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10 de octubre de 2013

Poesía: Recortes.

Recuerdo las mariposas que se utilizaban para hacer zumo de frutas.
Y el ¡fuash! tremolante al fondo de los ojos, en el vaso de la inconsciencia.
Aquellos momentos que no han de volver...
También.
Como locos, nos peleábamos con el verso en un vaivén dantesco, fulgurante, mascaradas de vampiros danzando frente al espejo.
Tango muerto.
Todas las azoteas eran un buen pretexto para enrolarnos en el crimen neurocida.
Enoclofobia. Vino tinto, del bueno, en noches interminables conversando de mate con los viejos poetas. Chocolate.
Obsesiiones infinitas y varias. Ponme una de cada: nunca llego tarde. Soy la suma de las desmedidas.
Un titán que un día fue fraude...
Amor, también, entre mis brazos al acariciarte hoy...
Cabeza de gato.
Un suspiro; el respirar hondo de los versos derramándose por la espina dorsal. ¿Por qué dejamos de hablarnos, amigo mío?
Cerveza en la Estación de El Empalme.
Un piso en El Cedre. El cafenet era un buen sitio en el que emborracharse. Albelda y Mendieta.
Teatro.
Cien mil personajes bajo un sobrenombre. The piano man.
Hoy soy un hombre...
Entonces... entonces sólo sombras de un embuste perenne que me persigue. Mediterráneamente.
Soy el escritor fenicio, el invasor romano, el telar íbero, soy la cimitarra musulmana de los cristianos. Austria, soy la aldea murciana y los soldados valencianos. Queso manchego y molino quijotesco.
Novelista por decreto.
Aprender es lo más difícil que nunca he hecho.
Y ahora quiero.
Dios existe, lo he escuchado con voces distintas, hablándome palabras de Amor al oído.
Evangelistas versículos rondan mi mente sin cese, como el mar de los héroes, la espada de los hijos de Odín, el piano del trozo de carne...
Versos, versos, versos...
Un poema que renace en este boli daltónico.
Tango muerto. Tango muerto.
Y yo, de pie, con un ramo de penosos y horribles crisantemos, reflexionando frente la lápida... ¿Qué hay amigo al otro lado del silencio?
El pecado.
¡Renace Miguel, bendita sea tu estampa!
Cómo osas enfrentarte a mí; si tú eres un simple mortal, y Yo vivo por siempre...
Por siempre.

Miguel Díaz Romero (c) 

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