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16 de octubre de 2014

La torre de Babel



“Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.” Gn. 11: 9.

            El otro día leí en alguna parte que no puede haber pueblos bilingües, ahora que está tan de moda ser nacionalista de algún sitio, y he de decir que estoy totalmente en desacuerdo. No porque esté en contra de este o aquel nacionalismo en concreto, o a favor de esta o aquella bandera… me dan un poco bastante igual los colores de la que ondea en mi Ayuntamiento, la verdad. Es por el hecho de basar una identidad en el lenguaje y que me suena tal afirmación a una que hizo un tipejo apellidado Hitler acerca de los “sudetes” checos. A mí me gustaría que hubiese pueblos bilingües, y plurilingües si hiciera falta. Me gustaría de hecho que todos los pueblos de toda la Tierra fueran plurilingües; y todos hablásemos un super idioma compuesto por palabras de todos los lenguajes del mundo, como el jorobado de “El nombre de la rosa” de Humberto Eco. Ese etnocentrismo populista que expresa, pues, que no existen los pueblos bilingües quizá tenga razón y, si es así, a mí la idea me abomina porque tal pueblo que se niega a hablar dos o más lenguas no merece que alguien como yo sea llamado con su gentilicio.
            Lo dice un alicantino castellano-parlante; cuya familia proviene de valenciano-parlantes por un lado, valencianos castellano-parlantes por otro, y manchegos con apellido valenciano por el tercero… ¿bilingüe yo? No: yo hablo la lengua que me apetece con quien me apetece: y creo que es lo más educado por mi parte.

            En fin, quitando polémicas lingüísticas y pseudo-políticas, como fraternalista creo en la internacionalidad de las ideas: de compartir las ideas de forma generosa con todo el mundo sin excepciones de lengua o nación. Fijaos a vuestro alrededor: el mestizaje es una de las cosas mejores que le haya ocurrido al mundo. En cuanto a la cuestión de la Historia de España: somos fenicios que se encontraron con tartesos y deitanos, somos griegos y cartagineses, somos celtas y romanos, somos árabes y mauritanos, somos francos y visigodos, lusitanos y gitanos… como decía Serrat: “han vertido en ti cien pueblos”; y el idioma castellano es genial y adorable ejemplo de ese mestizaje histórico, de ese intercambio cultural frecuente e incesante que nuestro “territorio” (sin fronteras ni patrias) ha sufrido enriqueciéndose.

            El fraternalismo entonces no es una idea aplicable para un solo pueblo, sino para todos; no expresable en una sola lengua, sino en todas y a la vez; no se adscribe a una nación de la génesis que sea, sino que es multinacional e internacional;… el fraternalismo no cree en el cierre de fronteras y en el juramento de banderas, sino que ha nacido para derribar unas y quemar otras; el fraternalismo es una canción de hermandad universal que desea, está empeñada, en convertir a todos los seres humanos en auténticos hermanos… y restaurar Babel, construyéndola desde sus cimientos, hasta rozar el Cielo.
            Un Cielo que ya nos pertenece. 

La torre de Babel

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