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21 de julio de 2014

Mañana 2: Bienvenido a Krakotsia, idiota.



En capítulos anteriores...

                        Sven despertó de súbito. No podía recordar cuándo se durmió. Al menos estaba en el mismo sitio y de una pieza. Para un arenero dormir en el lugar equivocado podría resultar letal. No se filtraba luz por el hueco que daba a la calle del perímetro, por lo que dedujo que se había hecho de noche. Se armó y, asegurándose de que su motocicleta no destacara entre los diversos objetos, abandonados y herrumbrosos, que había allí, decidió salir a la intemperie… le daba igual averiguar lo que había ocurrido: su familia murió; pero no podía salir de Krakotsia sin aquello que había venido a buscar.
                        No había luz pública artificial, ni se distinguían antorchas u hogueras a lo largo de aquella calle o las bocacalles aledañas. Activó el ‘nightshot’ de sus gafas y vio todo claro, filtradas las imágenes en una diversidad de tonos verdoso y blancos hueso. Aspiró profundamente y trató de recordar dónde habían escondido, Los Cuervos Callejeros, el valioso objeto anterior al ‘gran catapum’.
        Caminó con cautela, la espalda pegada con el escudo sobre ella a las fachadas, y la recordad por delante en dirección opuesta al segmento de los ventiladores. El barrio judío, o judería, podía verse desde una rotonda de acceso que siguió prácticamente intocable en el mismo lugar tras la fortificación de Krakotsia. Debía dar la vuelta entera a la ciudad por las calles perimetrales hasta dar con la rotonda; esperando que su monumento: una estatua de un soldado sueco de bronce y a escala real, continuase allí; y adentrarse por el ancho bulevar hasta llegar a la judería. No podía saber cuánto tiempo le llevaría la expedición; o si se le haría de día en el intento; pero no tenía otra cosa que hacer, y ahora que era el último Cuervo Callejero, la recompensa sería por entero para él.

                        No hubo sonidos ni sobresaltos hasta que llegó, precavido en las bocacalles, hasta la siguiente empalizada con las que los nuevos señores de Krakotsia habían dividido la calle, creando segmentos y secciones con el obvio fin del control y la seguridad. Antes de encaramarse al escombro arrumbado, o de dejarse ver en mitad de la calle para tal empresa, oteó con paciencia los voladizos y partes de tejado hasta donde le alcanzaba la vista nocturna… en el caso de ver, o incluso presentir, el menor movimiento allí arriba debería elegir entre dos opciones: esperar a que se largasen, o cargárselos y avanza. Sven era má partidario de la segunda opción; pero la experiencia en las arenas blancas le había confirmado, con un poco de rabia y a regañadientes, que la primera solía ser la mejor. Gracias a ella, no obstante, había adquirido y posteriormente desarrollado, su habilidad para sobrevivir en cualquier medio y salirse con la suya en cualquier situación.
                        Aunque le pareció ver un conato de luz natural, un fuego, en una terraza a distancia media, cuando desactivó el ‘nightshot’ la oscuridad en ese punto fue completa. “Si no están lo suficiente cerca para que yo los vea; no estoy lo suficiente cerca para que me vean”; se dijo, reactivó la visión nocturna y volteó la empalizada sin mayor dificultad.

                        En ese segmento la zona de asfalto era más ancha y los edificios más bajos: en lugar de fincas de tres o cuatro plantas, allí había varias filas de adosados. El peligro, obviamente, era mayor. Se asomó a la urbanización desde la última esquina segura y oteó los bungalows. Sin pizca de viento y nadie moviéndose; con los vanos de las viviendas tapiados o con los bloques rotos; Sven creyó estar en una ciudad fantasma previa al armagedón en lugar de la Krakotsia que recordaba de la última vez que anduvo por allí. Ni un alma, ni un solo salicornio rodando, ni una lejana antorcha prendida o un dron de limpieza recorriendo los adoquines… la oscura tranquilidad, en vez de calmarle, le puso en mayor alerta: “si al menos hubiese alguien a quien patearle el culo y sacarle algo de información… esto no me gusta”. Instintivamente, cargó la escopeta y, manteniendo la respiración, corrió hasta el primer adosado atravesando una calle ancha.
                        Se agachó junto a unas escaleras y aguardó a esperar si sucedía algo. Ante la pasividad desconcertante del medio, continuó su avance de entrada en entrada de los bungalows.
                        Terminó tres filas de adosados de esa guisa y, cuando se dispuso a pasar a la cuarta, un escalofrío azul le recorrió la espina dorsal. Alguien o algo estaba cerca: en la fila posterior a la cuarta a pesar de que la oscuridad en toda la calle, como en el resto, era total. Miró al cielo: sin luna ni estrellas, una neblina gris sin visión nocturna velaba la negra bóveda celeste; y alzó un escueto ruego a la diosa, por cumplir.
                        Agudizó la vista y aguardó, siempre con el arma a punto encañonando a la nada frente así, con el hombro derecho apoyado en la última pared. Dos sombras verdes se movieron allí delante… no podía distinguirlos con claridad pero eran humanos o mutantes de mediana estatura… una voz en su interior le dijo que, con los nervios a flor de piel a pesar de la experiencia, deseaba acabar con la incertidumbre. Otra voz, más sensata y paciente, le imploró que siguiese con su avance en busca de la rotonda del soldado y pasase de aquellos dos tipos y de lo que le pudieran decir.

                        Sin haber elegido en verdad, corrió hacia la cuarta fila de lado y, justo antes de llegar, una de esas flechas de pluma negra silbó en su dirección, rebotando en la pared. “Enemigos”; pensó y, tragando saliva, se descubrió y disparó sin apuntar.
                        No debían ser los arqueros devotos de la diosa, puesto que abatió a uno de ellos; llenando de ruido el vacío silencioso de aquel tétrico barrio; con el disparo. Continuó andando hacia el otro con paso decidido y, mientras que quiso éste cargar su arco, Sven le disparó; tronando de nuevo y resonando en cien mil ecos la explosión de las balas dentro del metal; matándolo en el instante.
                        - Hoy no es día de suerte para los informadores. – Dijo en voz alta y se puso a cubierto.
                        Oró porque nadie le hubiera visto y, quien hubiese escuchado sendos disparos tardase en llegar. “Te has descubierto tío…”, chistó para sus adentros. “Ahora saben que estás aquí, y que no eres su amiguito precisamente…” Se sentó en el portal del primer adosado de la segunda fila, refugiado por el muro exterior a su izquierda y las vallas que daban al garaje unifamiliar por la derecha, cobijado en la oscuridad. Guardó la escopeta y sacó el hacha y el escudo… “no más bang bang por hoy Sven: esas flechas no pueden atravesar tu rodela; y te van quedando cada vez menos balas para las bestias”.

                        No pasaron ni cinco minutos cuando los pasos de los primeros escuchadores en llegar se acercaron a la carrera.
                        - Acuérdate de no volver a admitir una misión de Herr Ordning nunca más… ni por todos los créditos del mundo. – Suspiró tras hablar y saltó las escaleras cayendo en la acera de cemento.
Los enemigos, siete en total, se detuvieron frente a él y el filo de su hacha. Los dos que tenía más cerca le atacaron con espadas curvas, katanas tal vez… Sven fintó ante uno, se revolvió y le clavó el hacha en el abdomen, hiriéndolo de muerte. Al otro le dio un puntapié haciéndolo retroceder. Cuando quiso contraatacar, Sven ya le había cortado el brazo que sostenía la espada gracias a su superior destreza en el combate corporal. Los cinco restantes, sabiendo ya que el intruso en su propia ciudad era mejor luchador que ellos, esperaron a que fuera Sven quien tomase la iniciativa en el ataque.
- Está bien. – Dijo y aspiró profundamente.
Crujió los huesos de la parte alta de su columna vertebral, y giró su cuello un par de veces a ambos lados. Se puso el escudo en la espalda y blandió el hacha en alto.
- Heavy metal.
Moviéndose con extraordinaria agilidad, bailando en un escenario imposible, danzó entre los cinco agresores… al tiempo ellos trataban más de esquivar sus arcos y florituras con el hacha que de atacarle.
A dos de ellos les cortó los brazos y se pusieron a correr de aquí para allá como pollos sin cabeza; dando voces antes de caer sobre el frío asfalto para luego desangrarse. A otro lo partió en dos sin que éste ni le rozase con su espada. Y a los otros dos, tras lidiar con ellos apenas un par de embistes, los ensartó con la hoja plateada, provocándoles heridas letales. El único que quedó con vida fue el del brazo… Sven se acercó a él, se agachó pues estaba sentado mirando su miembro amputado, y le preguntó:
- ¿Qué le ha pasado a esta ciudad?
- Me acabas de cortar el brazo, - dijo con más tristeza que dolor – y piensas que te voy a decir algo… estás loco, o eres idiota, si crees que te voy a decir algo… - lo miró a los ojos. Era valiente y sincero.
- Tienes razón. – Dijo Sven y se puso en pie; el otro le siguió la cara con la mirada. Sven le dio la espalda y, sin que el superviviente se lo esperara, describió un arco con el hacha hacia atrás decapitándolo. – Ya me enteraré…
Respiró con fuerza para tranquilizarse y continuó con su avance… “¿dónde estará la maldita rotonda?”; se preguntó ante la siguiente empalizada.

Sin más enemigos que le persiguieran, ni otros que, según su visión nocturna e intuición, le observaran desde los tejados y los rincones, saltó la valla de escombros y… “¡Mierda!”
Cayó en una zanja que, evidentemente y por la cercanía a la valla, era una trampa para sabandijas escurridizas como él.

No quedó inconsciente. Pero se hizo mucho, pero mucho, daño en la rodilla derecha. Detestaba sentir dolor físico: opinaba que éste sólo hacía que mermar sus capacidades; y le era muy molesto verse obligado a pensar más en un dolor equis que en cuanto le pareciera de mayor importancia.
Se puso en pie y se quitó el polvo, por toneladas, de encima recogido en la caída. Apartó algún que otro trasto y se dio cuenta de que las gafas se habían roto… todo estaba oscuro. Se las quitó y golpeó en un lateral con la palma de la mano un par de veces. Como no se encendieron, no se las puso de nuevo y, cuando fue a girarse para averiguar cómo salir de aquel agujero, sintió el gélido metal del cañón de un arma clavársele en la nuca:
- ¿Quién carajo eres? – Aquella voz femenina, y joven, le transmitió seguridad… supo de inmediato que una respuesta desacertada le conllevaría la ejecución inminente. Y, después de pasar por todo cuanto había pasado: un Apocalipsis nuclear incluido; y aquella vez que se cargó a un Björnstora en la playa del Océano Rojo; no deseaba palmarla de un tiro en la cabeza en aquella mierda de sitio.
- Soy Sven.
- Sven, ¿qué?
- Simplemente Sven.
- ¿Y qué haces en Krakotsia, Sven?
- Matar gilipollas. – Respondió sin haberlo pensado en realidad. Algo más le decía que la muchacha sabía que se había cargado a esos nueve tipos y que, ya que no le había ejecutado nada más encañonarlo, pertenecía a un bando distinto que los espadachines y arqueros muertos. Oró de nuevo y rápido: ojala le hubiera caído bien.
Escuchó cómo la pistolera tragaba saliva: se lo estaba pensando.
Gracias a la diosa; a quien Sven en ese momento prometió que llevaría ofrendas a su templo en Estocolmo anualmente; apartó el cañón y le permitió darse la vuelta.
Al hacerlo, la chica le golpeó con la culata en la cabeza, provocando que se desmayara con una pequeña brecha abierta donde empieza el pelo, en la parte izquierda de la frente.
- Bienvenido a Krakotsia, idiota. – Dijo en voz alta y dos tipos fornidos; ni ellos ni ella llevaban uniforme; lo asieron adentrándose en un túnel que en el pasado formó parte del sistema de alcantarillado de Krakotsia.

Krakotsia había cambiado mucho en realidad…
Unos seguían órdenes de un Señor que se había hecho con el poder y control de la antiguamente bella ciudad.
Otros, quizá, luchaban por sí mismos… en túneles bajo el pálido y rasgado asfalto.
¿Tendría entonces Sven que tomar parte…? ¿Quiénes eran aquellos tipos que ahora le llevaban al estómago de Krakotsia? ¿Podría encontrar la judería y… sabrían unos y otros que allí, en un recóndito sótano, dormida en el tiempo, se encontraba una de las armas más poderosas del Nuevo Orden de ese devastado y solitario planeta?

Continuará en…
MAÑANA 3:
ÉSA ES MI CHICA.
 


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