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28 de octubre de 2014

Relatos: Vestas

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, una horda de gigantes reinaba en lo alto de las montañas. Las gentes del lugar hablaban de grandes y largos brazos moviéndose, girando, en el éter sobre la cresta de la Sierra. Amenaantes y armados con toda suerte de espadas, mazas y cuchillos, se les podía ver atemorizando a quienes poblaban el valle bajo los cielos azules, rojizos y grises.

Viejas leyendas, cuales épicas profecías, hablaban de hidalgos caballeros de la triste figura que, más temprano que tarde, habrían de cabalgar allende los gigantes reinaban y dominarlos.
Sembrada pues, de tales zarandajas, estaban las mentes de los niños cuando se les contaban estos cuentos de monstruos y guerreros.

Pero un día, cualquiera de este verano que parece no tener fin, tres hidalgos amanecieron a lomos de un ingenio blanco, motorizado, que con cuatro raudas ruedas se adentró en el bosquejo de pinos, encinas y todos los perfumes del tomillo y del romero. Cuentan que en los laterales del ingenio se leía el nombre del lejano reino del cual provenían: "Vestas". Y como tal les llamaron...

...el caso fue que, armados con magias traídas del Oriente, o una tecnología superior olvidada en este mundo por alienígenas creadores, se enfrentaron a los magnánimos gigantes de la cresta de la Sierra y, tras la lidia, los vencieron y dominaron.

Hoy, los gigantes continúan poblando la montaña bajo el espléndido, airoso y cálido cielo manchego; pero los hidalgos caballeros los tienen sometidos a su voluntad: apoyándolos o encendiéndolos según el viento, guiándolos en su existencia estática, marcando los ritmos y los tiempos de us mecánico ciclo vital.

Miguel Díaz Romero (c) 2014

Para Raúl, Panchi y Cruzado.
Lo prometido es deuda.

Parque eólico de Caudete
 

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