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15 de septiembre de 2014

Reikwald Alpträume II: El muro.

Hombres Bestia

“La Luna llena hacía que el agua fluyente del Arroyo se reflejara plateada y blanca, azul en las vegas del Este. Una brisa fría hacía presentir el gélido amanecer que seguiría a la tranquila y quieta noche. Los árboles susurraban, formulando hechizos que sólo ellos conocían y viajaban de rama en rama, de hoja en hoja, entre la frondosa foresta.

El único modo de penetrar el muro sin dar un rodeo: enviamos a seis hombres expertos por cada flanco del mismo antes del anochecer y ninguna de las dos expediciones pudo llegar al final: las asechanzas de los gors, con flechas de advertencia y “bienvenida” les obligaron a retroceder entre aullidos, gritos y gruñidos… y no era nuestra intención comenzar una batalla entre los árboles, aliados atemporales de las Bestias que pueblan sus bosques; como digo, el único modo de penetrar el muro sin dar un rodeo era por debajo del agua…al ser medio animales, los Hombres-Bestia vivían en consonancia absoluta con el medio que habitaban, y hacer una presa cortando el fluir del Arroyo no era aceptable por su instinto, por lo que construyeron tres bóvedas bajas cuyos puntos álgidos se hallaban a la altura de la misma superficie del agua, de ese modo permitían fluir el Arroyo sin desmerecer la solidez del dantesco muro.
Los ingenieros en explosivos pensaron en un plan: con arcones esféricos de metal, llenos de pólvora y grava como metralla, harían volar el centro del muro colocándolos previamente en los arcos…

Estuvieron toda una jornada preparando los arcones y el material que llevarían éstos adentro. Las máquinas de guerra llegaron y el campamento terminó de plantarse al anochecer, extendiéndose a ambas veras del Arroyo, de forma longitudinal a escasos metros de las lindes del bosque: dispusimos hogueras con una frecuencia de veinte metros, apostando a dos hombres por vigilia en ellas; no fuera a ser que los Hombres-Bestia decidieran atacarnos desde las sombras y el cobijo de “su” bosque.
La noche fue tranquila a expensas de ciertos aullidos y gruñidos que pusieran de punta el vello de más de un centinela… no obstante, pocos fuimos quienes pegamos ojo.
Rayaba el alba, con una franja mínima de color naranja verdoso en Oriente, cuando los ingenieros colocaron las “bombas”. Desenrollaron una mecha impermeable y, tras formar dos regimientos de infantería que entrarían a saco Arroyo arriba una vez abierta la muralla, la prendieron. Alguien avisó de que se hicieran hacia atrás y se taparan ojos u oídos (según la sensibilidad de cada uno), y los tres artefactos explotaron con un estruendo y un fogonazo sin parangón ante nuestros desacostumbrados sentidos. Ladrillos, huesos, maderos y barro saltaron por los aires y se abrió, evidentemente, gran brecha en el centro…
…tras la primera y única ola del Arroyo al verse libre de los arcos, o saltándola quienes eran más hábiles, los dos regimientos de lanceros y arcabuceros de élite, con el grito de batalla conjurándose a Sigmar, cruzaron lo que hasta entonces había sido la frontera norte del territorio gor.

Una lluvia… qué decir lluvia: un Diluvio con mayúsculas, de sus anticuadas pero afiladas saetas, se precipitó sobre los yelmos y las corazas con gran mortandad y número de heridos… a pesar de ello, los alaridos de las bestias se contaron por decenas gracias a la destreza inigualable de los tiradores, que gastaron hasta el último de sus letales proyectiles.
Al toque de retirada, una vez el muro ya estaba abierto, los que pudieron regresaron acarreando heridos y aun el cuerpo de algún soldado amigo y querido que yacía inerte sobre la superficie el agua escarlata. El alba se izó sobre las copas de Reikwald y brilló en el Arroyo teñido de púrpura…

Ahora, sólo quedaba afianzar la posición en el hueco, evitar que se colaran por allí los flecheros o los  ungors: bestias sin raciocinio que las mismas bestias marginan pero que su belicosidad es feroz cual animal zaherido; y tratar de hacer más grande el agujero hasta que el muro fuese derribado y pudiesen pasar más allá nuestros trebuchets y tanques.

Crónicas de Altdorf. Tomo XXIV. Primer mes de invierno.

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