. Al llegar a los ventiladores de regeneración aérea, que servían para ir renovando el aire de la ciudad ya que, sin viento, la aglomeración de personas y sus diversas poluciones intoxicaba en poco tiempo el ambiente de cualquier asentamiento; comprobaron que estaban en pleno rendimiento. Se hizo obvio que Krakotsia no había sido abandonada; y que, simplemente, las Autoridades habían decidido impedir la entrada a nadie por algún desconocido motivo.
                    - ¿Recuerdas el tubo de Oesterplaza? – Preguntó Sven a Olef asomándose al primer conducto de ventilación donde las aspas rodaban con mayor lentitud.
                    - ¿No estarás pensando en…?
                    Sven sonrió. Estaba pensando en.
                    - Si la moto choca contra uno de esos ventiladores, podríamos quedar atrapados en el tubo para siempre… - dijo Olef, y aun añadió: - Podemos ir a Bitrir, no está lejos… y pasar de Krakotsia.
                    Pero a Sven, como de costumbre y para mortificación del bueno y grande de Olef, las advertencias y argumentos de su amigo le traían sin cuidado. Con una sonrisa osada en el rostro, recordó:
                    - Sabes que necesitamos el…
                    - Ni lo nombres. – Le cortó Olef. – Está bien; pero antes alcemos una plegaria a la diosa, para que nos sea propicia y lleguemos sanos y salvos al otro lado de ese tubo.
                    - Está bien.
                    El culto a la diosa, que no tenía nombre ni imagen, fue instaurado por supervivientes fanáticos tras el armagedón, extendiéndose de un asentamiento a otro como un virus. Su origen, que variaba según el sacerdote y la ciudad, alimentándose la leyenda con matices y folklores autóctonos al tiempo que se difundía la historia, era que los habitantes de Estocolmo, cuando las primeras cabezas nucleares surcaron sin previo aviso los cielos de todo el planeta estallando por doquier, vieron que se les aparecía la imagen, o silueta, o dibujo quizá, de una mujer delgada vestida de blanco, en la bóveda celeste pintada de un inusual y brillante azul, quien, con su brazo izquierdo extendido así como su dedo índice, les indicó un lugar seguro donde resguardarse de las explosiones que salpicasen Suecia, destrozando el país. Todos quienes la vieron; llamándola “la Valquiria” en un principio; cogieron sus coches y llegaron a unas cuevas naturales al noroeste de la capital, en mitad de la nada gélida, donde se escondieron por millares y, gracias a la rarísima composición química de la roca y la profundidad de las grutas, sobrevivieron al ‘gran catapum’. Al salir de allí años después, alimentándose de alimañas y plantas subterráneas, observaron que el mundo había sido asolado y se postraron sobre la arena blanca, alabando a la diosa y dando comienzo al culto. Desde entonces, desde el más conservador de los Gobernadores hasta el más lazarillo de los areneros, sentía y rendía una fe tremebunda por aquella que salvó con aquel gesto celestial a los habitantes de la, otrora, arrasada capital sueca.

                    Los dos únicos componentes de los Cuervos Callejeros dieron gas a sus choppers eólicas y, deduciendo el trayecto de las aspas del más lento de los aero-regeneradores, se lanzaron al interior del tubo. Pasando muy cerca de las cortantes aspas, Sven fue el primero… Olef creyó en un par de ocasiones que el loco de su amigo sería partido en dos por la temeridad de sus giros ante él. Mientras que Sven lo hizo a toda velocidad: subiendo incluso al “techo” del cilindro, Olef decidió pasar ventilador por ventilador y frenando en el seguro “suelo”. De tal modo, cuando Olef se detuvo finalmente junto a Sven, comprobó que éste contemplaba Krakotsia sin casco, con los ojos muy abiertos y una mueca de gran asombro pintada en el rostro.
                    - Por la diosa… - masculló al ver lo que Sven ya estaba mirando.
                    - Por la diosa.
                    Krakotsia nunca había sido en realidad una ciudad alegre, pero ambos recordaban a los supervivientes haciendo una vida de lo más normal tras la seguridad de sus robustos y altos muros. Ante ellos ahora no había nada de eso… empalizadas levantadas con escombros y vigas, extraídas de múltiples edificios en ruinas, cortaban aquella calle – la que rodeaba el perímetro intramuros y hacía de arteria para el tráfico de viandantes de toda Ciudad-Estado – a uno y otro lado. Además, el segmento de edificios medianos (de cuatro o cinco plantas) que tenían frente a sí aparecía con los vanos tapiados y gran parte de la fachada superior rota, como si un titán venido del cielo les hubera dado un mordisco y las paredes fueran de galleta.
                    Ambos dejaron las motocicletas, con los motores apagados, junto a la empalizada; que era como una barricada alta compuesta por desechos de construcción; derecha.
                    - No se ve nada a través… - contempló Olef.
                    - Ni se oye. – Añadió Sven, que se puso a trepar la irregular pared en el acto.
                    - ¿Qué habrá sucedido…? – Se preguntó nuevamente Olef, esta vez en voz alta, girando sobre su propio eje y contemplando la destrucción y el forzado silencio que se izaba a su tenebroso alrededor.
                    - No lo sé, pero ha tenido que ser algo gordo… - estaba Sven a punto de encumbrar la barricada cuando un silbido cruzó el aire. Sven no le puso cuidado de inmediato; no hasta oír un gorgojeo y el cuerpo de Olef desplomarse sobre el mudo asfalto. Al girarse hacia su amigo, comprobó que una flecha de plumas negras se le había clavado en la garganta.
                    Sven saltó, haciendo un esfuerzo terrible por no gritar, al lado del cuerpo de Olef. Éste se estaba asfixiando con su propia sangre y, antes de expirar, le pidió a su amigo, su hermano, el último de los Cuervos Callejeros, que le vengara… al tiempo que los ojos verdes de Olef se quedaban sin luz, otra flecha surcó el aire, clavándose esta vez en un saco de arena junto a Sven, que corrió instintivamente hacia su chopper… sin ponerse tan sólo el casco, arrancó y fue hacia la empalizada de enfrente. Cogió velocidad y, ayudándose de unos palets, botó sobre ellos con fortuna y destreza y logró saltarla haciéndole las maderas apiladas sobre la pared de trampolín.
                    Los amortiguadores se dolieron y chirriaron al chocar los neumáticos contra el suelo, y Sven se vio obligado a frenar: su rodela se había desprendido por el choque y salido rodando hasta quedarse quieta unos cuantos metros atrás.
                    Los areneros solían ir armados, porque si no se enfrentaban a grupos de bandidos y ladrones tenían que hacerlo a bestias mutantes salvajes. Algunas de las cuales eran del tamaño de un par de osos polares, y más feroces y voraces que el peor de los tiburones. Sven, en concreto y como ejemplo, llevaba para las distancias cortas una rodela de madera contrachapada de fino acero, un hacha de mano sacada del Museo Vikingo y una daga curvilínea extraída del mismo lugar. Para las largas, una vieja recortada para la cual le quedaba escasa, escasísima, munición…
                    Así, recogió la rodela sin detener la motocicleta y una lluvia de flechas cayó sin, por fortuna, acertarle. Dio gas y continuó por la calle del perímetro.
                    Suponiendo que “los enemigos” controlaban la ciudad desde las azoteas y los balcones, buscó un lugar oculto y aguardó allí, camuflando su moto junto a él con unas miejas mantas por si se veía obligado a salir a pie…

                    …en aquel seco sótano, donde no moraban ni las arañas, esperó el atardecer..
                    ¿Qué le había pasado a Krakotsia?
                    ¿Quiénes eran los nuevos Señores de su ciudad natal?
                    ¿Estaría todavía a salvo, y en el lugar que lo dejó, el…?

Continuará en…
MAÑANA
EPISODIO 2: BIENVENIDO A KRAKOTSIA, IDIOTA.

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