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12 de octubre de 2014

Reikwald Alpträume II: Cuando silba la piedra.



“Dos jornadas pasaron desde la batalla cuando se terminaron los trabajos de fabricación de la empalizada móvil y el derrumbamiento total del muro.
Las hogueras junto a Reikwald se mantuvieron, pero la estrategia de avance Arroyo arriba cambió por completo. No podíamos permitir que nuestra infantería fuese diezmada en la vanguardia en cada avance, obstaculizando al mismo tiempo el paso de la maquinaria bélica desplazada entre las avanzadillas en la empalizada y el campamento tras éstas. Por lo que se decidió que la maquinaria iría justo después de la empalizada móvil; y la infantería y la caballería les cubrirían más allá del campamento; protegido éste por la hilera de hogueras frente al bosque, y una guarnición de aguerridos lanceros en el norte, Arroyo abajo, como final retaguardia.

La empalizada móvil consistía en una trenza ancha – ocupaba desde la vera del río hasta los mismos árboles a su derecha conforme se sube – construida con gruesos troncos atados en aspas sucesivas de izquierda a derecha. Estaban tan juntos, y eran tan vigorosos, que apenas podía verse a través de la empalizada salvo pequeños huecos, que otrora servían a quienes la movían para guiarla sobre la arena exenta de yerba en ese enclave. Tal estructura estaba asentada sobre una plataforma de tablones, como la de un carro pero multiplicada por tres su longitud, y dos ejes de cuatro ruedas cada uno: en sus partes delantera y trasera, que se empujaban con cierta facilidad desde ambos extremos. Con el fin de que los Hombres-Bestia no pudieran ofrecer fuerza opuesta – empujar en nuestra contra el artefacto – se le colocaron unos frenos en las ruedas por nuestro lado, de placas de madera chapada en metal, que impedían o permitían el movimiento con palancas a nuestro antojo.
Se decidió asimismo, y con el objetivo de continuar avanzando hacia Grunburg, avanzar una milla al día si los dueños de Reikwald nos lo permitían…

…aquella mañana de la tercera jornada tas la victoria sobre el regimiento Centígor, no se movió ni una pulgada la dichosa empalizada.

Nunca se sabrá quién era. Si era uno solo o si se trataba de un gor, bestigor u otra clase de abominación de naturaleza caótica. Pero tenía una gran puntería, y unas dotes de camuflaje y subterfugio impropias de cualquier ser corriente que haya pisado nuestro planeta.
Cuando, tras el toque de diana, los valientes encargados de empujar la empalizada fueron a quitarle los frenos, cuatro saetas disparadas de forma consecutiva les arrebataron la vida; desconociéndose su procedencia. Instantes después, y cuando tratábamos de organizar una ferozmente armada batida en pos de adentrarnos en Reikwald, y hallar al arquero, cayeron de los nuestros otros seis… las flechas silbaban rápido, y sus letales puntas pétreas se clavaban en la carne, incluso atravesando las corazas, como lanzadas por un dios en lugar de una bestia. Se dio pues una estampida en el grupo; y todos corrimos a resguardarnos tras las máquinas, los postes y las mismas tiendas.

Dispersados, hablando a voces alguien dio la orden de que un soldado saliese a la intemperie entre nuestros escondites y el bosque, ataviado de una armadura y forraje entre el metal y su carne para, cuando el certero flechero disparase, averiguar su paradero gracias a la trayectoria.
El valiente así lo hizo y dos saetas silbaron… con la mala fortuna que la segunda le alcanzó en el cuello, asesinándole al instante. Los disparos habían sido tan rápidos que nos fue imposible, a quienes observábamos desde nuestros precarios parapetos, saber de qué dirección exacta habían salido: una pluma nos decía que desde las copas de los árboles; otra que desde lo alto de la misma empalizada.
Suspirando a Sigmar, los sacerdotes tomaron la determinación de esperar, lanzarle cebos como objetos y esas cosas, y contar con que más pronto que tarde se le acabasen las flechas.”

“Mi nombre es Khatz Gutesicht, antes era bestigor al servicio del Caudillo Khazrak; pero desde que constaté ser el mejor tirador de las huestes bestiales de Reikwald, voy por libre…

Pero no son solamente mis habilidades con el arco las que, en eso que ellos llaman crónicas, están forjando mi leyenda. Nací con una capacidad inusual para moverme por las ramas y los árboles: prefiero estar allí que en el suelo, saltando y moviéndome con destreza y rapidez.

Escojo una copa, salto hacia ella, me poso como si fuera más un ave que un cazador y, sin pensarlo, tenso y disparo a gran velocidad… y siempre, siempre, doy en el blanco.
Aquella mañana; mientras algunos de ellos se calentaban todavía en los fuegos que prendieron, tras el sonido de su trompeta con la que se suelen despertar; me situé cerca de ese muro extraño de madera que hicieron, agazapado entre las ramas de los últimos árboles de Reikwald a ese lado del Arroyo. Y en cuanto salieron a seguir con su misión de reconquistar lo que en realidad siempre nos perteneció a nosotros, les disparé sin dudarlo… abatiéndolos.

Estuve así hasta que, tras lanzarme diversas cosas creyendo que iba a picar malgastando mis preciadas flechas, me entró hambre a eso del mediodía y; como ninguno de esos humanos cobarditas se atrevía a salir a buscarme; até mi cuerda élfica – robada para ocasiones como esta a unos silvanos que antes liquidé – a una de mis saetas y la disparé contra uno de los cuerpos yacientes más cercanos de los que había matado horas antes.
Ante su, creo, estupefacta y cobarde mirada, arrastré el cadáver hasta la maleza en la que me situaba escondido. Dando a entender mi posición, alguno de ellos se atrevió finalmente a dispararme… ¡qué mala puntería tienen esos tipos!

Me llevé la presa a las profundidades del bosque y, recuperando un odre de cerveza caliente que escondí en la oquedad de un árbol días antes, me di un festín con la tierna carne de aquel desafortunado soldado.”

Continuará…


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