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9 de agosto de 2014

Relatos indultados: "La noche", pt.1




            Un salmo hiriente cabalgaba junto con el viento, el frío hacía que se viera tiritar sentado en el portal. Apenas hacía un par de horas que había dejado de llover, y su reflejo, oxidado y enmohecido, le sonrió en el charco móvil que correteaba calle abajo, en el asfalto negro y deslizante. Quizás diera más de cien mil vueltas de campana el cigarrillo que tiró antes de caer en el agua, emergió entonces desde ese punto un humo blanco y azul que desapareció, mojándose de aire. Pensó que ya era hora de cenar algo, más que pensarlo, se lo dijo su rugiente estómago, que no paraba de bramar desde dentro. Se levantó, poniendo sus sudorosas manos en el frío portal y dando un saltito, después de tambalearse hasta casi caer, recuperó la compostura y caminó calle arriba, hacia un pequeño restaurante de comida basura que, por otro lado, le encantaba. Al doblar una esquina entre dos y el infierno, se cruzó con un conocido, ni si quiera hablaron: bastó con sendos movimientos de cabeza, ademanes doloridos de un helor silencioso pero brutal.

            Después de volver la cabeza a su sitio, entre la palestina que giraba en torno a su cuello y las solapas subidas de su chupa, se apresuró para entrar en el bar, unas calles más abajo. Siguió con su mirada el riachuelo impertérrito que derretía el alquitrán bajo sus pies. Había cenado ya, y era el tiempo para tomar algo que le calentara, “un pacharán en invierno es un buen pacharán”, se dijo antes de entrar; también se paró para leer el luminoso nuevo que habían colocado en lo alto de la puerta. Miró hacia la barra, que contenía en su exterior a la parroquia de siempre: no eran borrachos, sino amigos que solían juntarse allí para jugar a los dardos, beber algo o mucho, e irse después, corriendo, a dormir. Había un núcleo de café en alguna parte, que llenaba la estancia frágil de un aroma sublime frente a la helada estampa del exterior. Después de depositar levemente sus guantes de pinchos sobre la barra marmórea, pidió su copa y fue a saludar a sus colegas, entretanto, una joven de pelo largo y mirada lasciva lanzó un beso al aire, que él recogió con amplia sonrisa.

            Ella seguía teniendo frío, a pesar de llevar un par de cervezas en el cuerpo, y el calor que manaba de un obsoleto aunque útil aparato de calefacción. Le devolvió la sonrisa a uno de sus amigos, había compartido con él dos años de instituto, y algún que otro polvo pasajero... sin compromisos. Frotó de nuevo sus manos, y apretó los hombros, dejando ver su figura de nínive a los presentes, adornada de chaleco y jersey de rayas. En su mente había una razón para estar ahí cada noche de sábado, viernes, jueves... y la que hiciera falta, con tal de olvidarse de sí misma una vez más. Crisantemos en flor sus labios de hojalata, dos lunas de Caín sus ojos claros y entredulces, si tal palabra existió alguna vez. Dio otro trago al colorido brebaje, golpeando la pesada mesa, artilugios del diseño modernista, con el botellín tintineante. Sin hablar, y sin pensar si se me permite, giró su cuello de cisne a la entrada; allí, de pie y sin nada más que hacer, asomaba un chaval de pelo negro y pintas de chulo, que la invitó desganado a entrar en el servicio del asilo con él.

            Otra vez su compañero de parrandas llegaba tarde: odiaba a los impuntuales, pero tenía que soportar el sueño eterno de su mejor amigo. Cuando la vio sentada, con su birra y su porro de marihuana, se le ocurrió seducirla con café blanco, de espejo y tarjeta. Caminaron hacia el aseo mediando apenas unas palabras inaudibles por el resto de la magnífica sala, azotada por un ‘heavy-metal’ latiente y mordaz. Una vez dentro, prepararon raudos el billete, pecunia útil más que para intercambiarla por bienes y servicios; mojaron su nariz de escoria orgánica y química antes de darse uno de esos besos, que si te lo dan te hechizan.... saben a lo que me refiero: un segundo eterno en el que dos lenguas mágicas se subyugan mecánica y mutuamente, provocando en el instinto un placer inequívoco. Al salir, sin esconderse pues no había pecado en el mal, agarrados por sinuosas cinturas, se toparon con el dueño del garito. “Va bien la noche por ahora”, se oyó decir entre el alboroto y el alcohol.

            Quizás por harto de aguantar a los tipejos, quizás porque le dejó la novia un par de semanas atrás, el camarero estaba hasta los mismísimos de todo ese asunto. Había regido ese bar desde que tenía veinte años, y siempre era lo mismo ya. Se acercó desmoralizado a la última caja de zumo de piña, y la condujo vehemente a la barra. Intentó sonreír al pasar por entre el grupo de parroquianos y se puso, tras escanciar un par de cubatas, a reponer el zumo en las recámaras, menos heladas que la calle nocturna. En la sombra espiritual que había cercenado su positivismo tabernero, había un poso de incalculable valor: siempre supo refugiarse en su tristeza, aun siendo feliz, como lo era a pesar de ese odio que ahora sentía por todo lo que no fuera él. Con la indiferencia por bandera, si tuvo bandera pues era un hombre de pocas convicciones, se encogió de hombros y pasó a atender al enésimo cliente de esa absurda noche... estandarte de lo trivial. Ni si quiera le miró a la cara, pues el único rostro que abordaba su mente, era el de su novia, dulce e infiel.

            Aparcó el coche como pudo. Le parecía rara la nocturnidad sin él, después de tanto tiempo... pero su amiga se había empeñado en salir a tomar unas copas, “con el frío que hacía”, se dijo antes de saludarle a través de la luna. Las dos se dieron escueto abrazo, método simpático del ofrecimiento moral. Con más que divertida sonrisa, su amiga la llevó a un puesto de perritos calientes, tras el cual, un cocinero aburrido y congelado hasta la médula, le sirvió una salchicha mojada en mostaza y salsa de tomate. Ella habría preferido comer palomitas mientras su ídolo, un tal Mel Gibson, no cesase de matar gente en su nueva pantalla LCD. Su piel, fina y de pétalo amapola, se puso más blanca que este folio por el frío intrínseco a la madrugada; fue arrastrada por las calles, eran pocas pero largas, hasta un edificio vetusto que albergaba una fiesta privada en algún lugar de sus intrincados pasillos del siglo diecinueve. Las vio entrar por la puerta, con forja de hierro negro y cristal, un adolescente que salió al balcón extraño para fumar.

            Se dio la vuelta y miró al salón. Había guardado como oro en paño los culos respingones de las señoritas de enfrente. Mientras apuraba el cigarrillo doliente, imaginó con un bostezo y medio cómo se lo montaría con las dos, si eso fuera posible. No había estado jamás con una mujer, tal vez se lo recordaba demasiado a menudo, pero su acné y su gran ‘hobbie’: la informática en todo su esplendor físico y lógico, no le daban mucho pie para ligarse a una gachi como aquella. Cerró la mampara al entrar en el viejo salón, sin hablar con sus padres, que veían la tele como si de ese artefacto electrónico saliera el mismo metatrón, la voz de Dios, enfiló el delicioso pasillo hasta su habitación. En el ‘messenger’ le esperaba la panda de ‘frikis’ para comenzar la partida definitiva a un juego de estrategia por Internet. Una vez el juego se cargó en su disco duro, con la saliva goteándole de la boca, preparado para la dulce conquista de un matrix medieval; escuchó cómo su padre rondaba por el pasillo: “irá a sacar al perro”, se dijo antes de seleccionar un ejército.

            Él nunca le pondría una hora de llegada a su hijo... “pero, qué le vamos a hacer”, pensó al escudriñar por la rendija de luz que dejaba la puerta de la habitación de su único hijo. Salió al descansillo de su planta, y bajó las escaleras, sabía que le daría tiempo de hacer sus necesidades en lo que duran los cortes publicitarios de la televisión. Desmenuzó los entresijos de su vida el viento helado que se coló por la puerta entornada. Al menos, su hijo era un genial estudiante de secundaria, era un buen chico: sin drogas, sin meterse en líos... pero era su chico... y, en lo más profundo de su ser, era la persona más amada por él, aunque no se lo demostrara demasiado, no fuera a ser que se enfadase por sobreprotección y estima paternal. Le había costado cinco días de madrugón por semana darle todo lo mejor, y, a su forma de ver, tal vez sería mejor que saliera más, y se divirtiera por ahí... con estas tribulaciones en la cabeza, sesera imprescindible del héroe obrero por excelencia, saludó a un chico que conocía del barrio, amigo de su primogénito.

            La puta pastilla no le hacía efecto. Y es que el éxtasis de hoy en día no era como el de antes. Sus pálidos y cosidos dedos engancharon una probeta mortal que se escondía, rancia, tras los chicles de menta que compró. Haciendo el ademán hipócrita de quien se toca la nariz, se metió la píldora a la boca. En el delirio distorsionado que le provocó la emancipación de su mente, pensó en el capullo que lo ridiculizó delante de su peña... “a ese, como lo pille, lo mato”. No se cercioraba, ni quería, de su escuálida figura mascachapas, y esos bracitos bajo el ‘alpha’ que no matarían ni a una mosca borracha. En el jolgorio de su juventud, acto reflejo e individual del momento social que le tocó vivir (y tragarse, ya sea dicho de paso), uno como él debía ser chulo, montar en moto y tener una novia bulímica, como la suya por cierto. Rozó su pelo, en forma de cenicero publicitario y se echó un chicle a la boca – el fermento fresco le inundó el paladar, y atenuó ese chirriar maligno que tanto odiaba. Pronto pasó un tipo haciendo ‘footing’ por su lado, “ira el nota, con el frío que hace”.

Caudete, Albacete
 

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